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Vivienda Piaroa (itso´de), Amazonas de Venezuela / Fotografía: Alberto Blanco Dávila
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Arquitectura indígena en Venezuela

Suyin Bandres

 

Las viviendas indígenas son mucho más que un sitio para vivir, a ellas las rodea un ambiente tan especial que personas ajenas a la etnia no podrían recrear. Es por ello que con tan solo realizar una lectura de sus espacios arquitectónicos se podría desvelar la fértil cultura que allí hace vida.

 

Construyendo espacios al Sur del Orinoco


Un componente cultural esencial en las sociedades es la construcción de sus espacios para el desarrollo de la vida social; cada lugar, determinado por sus habitantes y visitantes, así como el tiempo y distribución de formas y espacios, sirve de base para la vida de los grupos sociales. En virtud de ello, consideraremos como objeto de estudio antropológico la construcción de los espacios a través de la ‘arquitectura’ y su desarrollo en culturas diversas. 


Comprender la arquitectura de un lugar, la organización de los espacios, la disposición de las estructuras y formas, así como el empleo de determinados recursos, depende del contexto en el que se desarrolla, tan sólo así podrán explicarse variados aspectos de la cultura y sociedad de los grupos. De esta manera, una primera aproximación al significado de arquitectura, desde la antropología, se da a través de la interpretación del entorno y las relaciones que se establecen con el espacio en la medida en que éste se organiza y se distribuye; lo mismo vale para el análisis de las relaciones personales entre los miembros de la familia y, a su vez, entre cada una de ellas en la comunidad. Así, podría decirse, la casa se constituye como la base de la familia, por cuanto le otorga estabilidad, arraigo e identidad al grupo. A la vez que, a partir de ella, se crean y recrean las relaciones sociales con los demás miembros de la sociedad, y se establecen los roles que cada cual cumple en el grupo. Sin embargo, vale enfatizar lo fundamental del conjunto para el desarrollo del proceso de identidades.


Ahora bien, el espacio como ente antropológico tiene dos dimensiones: una es la propiamente física y la otra es la que tiene que ver con la carga simbólica que adquiere. En consecuencia, más allá de las formas físicas desarrolladas por la arquitectura, es el valor simbólico que adquiere la estructura lo que le otorga un carácter de receptáculo, convirtiéndose en una especie de contendor de imágenes y símbolos que permite al grupo caracterizar el lugar como lo definiera Marc Augé, el “lugar antropológico” que es “principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de inteligibilidad para aquel que lo observa” (Augé, 2008: 58), así se determinan los sitios de encuentro, pero también los destinados a la ceremonia y a la divinidad: santuarios y templos por ejemplo, por lo tanto, “el dispositivo espacial es a la vez lo que expresa la identidad del grupo; los orígenes del grupo son a menudo diversos, pero es la identidad del lugar la que lo funda, lo reúne y lo une” (Augé, 2008: 51).


Es por ello que mediante la lectura del espacio arquitectónico, su organización y particularidades: viviendas, calles, mercados, plazas, etc., puede aprehenderse la cultura del grupo al observar de qué manera se han establecido las jerarquías, las normas sociales, la importancia que se le da o no a la vida colectiva, el compartir, el celebrar, entre otras prácticas cotidianas. En consecuencia, la casa no es una estructura vacía, pues está cargada de interacciones y simbolismos mediante los cuales las personas se relacionan entre sí y con el entorno que les rodea.


Otro aspecto a tener en cuenta es la influencia de los elementos de la naturaleza, el clima y los recursos naturales influyen enormemente en la disposición y construcción del espacio arquitectónico. Sin embargo, es posible que en ambientes idénticamente provistos se den distribuciones y construcciones diferentes, ello se debe, entre otras causas, a las necesidades del grupo y a su concepción del espacio, pero también a sus destrezas técnicas, a sus capacidades económicas y sus características socioculturales, así “la casa es una forma que delimita un espacio orgánico de equilibrio entre naturaleza y cultura, entre el hombre que construye y habita y la persona como conjunto de representaciones” (Diccionario de Etnología y Antropología, 1996). Finalmente, vale mencionar el intercambio cultural de los grupos como otro factor influyente en la construcción del espacio. 


Lugares y organización social 


La organización social del grupo resulta fundamental para la distribución de los espacios y sus formas. Una sociedad caracterizada por familias extendidas se organiza espacialmente de modo diferente a las familias nucleares, dadas sus características y necesidades. Al recorrer las muy diversas poblaciones venezolanas, desde las urbanas a las rurales puede observarse la disposición de su arquitectura de acuerdo al tipo de familias que las habitan. Así, una población costera se distribuye diferente a una andina y éstas, a su vez, se diferencian a una indígena. Las etnias indígenas, por su parte, de acuerdo a su cultura también organizan y construyen sus espacios de manera diferente entre ellas, aún y cuando habiten áreas con características climáticas iguales. Al respecto, el Amazonas venezolano, estado con el mayor número de etnias, ejemplifica magníficamente este caso, para ello hablaremos de la vivienda Ye’kwana, Yanomami y Piaroa.   

       
El atta, la vivienda Ye’kwana 


Esta etnia vive entre el noreste del estado Amazonas y parte del estado Bolívar, sus asentamientos los desarrollaron cerca de caudalosos ríos, por lo que se especializaron en la construcción de curiaras y en el traslado por toda la red fluvial. A juicio de Gasparini, los Ye’kwana son de los pocos grupos especialísimos en la materia de artesanías y su arquitectura ha alcanzado un nivel de perfección con respecto a otros grupos indígenas, además, contempla grandemente el simbolismo.


El espacio comunitario es llamado atta, está conformado por las casas de las familias extendidas destinadas a las actividades cotidianas. El atta es de forma cónica y puede albergar hasta 120 personas quienes forman en el plano económico una unidad de producción y consumo, su construcción es realizada sólo por los hombres de la comunidad durante unos seis meses y al final de cada etapa se hace una celebración con la finalidad de purificar lo que ha sido llevado del mundo natural al material (en Gasparini, 2005: 166-183).


El establecimiento del atta corresponde en su totalidad a la cosmovisión Ye’kwana, pues, éste es concebido como “una reproducción del universo mismo” (Gasparini, 2005: 182). La vivienda es la representación simbólica del mundo original o tal como fue prescrito por Wanadi Motai, el Ser que les dio la sabiduría, su Ser Supremo y Creador. La presencia de Wanadi -el bien- y los espíritus malignos se perciben en la noción cultural de este espacio. Una vez culminada, el interior es considerado sagrado mientras el exterior es profano.

 

El Shapono, la vivienda Yanomamö


Los Yanomamö cuyo significado es “gente” son el grupo indígena más extenso en nuestro país. Ocupan amplios territorios entre el Amazonas venezolano y el brasileño, más específicamente en las cuencas de los ríos Mavaca, Manaviche y Ocamo ubicadas entre la Sierra Parima y el Orinoco.


Según Jacques Lizot (1980), antropólogo investigador de esta etnia, los Yanomamö al estar en contacto, particularmente con los Ye’kwana, pudieron haber adoptado ciertas características culturales de éstos. De igual modo, la penetración y uso de ciertas herramientas metálicas y accesorios han hecho más fácil algunas tareas cotidianas, lo que les permitió invertir ese tiempo en vínculos sociales y recreación (ver Lizot en Coppens, 1988: 512). Sin embargo, este autor afirma que la vida social como la religiosa no fueron afectadas por la introducción de ese tipo de herramientas, lo mismo vale para las redes económicas y de reciprocidad.


El shapono es la vivienda comunal de los Yanomamö, comprende un conjunto en el que las viviendas se disponen alrededor de una gran plaza circular, la cual queda a cielo abierto. Puede presentar variaciones en ciertos lugares: algunos se caracterizan por tener techos a dos aguas con casas rectangulares y cerradas; mientras que en “Alto Orinoco y en Brasil, el alero se cierra sobre sí mismo hasta tal punto que casi desaparece en la plaza central, (Lizot en Coppens, 1980: 513), quedando en el techo una gran abertura.


Tal como hemos planteado hasta ahora, en el espacio se construye la identidad del grupo, así, el shapono es la base para la organización de los grupos domésticos Yanomamö, cada uno de los cuales se conforma por una pareja con hijos -en ocasiones con un abuelo o colateral materno o paterno-, allí tienden sus chinchorros, el centro sirve para la colocación del fogón, lugar destinado para cocinar, dar calor y alumbrar. Los hermanos colocan sus fogones contiguamente, únicamente se alternan los parientes de hogar uxorilocal. La vida familiar e íntima se desenvuelve hacia la parte posterior del alero, mientras la vida religiosa y social en la parte delantera y en la plaza central. La basura se dispone detrás del alero (ver Lizot en Coppens, 1980: 514).   

  
Además de vivienda, el shapono deja entrever la estructura cultural Yanomamö, es el lugar en el que se desenvuelve la organización social, a la vez que se establece de acuerdo al orden cósmico en el que se expresa simbólicamente su percepción del tiempo y espacio.

 

El itso’de, la vivienda Piaroa


Mi primera investigación antropológica en el Amazonas venezolano fue precisamente con un grupo Piaroa. Conocer su concepción sobre el significado de las viviendas fue, en lo personal, gratamente sorpresivo.


A saber, los Piaroa o Uhuothoj’a (gente pacífica), habitan el este del río Orinoco, desde Puerto Ayacucho hasta San Fernando de Atabapo, fueron uno de los grupos con menor contacto cultural por lo que conservaron durante más tiempo un  fuerte arraigo a sus tradiciones. La vivienda tradicional Piaroa es conocida como churuata o itso’de, considerada como una verdadera obra de arte en su arquitectura primitiva, consiste en una casa de forma cónica y planta redonda, está construida de acuerdo a cuatro tipos: la comunal, del jefe chamán; la familiar, un poco más reducida que la anterior, la casa con paredes de bahareque y techo de palma y la casa también con paredes de bahareque y techo a dos aguas, (en Gasparini, 2005: 144) ciertamente influenciada por el contacto con los criollos, factor que influyó decisivamente una vez que comienzan a penetrar las misiones religiosas y se establece la capital del estado como centro de desarrollo económico.


En ella habitan varias familias nucleares, emparentadas por línea materna.  La escogencia del  lugar para establecer la vivienda le corresponde al shamán, quien verifica si el lugar no está bajo las influencias de entes malignos, si no hay huellas de tigres en los alrededores, o un comedero de lechuzas, el cual se considera como augurio fatal para la casa.


La distribución y construcción del espacio Piaroa corresponde a la organización social de esta etnia. Las mujeres y niños son quienes se encargan de buscar el agua, por lo que las churuatas tienden a levantarse cerca de las orillas de ríos y caños. Para este grupo, las ceremonias son de importancia, para ello se dispone de un lugar común que sirva para la recreación de los niños, para el trabajo de los mayores y a las ceremonias de la comunidad (en Gasparini, 2005: 146), cercano a esto se establecían los conucos.


Un aspecto cultural distintivo de este grupo es el cambio de asentamiento, la comunidad se muda de lugar y se establece nuevamente, lo cual obedece a múltiples razones, contemplando desde las profanas a las sagradas: desde problemas con los cultivos a la presencia de espíritus malignos.


En cuanto a la organización social, los vínculos matrimoniales son los que determinan las uniones entre los Piaroa, además de la necesidad de intercambios comerciales con otros grupos.    


En conclusión, la construcción de los espacios responde a la organización social del grupo, a las condiciones naturales del entorno, a las capacidades técnicas, económicas y a las relaciones interculturales. El caso de los Piaroa es determinante para observar cómo a pesar de la fuerte influencia criolla, a través de las misiones y ciertas políticas de Estado intentan mantener su propia cultura. Durante la década de los ’80 y ’90 se decidió, desde el Estado, implementar planes de viviendas también para las comunidades indígenas, así en una comunidad Piaroa al sur de Puerto Ayacucho, además influenciada por una misión evangélica, se construyeron las casas típicas de paredes y techo a dos aguas, tres habitaciones, sala de baño, comedor y cocina. Dado que la estructura quedó vacía porque no obtuvo la carga simbólica propia de la cosmovisión Piaroa, la casa era usada como una especie de depósito y, en la parte trasera de esta, cada grupo familiar construyó su propio itso’de en el cual seguían reproduciendo sus propios patrones culturales, para mantener su identidad y reconocerse como grupo.

 

Artículo por: Suyin Bandres

 


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