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Delfín / Fotografía: Gaby Carias
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La Bioacústica

Bianca Castillo

 

 

La bioacústica, la ciencia del sonido vivo.

 

"Cada voz puede distinguirse aunque suenen todas a la vez" (Krause, 1999).

 


El sonido forma parte fundamental de la existencia. Incide en nuestra capacidad de adaptación porque todos hacemos uso de él, ya sea expresándonos o recibiendo y aportando información. Es parte del sistema a través del cual interactuamos los seres vivos conjuntamente con el ambiente. Todo se haya perfectamente bien estructurado, si estudiamos y aprendemos a comprender la acústica entenderemos que, en numerosas ocasiones, pasamos por alto los hechos más obvios. Es por ello que surge el interés por desarrollar una nueva ciencia interdisciplinaria que combine la biología con la acústica: la bioacústica. 


La bioacústica estudia la relación entre todo organismo vivo y el sonido. Se desprende de la zoología porque se encuentra estrictamente ligada a la etología e investiga la producción de sonidos, su uso y recepción en todo animal (tanto humano como no-humano).


Para esta ciencia es esencial estudiar cada uno de los órganos auditivos y de producción sonora, y los procesos fisiológicos y neurológicos a través de los cuales se producen y reciben los sonidos para efectos comunicativos y de ecolocación. De hecho, hace un heroico intento por comprender la relación de sonidos que produce un animal y la naturaleza del medio en el cual es utilizado, sus características y, por supuesto, su función.


Se dice que es una nueva ciencia porque, si bien se sabe que ya para el siglo XIX existían métodos de registro de sonido, esta disciplina se desarrollo sólo después de la segunda parte del siglo XX y aun entonces sufrió dificultades y limitaciones tecnológicas. El tamaño de los dispositivos de grabación y almacenamiento de la data, así como la fragilidad de los equipos, dificultó que se pudieran utilizar eficazmente en trabajos de campo avanzados. Además, la investigación en bioacústica no estaba lo suficientemente extendida como para crear tecnologías eficaces. Entonces, el desarrollo de esta ciencia pudiera situarse en la década de los cincuenta, período en el cual los métodos de grabación y análisis se volvieron populares y de fácil acceso para la comunidad científica. De este modo,  durante los últimos años de nuestra historia, los avances en el campo de la electrónica y la miniaturización de los equipos han abierto nuevos horizontes para la bioacústica. En la actualidad es fácil y económico adquirir -aunque sea- un equipo básico para la investigación bioacústica. En efecto, cualquier computadora portátil es útil en el campo si se utilizan grabadores de alta fidelidad y software avanzado. 


Las nuevas tecnologías transformaron la manera en la que los sonidos pueden ser  recogidos, analizados y recopilados para su fácil acceso. Gracias a ello, los investigadores cuentan con amplias colecciones de sonidos animales producidos para comunicarse por insectos, anfibios, mamíferos y aves. Esto ha conllevado a grandes descubrimientos, como el hallazgo de nuevas especies y mediciones asombrosas del impacto ambiental a nivel global y local.


Un asombroso ejemplo del uso de la bioacústica es que Bernie Krause, reconocido músico y doctor en bioacústica de la universidad de Cincinnati, EE.UU., logró salvar una ballena jorobada que se encontraba varada en la rivera del río Sacramento dirigiéndola al océano Pacifico con tan sólo hacer uso apropiado de sonidos. Él mismo es el responsable de haber acuñado un nuevo término “biofonía”, y se trata del sonido vocal colectivo que los animales no-humanos crean en determinados ambientes. Cabe acotar que la biofonía funciona a modo de indicador de la salud de un hábitat, pues revela información sobre su antigüedad y nivel de estrés.


Krause lleva cuarenta y un años cazando sonidos, y nos advierte sobre el impacto ambiental del ruido generado por los seres humanos. Entre sus anécdotas cuenta sobre una ocasión en la que se encontraba escuchando el croar de un grupo de ranas Scaphiopus hammondi  en el lago Mono, California, cuando repentinamente un avión militar surcó los cielos, rompió la barrera de sonido, y dejó a su paso toda una estela sonora que contaminó el ambiente durante largos minutos. Como consecuencia, el croar de las Scaphiopus hammondi y los demás animales que habitaban ese ecosistema (en su mayoría insectos y pequeños mamíferos) cambiaron su acostumbrado sonido para interpretar una suerte de fuga, muchos de los animales dejaron de emitir sonidos y otros cambiaron sus patrones conductuales debido al estrés.


De esta forma, los científicos investigan los efectos de la introducción de un elemento nuevo en un nicho sonoro y el desequilibrio que produce el forzar un sistema ambiental a interpretar e integrar un elemento sonoro bajo condiciones casi taumatúrgicas, como en el caso anterior de las ranas, por inusitado y pasajero, y en otros casos, como el de las urbes e industrias, por continuo e intenso.


No es menos traumático el caso de la contaminación sonora en las aguas, Krause se encontraba grabando el sonido de las ballenas boreales (Balaena mysticetus) al norte de Alaska, y lo que lograron captar sus equipos fue el molesto sonido de las plataformas petrolíferas de la bahía Prudhoe, ubicadas a más de 165 kilómetros de distancia. Si tomamos en cuenta que, al igual que muchas especies animales, los cetáceos utilizan la bioacústica para su comunicación y ecolocación, encontraremos una obvia evidencia de que la más mínima actividad humana es capaz de amenazar de manera crítica la supervivencia de las demás especies si no se toman en cuenta esos factores que los humanos nos empeñamos en seguir pasando por alto. 


Expongamos un caso más evidente, en 1993 se realizaron vuelos militares al ras de un circo que mantenía animales cautivos a las afueras de Estocolmo, el ruido fue de tal magnitud que envió información de peligro inminente a los animales – ya victimas del trabajo forzado en espectáculos-, esto los empujó a arrinconar a 23 de sus crías (específicamente tigres, linces y zorros) para comérselas ante el presagio de una muerte mucho más temible y estresante que la vaticinada por el estruendoso sonido.


De entre las más de 4.000 horas de grabaciones bioacústicas que tiene en su haber el doctor Krause, 50% de esos sonidos naturales no podrán volver a ser escuchados jamás debido a los efectos de la destrucción humana contra el medio ambiente.


A pesar de ello, es un hecho comprobable que la bioacústica permite formular más y mejores medidas de conservación para algunos grupos específicos de especies vivas, incluyendo  aquellas especies más vulnerables.


Visto desde otro punto de vista, valdría la pena mencionar que la bioacústica junto a la biofonía son  utilizadas como instrumentos de sanación.  La doctora Elizabeth Von Muggenthaler, especialista en bioacústica y presidente del Instituto de Investigaciones de Comunicación de la Fauna (Fauna Communication Research Institute, por su nombre en inglés),  afirma que la frecuencia de vibración del ronroneo de un gato acelera la curación de huesos, músculos, tendones, lesiones del ligamento, afecciones pulmonares, entre otras. Por su parte, Jonathan Goldman, doctor especialista en música de la Universidad de Montreal, asevera que la correcta entonación y patrón de sonidos pueden sanar tanto a personas como al medio ambiente. El doctor Goldman nos aporta por demás la teoría de que el sonido que producen los delfines colabora con el crecimiento de arrecifes coralinos.


Según el Biólogo J.M. Hernández de la Universidad Complutense de Madrid, “las señales bioacústicas suelen ser características de una especie, población, e incluso organismos individuales. La clasificación y análisis de las mismas puede representar un poderoso instrumento para el estudio de la compleja diversidad de las comunidades. Con las técnicas actuales, pueden identificarse y estudiarse animales ocultos en un medio con densa vegetación o a distancias considerables, de una forma no invasiva y económica. De esta forma, medios que en otras épocas resultaron muy complejos de explorar, como los hábitats acuáticos o los bosques y selvas, pueden ahora ser estudiados medianta la grabación de emisiones acústicas. Los datos bioacústicos pueden ser utilizados para caracterizar especies de forma complementaria a las características morfológicas y moleculares, y ya son ampliamente utilizados en varios grupos zoológicos como mamíferos marinos y aves”.


Las ventajas de esta ciencia no finalizan aquí, el Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) desarrolló un sistema que permite analizar la manera en la que los ruidos generados por la actividad humana afectan al hábitat y el equilibrio natural de los océanos mediante el uso práctico de algoritmos, de esta manera, la información es clasificada de manera automática sin necesidad de gastar cuantiosas horas-hombre escuchando y estudiando los patrones de los sonidos grabados. Gracias a ello, y por encargo del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino español, el laboratorio redactó un manual de buenas prácticas para la gestión de la contaminación acústica en el mar. Ello podría sentar precedentes para la promulgación de leyes que protejan los mares a nivel acústico.


Si aun nada de esto nos convence, observemos pues a los elefantes. Ellos se comunican con infrasonidos (no audibles para los humanos) que perciben en forma de vibraciones a través de sus orejas (incluso patas) desde distancias inexplicablemente lejanas. Si esto es posible también es posible que existan otros mecanismos alternativos de comunicación que nosotros, al no conocer, generalizamos y llamamos “sexto sentido” porque no logramos captarlo de manera evidente. Quizás en la bioacústica se halle la explicación de muchos misterios para la ciencia, como por ejemplo la razón por la cual no se encontraron cadáveres de animales silvestres en el tsunami que arrasó con la vida unas 35.000 personas en Sri Lanka a finales del año 2004. Sean cuales sean los descubrimientos futuros sobre este tema, como especie inteligente que nos hacemos llamar, debemos admitir que aun no conocernos lo suficiente, y que cada vez deberíamos apreciar mucho más el hecho de compartir el planeta con nuestros hermanos animales, de los cuales aún nos queda mucho por aprender.

 

Artículo por: Bianca Castillo.

 

 


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