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Sapito Rayado (Atelopus cruciger) / Fotografía: J. Celsa Señaris
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Los sapitos arlequines: esfuerzos para su conservación

J. Celsa Señaris y Margarita Lampo

 

“Los anfibios están realmente desapareciendo. Estamos observando una crisis de la biodiversidad del planeta” (…) unas 35 especies de anfibios se han extinguido durante las últimas décadas y cerca de 1900 especies —32% de los anfibios del Planeta— están amenazadas de extinción. Investigaciones recientes sugieren que las desapariciones de sapitos arlequines pudieran haber estado asociadas a epidemias de quitridiomicosis cutánea, probablemente propiciadas por condiciones climáticas particulares como resultado del cambio climático del planeta.

 

 

A finales de los años 80 se empezaron a observar disminuciones poblacionales y desapariciones enigmáticas de anfibios. Ranas y sapos, otrora muy abundantes, se desvanecieron de varias regiones en todos los continentes, incluso en ambientes prístinos. El carácter anecdótico de muchos de los primeros reportes y el escepticismo de la comunidad científica ante la posibilidad de un fenómeno tan rápido y abrupto silenciaron estas primeras advertencias. Sin embargo, la acumulación y sistematización de evidencias durante la siguiente década finalmente disparó la alarma: “Los anfibios están realmente desapareciendo. Estamos observando una crisis de la biodiversidad del planeta”.

 

Hoy, 30 años después de esas primeras declinaciones poblacionales y tras un importante esfuerzo de la comunidad científica internacional para evaluar el estatus de riesgo actual de estos vertebrados a nivel mundial, se tiene una dramática realidad: unas 35 especies de anfibios se han extinguido durante las últimas décadas y cerca de 1900 especies —32% de los anfibios del Planeta— están amenazadas de extinción. Entre las más de mayor riesgo hay 130 especies de ranas que no se han visto desde hace décadas, y a pesar de que aún no han sido declaradas extintas, posiblemente también lo estén. Por ello actualmente los anfibios son, con creces, los vertebrados terrestres más amenazados del mundo y han sufrido la tasa de extinción más acelerada conocida en el registro de la vida – más de 1.000 veces superior al estimado con base al registro fósil. Entre las amenazas más frecuentes que modulan esta pérdida de biodiversidad están la destrucción y degradación de sus hábitats, la introducción de especies exóticas y el cambio climático, aunque la reciente diseminación de un hongo (Batrachochytrium dendrobatidis) que infecta la piel de los anfibios y produce una enfermedad llamada “quitridiomicosis cutánea” es considerada hoy en día como la mayor amenaza que enfrentan los anfibios.

 

Uno de los linajes de anfibios más afectados son los sapitos arlequines neotropicales del género Atelopus. Su distribución abarca la mayoría de los ecosistemas húmedos tropicales desde Costa Rica hasta Bolivia, incluyendo algunas especies en la cuenca Amazónica, pero su mayor diversidad está en la Cordillera Andina alrededor de los 1500 metros de elevación. Estos sapitos están activos durante el día y, por lo general, se les observa caminando en el suelo, en la vegetación o las rocas cerca de las quebradas de montaña. Muchos de los Atelopus exhiben coloraciones muy vistosas y llamativas, a veces con patrones muy contrastantes, y de allí su nombre común. Son de tamaño pequeño — desde 2 a 6 cm, siendo las hembras algo más grandes que los machos —, con el hocico aguzado, los ojos relativamente pequeños y con las patas traseras cortas. La textura de la piel es variable —desde lisa hasta tuberculada — y poseen glándulas que producen potentes sustancias tóxicas que alteran el sistema nervioso y cardiovascular de sus depredadores naturales. Los dedos de las manos y pies son cilíndricos y terminan en una punta redondeada —sin discos—, con el primer dedo de la mano bastante reducido en tamaño; no tienen palmeadura entre los dedos de las manos en tanto que los pies pueden exhibir diferentes grados de extensión.

 

Los sapitos arlequines se alimentan de artrópodos, consumiendo preferencialmente coleópteros, colémbolos, dípteros, homópteros pero sobre todo hormigas y diminutos arácnidos. Aunque algunas especies se reproducen continuamente a lo largo de todo el año, el pico reproductivo aparentemente está sujeto a la estacionalidad climática– algunas especies se reproducen solo durante la sequía y otras solo en la época de lluvias. Los huevos son colocados sobre un sustrato sumergido en el agua, a orillas de las quebradas — troncos, piedras—, formando cadenas a modo de rosarios que contienen entre 200-300 huevos amarillentos. Los renacuajos de los Atelopus son de tamaño pequeño (aproximadamente 1-2 cm), con el cuerpo ligeramente aplanado, con colas musculosas y de coloración muy oscura salpicada de pequeñas manchitas claras; el aparato bucal está conformado por un disco a modo de ventosa que les permite adherirse firmemente a las rocas mientras se alimentan de algas microscópicas.

 

En las últimas tres décadas prácticamente todo este grupo de sapos ha desaparecido. De las 97 especies de Atelopus descritas hasta el momento, tres (3%) están extintas, 66 (68%) se consideran en peligro crítico, seis en peligro y otras cinco vulnerables. En Venezuela se conocen nueve especies (más otra aún sin describir) de las cuales ocho están en peligro crítico y una, el sapito arlequín de Maracay Atelopus vogli, ha sido formalmente declarado como extinto. Investigaciones recientes sugieren que las desapariciones de sapitos arlequines pudieran haber estado asociadas a epidemias de quitridiomicosis cutánea, probablemente propiciadas por condiciones climáticas particulares como resultado del cambio climático del planeta.

 

En vista de esta situación se ha sugerido desarrollar, a la brevedad, estrategias de conservación para los sapitos arlequines con un enfoque multidisciplinario. Estos programas incluyen desde estudios básicos de su taxonomía, genética, ecología y enfermedades, hasta la búsqueda y el monitoreo de poblaciones remanentes, la protección de sus hábitats y la reproducción y mantenimiento de ejemplares en cautiverio. En este sentido desde el 2005, y tras importantes esfuerzos para ubicar los Atelopus en las localidades históricamente conocidas, solo se han encontrado poblaciones de cinco especies con abundantes individuos —Atelopus cruciger, A. flavescens, A. gracilis, A. hoogmoedi y A. pulcher— todas ellas en localidades de baja elevación; en las tierras altas solo se ha encontrado a A. laetissimus y A. nahumae en algunas localidades de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia. Las intensas prospecciones realizadas en la Cordillera de Mérida en Venezuela no tuvieron resultados nada esperanzadores; solo se encontró una hembra de Atelopus mucubajiensis en septiembre del 2004 – infectada con Bd - sin avistamientos de ninguna otra de las seis especies conocidas para esta región.

 

Debido a que solo se conocen tratamientos para la quitridomicosis efectivos en individuos en cautiverio, la cría ex situ parece ser actualmente la única alternativa para la conservación de este grupo. Instituciones en Ecuador, Panamá y Estados Unidos adelantan proyectos de mantenimiento y reproducción en cautiverio de más de una docena de especies de sapitos arlequines (Tabla 1). Con base a estas experiencias, algunas de ellas con más de una década, actualmente se cuenta con protocolos eficientes para la cría de estos sapitos arlequines, los cuales sirven de base para implementar nuevas iniciativas.

 

¿Qué pasó con el sapito rayado de la Cordillera de la Costa de Venezuela?

 

El sapito rayado o sapito arlequín de Rancho Grande, Atelopus cruciger, es la única especie venezolana de este género con una distribución geográfica y altitudinal amplia. Se le encontraba desde el nivel del mar hasta los 2400 m de elevación en toda la Cordillera de La Costa venezolana, tanto en los bosques nublados, semi-deciduos y de galería, hasta los ecotonos e incluso en áreas intervenidas. Este sapito, uno de los más abundantes y conspicuos en toda su distribución, fue visto por última vez en 1986. La presencia del hongo en los últimos ejemplares recolectados sugiere a la quitridiomicosis como causa probable de su desaparición. Por casi 20 años, y pese a las insistentes búsquedas para encontrarlo, no fue hasta el 2003 que se observó incidentalmente un ejemplar. Tras este hallazgo inicial, se desarrolló un intenso proyecto de exploraciones en localidades históricas y, en el 2004, se descubrieron dos poblaciones remanentes en las cuencas bajas de los ríos Cata y Cuyagua, en la cara norte de la Cordillera Central Costera de Venezuela.

 

Estos descubrimientos trajeron esperanzas. En 2005 se inició un programa de monitoreo poblacional y epidemiológico de la población del río Cata, que se ha mantenido activo durante los últimos 10 años. Los resultados de este esfuerzo —el monitoreo más largo e intenso de cualquier especie de anfibios en Suramérica— señalan que la población de Atelopus cruciger en Cata no está declinando, incluso podría haber incrementado en el último par de años, pese a que el 10-17% de los individuos están infectados por el hongo. Se cree que el clima cálido, característico de esta localidad de tierras bajas (27°C en promedio), actúa como un “refugio térmico” donde el sapito rayado subsiste, ya que el hongo crece muy lentamente a estas temperaturas. Hace tres años se iniciaron actividades de monitoreo semejante en el río Cuyagua, a fin de comparar la dinámica de estas dos poblaciones relictuales.

 

A la par de este proyecto, se han realizado estudios sobre la dieta de los adultos y los parásitos helmintos (con ejemplares de museos), los patrones de uso de hábitat y algunos aspectos reproductivos de los individuos silvestres. También se intentó implementar un plan piloto para la conservación ex situ del sapito rayado en 2005-2006, pero no se obtuvo el respaldo necesario para la recolecta y manipulación de esta especie en peligro crítico. Este es un tema de suma importancia que aún se encuentra pendiente. Además, se iniciarán estudios sobre la diversidad genética del sapito rayado con el uso de técnicas moleculares (microsatélites), de cara al desarrollo de estrategias de repoblación para su conservación a mediano y largo plazo.

 

El futuro del sapito rayado es incierto. La presencia del hongo en las poblaciones remanentes amenaza con nuevas epidemias con consecuencias nefastas. Por ello recomendamos, muy firmemente, la protección integral – vegetación y cuerpos de agua - de las localidades donde actualmente persiste el sapito rayado y la continua supervisión de sus poblaciones. A la par, resulta urgente y prioritario iniciar la cría ex situ, probablemente la única alternativa eficaz para la conservación de hermoso y característico sapito de la Cordillera Costera de nuestro país. La buena voluntad y la sinergia entre investigadores y académicos, las comunidades locales, el Estado y los financistas públicos y privados son imprescindibles. En todos reposa la responsabilidad de salvar al sapito rayado.

 

Artículo de J. Celsa Señaris y Margarita Lampo.

 

 

 

 


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