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Chigüire o Capibara / Fotografía: Gaby Carias
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El Chigüire, especie clave para la conservación de los llanos

Saúl Gutiérrez

 

De hábitos semiacuáticos y totalmente herbívoros, el chigüire o capybara es un gigante representante de los roedores. Al mismo tiempo, es visto como alternativa para consumo y producción de proteínas en varias localidades de Latinoamérica.

 

Especie clave para la conservación del llano venezolano
Un gigante entre los roedores


 
Alcanzando más de 60 kilogramos de peso, el Chigüire es sin lugar a dudas el mayor representante actual del Orden de los roedores (Rodentia). Al compararlo con las más de  1.700 especies existentes de este amplio grupo animal, el chigüire luce como un verdadero gigante, aún cuando se sabe que existieron en el pasado parientes ya extintos de mayor talla como el Noecherus fontanai  (Rusconi, 1933), el cual podía alcanzar casi el doble de la talla de los chigüires actuales. Este excepcional tamaño se debe principalmente a la escasa competencia que encontraron los mamíferos primitivos luego de la separación y aislamiento del continente suramericano a lo largo de millones de años. Al no existir por ese prolongado tiempo la competencia los principales grupos de mamíferos herbívoros que proliferaron en África, Asia y Norteamérica, como lo son los ungulados (ciervos, bovinos, cerdos, tapires, etcétera), los roedores suramericanos tuvieron la oportunidad de ocupar toda una gran variedad de nichos, siendo de hecho los chigüires los únicos roedores que “pastan” en pequeños “rebaños” o grupos familiares al igual que lo hacen los ungulados en otros continentes. Estos grupos familiares constituyen una muy bien organizada estructura social que defiende un territorio establecido de otros chigüires que intenten penetrar en el. 

 

Contrario a las antiguas narraciones de autores como Humboltd (1844) y Buffon (1844), en donde se afirmaba que los chigüires incluían peces en su dieta, hoy en día se sabe que en condiciones naturales, los chiguires son totalmente herbívoros, alimentándose  fundamentalmente de gramíneas semiacuáticas como la “paja de agua” Hymenachne amplexicaulis, la “paja chiguirera”  (Paspalum  fasciculatum),  así como de una variedad de plantas acuáticas que incluyen la llamada “bora”  (Eichhornia sp). 

 

Muchos nombres para un mismo animal

 

Sin lugar a dudas el nombre común más extensamente utilizado para estos roedores gigantes es el de Capybara, y su origen proviene aparentemente del la región del río Paraná,  en donde los aborígenes de Tupí-Guaraní utilizan la palabra capiiguá, que traduciría algo así como “el del pasto y del agua”, y que hace referencia a los hábitos semiacuáticos de este interesante mamífero. Otros grupos aborígenes le han dado nombres particulares distintos al de Chigüire (Cumanagotos y Palenques), como  Capigüa (Caribes), Cappiba (Tamanacos), Kiato (Maipures),  Chindo (Yaruros) y Chindoco (Guahibos), (Gonzalez , 1977). A lo largo de toda su área de distribución  a los chigüires se les conoce con diversos nombres comunes como: Chiguiro (Colombia), Capibara (Brasil), Capihuara (Bolivia, Ecuador), Carpincho (Argentina, Uruguay y Paraguay),  Ronsoco (Perú), Poncho (Panamá),  Water haas (Guayana) , Wáter zwyn (Suriname) y Cabiai (Guyana francesa).

 

Los llanos amenazados

 

Para nadie es desconocida la creciente amenaza ambiental que representa la gigantesca  expansión  de las fronteras agrícolas y pecuarias en Venezuela. Esta situación se repite a lo largo de toda América Latina, como consecuencia de la creciente demanda de alimentos y materias primas para una población humana que se incrementa cada año.  Los llanos venezolanos son una de las regiones más afectadas  por este crecimiento, que responde fundamentalmente a la falta de alternativas de producción  sustentables de alimentos  y  distintas a los tradicionales métodos  y especies utilizados actualmente, en donde se hacen cada vez mas predominantes la agricultura de cereales y la ganadería vacuna, con su carga de deforestación, mecanización de la tierra, sustitución de especies autóctonas  por  exóticas, así como la consecuente aplicación masiva  de fertilizantes y biocidas,  que completan un cuadro de destrucción de uno de los ecosistemas más ricos, productivos y biodiversos del planeta.

 

Todos estos factores, sumados a la contaminación y caza ilegal, están llevando a muchas especies autóctonas a la extinción y con ellas a la posibilidad de desarrollar sistemas de producción de alimentos que sean más sostenibles desde el punto de vista ambiental.

 

El chigüire como alternativa real de producción sostenible


En Venezuela tenemos algunas especies animales que pueden ser la clave para el futuro desarrollo de sistemas sustentables de producción de alimentos, que permitan  cubrir la creciente demanda  sin ocasionar  la destrucción y afectación que conlleva la agricultura mecanizada y la explotación ganadera  semintensiva e intensiva.

 

Las dos especies actuales de chigüires son Hydrochoerus hydrochaeris (Linné), y el Hydrochoerus  isthmius (Goldman), a esta última especie se le conoce también como “piro-piro”. Ambas especies constituyen  una de las principales alternativas de producción  sustentable  de proteínas para las tierras bajas tropicales y subtropicales de Suramérica al sur del Istmo de Panamá. Esta  amplia  distribución geográfica  nos habla de su gran éxito y potencialidad  como especie perfectamente adaptada a las condiciones bioclimáticas de nuestro continente. 

 

 Los chigüires son además  animales bastante prolíficos,  alcanzan la madurez sexual antes de los dos años y su gestación dura alrededor de cinco meses. Las hembras paren en promedio seis crías y pueden tener hasta 1,8 partos por año, por ello no es de extrañar que su eficiencia reproductiva en condiciones naturales sea más de seis veces superior a la del ganado vacuno, lo que nos habla de su gran potencialidad para la producción de carne y pieles de primera calidad, con la enorme ventaja de poder ser implementados en armonía con las miles de especies con las que comparte su hábitat.

 

Un  ejemplo de ello lo tenemos en la región llanera, en donde desde hace más de  cuatro  décadas se han desarrollado programas de manejo y aprovechamiento del chigüire (Hydrochoerus hydrochaeris),  gracias a los trabajos pioneros que realizo el Dr. Juhani Ojasti para la antigua División de Fauna del Ministerio de Agricultura y Cría. A partir de aquellas experiencias iniciales, se ha podido demostrar en varios hatos de propiedad  privada y bajo diferentes condiciones de manejo, que el chigüire puede ser cosechado comercialmente a niveles del  30%  de  sus poblaciones anuales censadas, lográndose paralelamente un aumento en  su  poblaciones,  y favoreciéndose la conservación y mantenimiento de hábitats acuáticos y semiacuaticos. El manejo científico de las poblaciones de chigüires permiten a su vez la existencia de miles de otras especies de animales y plantas, que de otro modo no tendrían cabida ni en los campos de monoproducción de cereales, ni en los “potreros” de ganado con los que se están sustituyendo   los ricos y biodiversos bosques y sabanas naturales de nuestro llano. En estos “potreros” se siembran  unas pocas especies de gramíneas exóticas (mayoritariamente  africanas) para albergar a su vez especies de bovinos como el ganado vacuno y los búfalos, privando de este modo de hábitats naturales a nuestras especies autóctonas.  

 

Las exitosas experiencias venezolanas en el manejo de las  poblaciones de chigüires con el sistema de módulos (grandes terraplenes con compuertas que permiten almacenar los excedentes de agua de la estación lluviosa) han demostrado que es posible producir carnes autóctonas de excelente calidad, favoreciendo la sobrevivencia de miles de otras especies de aves, mamíferos, reptiles, anfibios e invertebrados. En hatos ganaderos como “El Cedral” (Estado Apure), en donde la ganadería se ha desarrollado a un nivel extensivo y con poca sustitución de la vegetación autóctona, se ha logrado mantener una importante biodiversidad  que constituye a  su vez un gran atractivo para miles de turistas ecológicos que acuden a sus instalaciones cada año,  constituyendo una fuente de empleo y riqueza para la población local.  

 

La carne del chigüire posee un gran valor nutricional, rica en proteínas y baja en grasas y además es  100%  orgánica. Es  muy apreciada en la región llanera y central de Venezuela, en donde se la consume principalmente en la época de Semana Santa con autorización expresa del la iglesia católica, la cual hace muchos años autorizó a través de una Bula Papal su consumo.  La carne se comercializa en forma de “salones”, que constituyen los canales completos deshuesados, salados y secados al sol.  Existe una gran variedad de calidades  de “salones”, que responden al  mayor o menor esmero en su preparación, así como a la técnica utilizada por cada hato o productor. El proceso de preparación y secado  dura  alrededor de una semana, los salones más cotizados en el mercado son los provenientes de hatos como “El Cedral” (Estado Apure), así como “Santa Maria” y “San Martín” (Estado Barinas).  Los salones de mayor calidad se les conoce  popularmente como “chiguire galleta”, debido a lo seco y blancos que resultan luego del adecuado proceso de salado y secado. La forma más tradicional de preparar la carne es la del “pisillo de chigüire”. La carne fresca también puede ser presentada de diversas formas, brindando múltiples oportunidades de creación al sector gastronómico nacional.  

 

Es  verdaderamente crucial para la conservación futura del chigüire que, tanto los restaurantes como los consumidores finales  que compren su carne, se aseguren que la misma provenga de hatos legalmente autorizados por el Ministerio del Ambiente y posean los correspondientes  permisos y precintos.

 

De la teoría a la práctica


Uno de los principales problemas que frenaron en el pasado el desarrollo de sistemas alternativos de producción sustentable de alimentos en América Latina, ha sido la falta de conocimiento científico de las especies que componen los complejos ecosistemas que posee la región.   Afortunadamente en el caso del chigüire, existe actualmente un importante cúmulo de información biológica, desarrollada a lo largo de las últimas cinco décadas, gracias a los esfuerzos pioneros de eminentes científicos como Juhani Ojasti, Eduardo Gonzalez Jimenez, Emilio Herrera, Rexford Lord y muchos otros que con su aporte han hecho de esta especie, una de las más estudiadas en nuestro continente. Este importante conocimiento biológico necesita actualmente ser llevado a la práctica de un modo más masivo para desarrollar un mayor número de aéreas productivas que permitan cubrir la creciente demanda de carnes sin la amenaza a la biodiversidad que implican los sistemas de agricultura mecanizada y la ganadería semintesiva e intensiva. El ejemplo de armonía entre conservación y producción logrado en los hatos como “El Cedral”, “El Frío” y “Santa Luisa” en el Estado Apure, así como en los hatos “Santa Maria” y “San Martín” en el Estado  Barinas, deberían ser ejemplos a seguir para toda la Región llanera venezolana y para muchas otras áreas naturales de América Latina. 

 

Artículo por: Saúl Gutiérrez (QEPD)

 


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