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Tiburón Blanco (Carcharodon carcharias) / Fotografía: Gaby Carias
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El Gran Blanco

Rafael Tavares

 

 

Los seres humanos le debemos al gran tiburón blanco que suprimamos de nuestra memoria colectiva la infundada reputación de “asesino despiadado” que se relató en films y novelas años atrás. Si bien es cierto que se trata de un animal que se encuentra en el tope de la cadena alimenticia, también es muy cierto que la mayor amenaza de los océanos realmente somos nosotros. Lo esencial es que el Carcharodon carcharias le da sentido al ecosistema marino y que si no nos apuramos en comprenderlo, preservarlo y protegerlo, los que más habrán perdido habremos sido nosotros.

 

El depredador más temido y venerado

 

El tiburón blanco o gran blanco (Carcharodon carcharias) es sin duda el máximo exponente de los depredadores marinos. Este impresionante pez ha sido, al mismo tiempo, uno de los animales más temidos, odiados y venerados por los humanos a través del tiempo. El gran tamaño y aspecto feroz de este tiburón han inspirado a crear diversas historias y mitos, siendo la mayoría de ellas negativas para la sobrevivencia de la especie. Un ejemplo clásico fue la obra literaria “Tiburón” escrita por Peter Benchley en 1974, y cuya adaptación cinematográfica realizada por Steven Spielberg se estrenó posteriormente en el año 1975. Como sabemos, esta producción cinematográfica que muestra al tiburón blanco como una bestia asesina, tuvo repercusiones significantes en la sociedad en general. No obstante la peor cuota fue para el tiburón blanco, una vez que en los años subsiguientes al estreno de la película se desató una cacería irracional de la especie a nivel mundial.

 

El tiburón blanco, conjuntamente con los tiburones makos (Isurus spp) y los sardineros (Lamna spp) pertenecen a la familia Lamnidae, y se caracterizan por tener un tamaño apreciable, hocico pronunciado, aberturas branquiales prominentes, aletas pectorales y primera dorsal relativamente largas, aleta caudal homocerca y quilas caudales bien desarrolladas que es típico de los peces oceánicos que se desplazan velozmente (Compagno, 2001). Estas características morfológicas en su conjunto delatan en parte el carácter mega-depredador de este grupo de tiburones, que a su vez requieren de una elevada ingesta de presas ricas en proteínas y grasas para satisfacer sus necesidades biológicas más básicas.

 

Con base en registros fósiles, se conoce que el tiburón blanco apareció en la faz de la tierra hace aproximadamente 18 millones de años (Época del Mioceno). Desde el punto de vista evolutivo, existe discrepancia con relación al origen del tiburón blanco en los mares y océanos. La teoría más conocida apuesta a que el gran blanco se originó del tiburón prehistórico Carcharodon megalodon, siendo esta idea la más divulgada a través de publicaciones y documentales de corte científico. La segunda teoría, formulada más recientemente, considera que el gran blanco está más emparentado con una especie de tiburón mako ya extinta, de nombre científico Isurus hastalis (Nyberg y col., 2006). Es interesante señalar que ambas teorías, así como toda la controversia que se ha generado alrededor del tema, están basadas apenas en algunas diferencias morfológicas observadas en los dientes, siendo estos la única estructura de los tiburones capaz de fosilizar y permanecer en el tiempo. Para un taxónomo de peces tradicional, quizás resultaría inconcebible separar grupos de especies de tiburones similares sin haber realizado un examen exhaustivo y comparativo de todos sus caracteres morfológicos y merísticos.

 

A pesar de la importancia del tiburón blanco en los ecosistemas marinos, existe todavía gran incertidumbre con relación a sus aspectos biológicos más básicos. Ello ha conllevado a realizar a nivel mundial y durante los últimos años una gran inversión en investigación dirigida a esta especie. Se conoce que el tiburón blanco tiene un comportamiento generalmente solitario, pudiendo realizar grandes desplazamientos migratorios, del tipo transoceánico. Sin embargo, suele exhibir también un comportamiento social (formando agregaciones) con fines reproductivos y de alimentación, que es observado en contadas zonas geográficas caracterizadas por su abundancia en fauna marina (principalmente mamíferos marinos). Entre las zonas más importantes podemos nombrar la bahía de Monte Rey en California (EEUU), Baja California e Isla de Guadalupe (México), costa atlántica de Nueva Inglaterra (EEUU), costa de KwaZulu-Natal (Sudáfrica) y sudeste de Australia.

 

Es una especie vivípara aplacental (ovovivípara), cuyo periodo de gestación en las hembras se estima sea de un año aproximadamente. También las hembras presentan una fecundidad muy baja, produciendo apenas entre 2 y 14 crías cada dos o tres años. Con respecto a la edad de madurez sexual del tiburón blanco, se calcula que los machos y hembras se encuentran aptos para reproducirse a la edad de 10 y 14 años, respectivamente. La longevidad de esta especie se desconoce; no obstante, el estudio realizado por Caillet y col. (1985) sugiere que el tiburón blanco podría vivir un máximo de 27 años. Un fenómeno interesante que se observa en esta especie durante las etapas finales del desarrollo embrionario es el denominado “canibalismo”, y consiste en que los embriones más desarrollados de la camada se alimentan de sus congéneres más débiles dentro del útero de la madre. Desde el punto de vista ecológico, este fenómeno asegura que los animales más aptos sean los que sobrevivan, lo que a su vez se relaciona con la optimización de la eficiencia biológica o fitness de los individuos.

 

Del mismo modo que los grandes depredadores terrestres, el tiburón blanco es una especie oportunista en cuanto a la alimentación se refiere. Su dieta incluye una elevada variedad de presas como por ejemplo mamíferos marinos, tiburones y rayas, peces óseos, tortugas marinas, aves, cefalópodos, crustáceos, entre otras. Si bien el tiburón blanco es un depredador altamente especializado, preferirá alimentarse de animales muertos (carroña) o peces capturados en los artes de pesca, si estos están disponibles. No obstante, las principales presas del tiburón blanco son definitivamente los mamíferos marinos, entre los cuales podemos mencionar las focas y leones marinos, delfines y ballenas. La distribución geográfica y comportamiento migratorio del tiburón blanco, están condicionados por la abundancia y diversidad de mamíferos marinos típicos de algunas regiones. Por otra parte, el tiburón blanco ha estado involucrado en la mayor parte de los ataques de tiburones a humanos a nivel mundial y se especula sobre las causas y motivaciones de estos ataques. Con base en observaciones realizadas en el campo, se sabe que el tiburón blanco es un depredador que posee un gran poder de selección visual y tiene la capacidad de distinguir entre sus presas y los humanos, que normalmente son surfistas (Compagno, 2001). A pesar de ello, los ataques llevados a cabo por esta especie son generalmente atribuidos a una equivocación o confusión por parte de los animales involucrados. Como sabemos, una foca en la superficie se asemeja mucho a un surfista sentado en su tabla cuando éste es observado desde el fondo marino. De cualquier modo, la mayoría de los casos de ataques del gran blanco a humanos no son fatales, lo que descartaría una motivación condicionada por sus hábitos alimentarios.

 

Con relación a la distribución espacial actual del tiburón blanco, ésta abarca una amplia extensión geográfica, cubriendo desde zonas de aguas oceánicas como costeras, de las regiones templadas, subtropicales y tropicales (Figura 1). A pesar de su preferencia por las regiones templadas de aguas frías, esta especie también puede encontrarse comúnmente en zonas tropicales como es el caso típico del Océano Pacifico oriental. Si bien el tiburón blanco no ha sido registrado para el Caribe venezolano, no se puede descartar su presencia en nuestras aguas, aunque de manera ocasional. La presencia de esta especie en el Mar Caribe, ya ha sido previamente reportada para varias islas del Arco de las Antillas, como por ejemplo Martinica, Guadalupe, Grenada y Dominica (Smith, 1997). Ello indicaría que existe la posibilidad latente de que algunos individuos de esta especie puedan incursionar hacia las zonas más occidentales del Mar Caribe, siguiendo el patrón de las corrientes marinas conocidas para la región.

 

La aparente ausencia del tiburón blanco en aguas del Mar Caribe venezolano podría ser explicada por la escasa abundancia y diversidad actual de mamíferos marinos, en comparación con otras regiones geográficas. En tiempos remotos (Época del Mioceno) cuando las costas venezolanas estuvieron dominadas por grandes cetáceos marinos e inclusive tortugas marinas gigantes, el tiburón prehistórico Carcharodon megalodon fue un habitante común de nuestras aguas. Así lo demuestran diversos registros fósiles de dientes de este tiburón hoy extinto que han sido encontrados en varios yacimientos geológicos a lo largo de casi toda la zona costera venezolana.

 

Actualmente las poblaciones del tiburón blanco se encuentran seriamente amenazadas a nivel global. Con base en las evaluaciones realizadas por expertos de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), el tiburón blanco se encuentra clasificado bajo el estatus de conservación de “Vulnerable”. Una medida de conservación existente es la inclusión del tiburón blanco en el Apéndice II de CITES a partir del año 2004, y cuya finalidad es limitar y controlar el comercio internacional de la especie. También algunos países, como Canadá, EEUU y México, han tomado iniciativas de conservación al prohibir la pesca comercial y deportiva del tiburón blanco en sus aguas territoriales. A pesar de los esfuerzos de conservación realizados hasta la fecha, el tiburón blanco continúa estando seriamente amenazado a nivel global. Entre las principales amenazas podemos nombrar la captura incidental de esta especie en varias pesquerías comerciales, el deterioro de los hábitats esenciales y, aunque no lo parezca, la elevada demanda y cotización de las mandíbulas y los dientes en el mercado internacional. El valor comercial de un diente de tiburón blanco se sitúa en alrededor de 800 dólares americanos; por lo tanto la mandíbula completa podría llegar a cotizarse hasta en 150.000 dólares. Otra amenaza potencial, y no menos importante, es la utilización de redes protectoras en las playas como es el caso de las costas australianas. Estas redes, que buscan proteger a los bañistas de los ataques de tiburón blanco, dejan como saldo cada año centenas de ejemplares muertos de esta especie. En cualquiera de los casos, es evidente que se requiere de un mayor esfuerzo de conservación dirigido al tiburón blanco a nivel mundial. Esperemos que esta especie en el futuro pueda sobrellevar todas las amenazas a la que está sujeta y así poder perpetuarse en el tiempo. Su desaparición de los mares y océanos sería un duro golpe para el patrimonio de la diversidad biológica global, pero también tendría implicaciones desfavorables para el mantenimiento del equilibrio de los ecosistemas marinos.

 

Artículo por: Rafael Tavares.

 

 


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