Iniciar Sesión / Compra de Revistas
Correo:
Contraseña:
¿Olvidastes tu contraseña?
¿Aún no tienes una cuenta? Suscríbete
Tepuy Autana / Fotografía: Javier Mesa
  • 1
  • 2
  • 3

La Caverna más antigua del mundo

Charles Brewer-Carías


    
 
Este cerro Carivirri cerca del río Auvana (Autana) es un admirable monte horadado en medio como con una ventana, de la altura de un elevado campanario, cuadrado y llano en la cima, de modo que si el trabajo mereciera la pena, se le podría hacer un castillo.

Fray Felipe Salvatore Gilij 1757


La historia del tocón o Kuaymayojo

 

 “Al principio el Dios Wahari dispuso que nadie debía trabajar y que todos los frutos, nueces y raíces necesarios para vivir los proveería el “Wahari-kuawai” o “Árbol de los Frutos del Mundo”. Así vivieron los hombres antiguos hasta que una ardilla golosa, el tucán de pico largo y el pájaro carpintero, que fueron los antepasados de los indígenas Wótjüja o De´arúwa (Piaroa) actuales, se aliaron para derribar ese Wahari-kuawai y obtener de una vez todo lo que necesitaría para el resto de sus vidas. Estos hombres demoraron mucho tiempo en cortar aquel árbol pródigo que al caer desparramó todos sus frutos por el suelo y se pudrieron. Las grandes ramas cayeron hacia el río Cuao, por lo que allí se encuentran ahora las tierras más fértiles, y las otras partes del tronco restos del tronco se convirtieron en unas montañas que bloquearon ríos y provocaron inundaciones y represas por todas partes. Pero un gran saltador como es el pez Payara con colmillos largos (Hydrolycus scomberoides), quedó atrapado en uno de esos lagos, se empeñó en salir de su encierro y se puso a dar brincos estrellando su cabeza repetidas veces contra el pedazo del árbol; por lo que todavía se pueden Jogo apreciar los huecos que hizo aquella Payara, así como la cueva que dejó abierta cuando finalmente atravesó de uno al otro lado el tocón que ahora se llama Kuaymayojo (Cerro Autana)”.

 (Leyenda que ya nadie recuerda, obtenida de un anciano Piaroa en la Isla Ratón en 1970).

 

El Autana y El Dorado

 

En 1950 conocí en el consultorio odontológico de mi padre a sus amigos Carlos Freeman y Gustavo “Cabuya” Heny, quienes se dedicaban a explorar la Guayana venezolana y eran íntimos amigos de Jimmie Angel. Hablaban siempre de unos caminos empedrados que habían visto entrando en la selva cuando volaron en el avión de Angel, y pensaban que estos formaban parte del trayecto que utilizaron los príncipes Incas “orejones” para llegar hasta Manoa, una ciudad en la costa del Lago Parima. Aquella misma ciudad donde se dijo que habitaba el Príncipe Dorado y que en el pasado buscaron entre otros: von Hutten (1542), Aguirre (1560), Berrío (1584), Ralegh (1595), Solano (1770), Humboldt (1800) y  hasta Schomburgk (1839). Y que recientemente; poco antes de que Heny, Freeman y Angel, también estuvieron tras ella el Coronel Inglés Percy Harrison Fawcett y el aviador estadounidense Paul Redfern, desaparecidos en la selva amazónica en 1925 y en 1927 respectivamente.

 

Empapado con estas historias y ya cumplidos los 24 años, organicé una expedición para remontar el río Paragua y alcanzar el río Paramichí, donde en 1770 los españoles edificaron el fuerte de San José de Guirior, destinado a proteger el camino de entrada hacia “El Dorado”. Me acompañaron durante aquel viaje del año 1961 mis compañeros universitarios Rómulo Lander, Luís Eduardo Paúl, Lionel Jugo y Julio Lescarboura, junto con el botánico Julian A. Steyermark y el Mastozoólogo Juhani Ojasti. Al regresar de aquella expedición, mi amigo el Capitán Harry Gibson, quien también era amigo de Freeman y Heny, me invitó para que lo ayudara a fotografiar unos dibujos que él decía que habría visto en la pared de una cueva que atravesaba una montaña y que probablemente los habrían pintado los “Orejones” (Incas huidos).  ¡Advirtiéndome que esta era una cueva que solamente se podía apreciar desde un avión...!

 

Apenas despegamos de Puerto Ayacucho (capital del actual estado Amazonas) nos dirigimos hacia el Cerro Autana, que vimos aparecer en el horizonte del Sur como una torre de 1300 metros de altura. Pero fue cuando volamos a su alrededor que pudimos apreciar como a unos 150 metros por debajo de la cumbre habían unas cuevas que se abrían en medio de la pared oriental. Unas ventanas que ya en 1757 había apreciado el misionero Fray Salvatore Gilij (22), y que 173 años antes que él habría sido observada por el empecinado Don Antonio de Berrío “Gobernador de El Dorado”, cuando durante su incansable búsqueda de la ciudad del Príncipe Dorado se detuvo ante esa montaña en agosto de 1584 (26). Berrío había salido desde la Ciudad de Chita, persiguiendo por los llanos del río Meta un extraño resplandor celestial que observaban durante la noche y que creyeron provocado por el reflejo de la luz de las estrellas contra las tejas doradas de Manoa. Así es que al detenerse frente al Cerro Autana, pensó el gobernador que se encontraba ante la frontera occidental del territorio de los Epuremei, súbditos del Príncipe Dorado.  Más hacia el oriente encontraría la orilla del gran Lago Parima, y por los caminos de piedra que atravesaban la selva llegaría hasta Macureguarai, la ciudad periférica que tendría que someter antes de alcanzar Manoa. Berrío no llevaba consigo la vajilla, los cubiertos, o los vestidos de seda que 1539 había cargado desde Quito el conquistador Sebastián de Belalcázar, como previsión para el momento en que tuviera que presentarse ante el Príncipe Dorado; porque el empecinado gobernador estimó que sus armas resultarían más eficaces que las apariencias al momento de negociar la rendición de Manoa.

 

En pleno vuelo

 

Efectivamente, sobre la brillante pared oriental había varios agujeros y por lo menos uno de ellos atravesaba la montaña de lado a lado como el ojo de una aguja. Sin embargo, durante aquel primer vuelo, nos resultó especialmente interesante apreciar como en el umbral de aquella boca principal cuya dimensión no podíamos determinar, había un extraño bloque de roca blanca y rectangular que coincidimos en llamar la “Piedra de Sacrificios”, debido a que sobre él descansaba algo redondo que lucía como una calavera. Pero además de esto, al revisar en Caracas las fotografías que tomé en blanco y negro, pude ver que sobre la pared que estaba detrás de la piedra rectangular, había un grupo de “pinturas rupestres” entre las que distinguía un lagarto erguido, acompañando a un hombre delgado...!

 

La Cueva: su dimensión y origen

 

La cueva era a un cofre de enigmas y solamente después de escalar la montaña y explorar la cueva, podríamos saber si los Pterosauros voladores habrían anidado en ella millones de años atrás; dejando regadas las cáscaras de sus huevos gigantescos que, con algo de paciencia podríamos reconstruir. Seguramente también encontraríamos restos de cerámica incaica, o al menos los restos de las fogatas de quienes antes que ellos emplearon la estratégica torre y la cueva como una atalaya.

 

Pero el enigma mayor lo constituía el origen de la cueva y los túneles que la componían; ya que debido a su altitud, aquellas galerías solo pudieron sido abiertas con la abrasión generada por corrientes de aire cargadas con granos de arena; ya que a mil y tantos metros sobre el nivel del mar, no había otra manera de explicar esa erosión selectiva de un estrato de la montaña que aparentaba ser más blando, tal como actualmente sucede en los desiertos. Desde el aire también nos dimos cuenta como la torre estaba formada por bandas horizontales, lo que evidenciaba que serían capas de sedimentos, tal como se aprecia en las paredes de todos los tepuyes. Así es que esta torre no estaba formada por un papelón de roca ígnea como se había creído hasta entonces.

 

Pero, ¿cuál era la dimensión de aquella cueva que por más cerca que voláramos de la pared, no lográbamos estimar el ancho ni el alto de la boca donde estaba el “altar”?  El caso es que ni en el interior de la cueva, ni en la pared que rodeaba la boca, habíamos visto alguna planta u otro elemento de dimensiones conocidas que pudiéramos emplear como medida de escala. Y, aunque si notamos pegadas a la pared algunas plantas con forma de piña, estas aún no habían sido descritas en 1962. Como resultado de esto, no nos era posible saber si un hombre parado en el umbral de la cueva podría alcanzar el dintel de la entrada, o si la oquedad que observamos era tan amplia como para permitir el paso de una avioneta de un lado al otro de la montaña. El enigma de la dimensión quedó resuelto diez años después, cuando desde el helicóptero de la expedición, tomaron una fotografía en el momento en que estábamos parados sobre la “Piedra de los Sacrificios”. Y, sobre la probabilidad de que un avión pudiera atravesar la montaña, esta quedó confirmada cuando en 1980 el piloto Jimmy Marull pasó por dentro de la cueva piloteando un ultraliviano.


Expedición hacia la cueva

 

Los mapas que dibujó el arqueólogo José M. Cruxent en 1948, (11, 12 y 13) nos permitió comprender el curso de los ríos que debíamos remontar para alcanzar la base de la montaña y escalarla por su arista norte. Durante la Semana Santa de 1970 organizamos la expedición para escalar hasta la cueva y la Comisión para el Desarrollo del Sur (CODESUR) nos trasladó hasta a Puerto Ayacucho. Sin embargo, aquella expedición fracasó rotundamente debido a que la temporada de lluvias se adelantó, resultando imposible atravesar la selva anegada que rodeaba la base de la montaña (8). Pero además de ese inconveniente, la expedición resultó extremadamente trágica debido a que apenas faltando 20 minutos para concluir el viaje, nuestro querido compañero de excursiones andinas Txomin Vizcarret Valero, desapareció el 28 de marzo de 1970 en el Raudal Caldero del río Sipapo (25).

 

La noche previa a esta tragedia, Txomin había escrito en su diario:

 

“Esta noche siento y quiero dar las gracias por la cantidad de conocimientos y vivencias que he logrado al lado de personas que considero mis mejores amigos.


Creo que me estoy formando como debe ser. Como yo quería”

 

Al regresar de la trágica expedición continuamos con la idea de alcanzar la cueva para estudiar las pinturas rupestres y convencimos a un geólogo de la Comisión para el Desarrollo del Sur (CODESUR) para que nos acompañara en una nueva expedición donde también participarían otros especialistas para estudiar la vegetación de esa cumbre nunca hollada (2). Gracias a este argumento, el director Dr. Nicolás Nyerges nos facilitó un helicóptero que el día 12 de febrero de 1971 nos llevó junto con mi amigo David Nott a la cumbre del Cerro Autana, con el objeto de estudiar cual ruta podríamos emplear para descender hasta la cueva. Durante aquel estudio preliminar el escalador galés David Nott me sujetó con un “mecate”, mientras me asomaba en la grieta que se abría hacia el extremo norte de la torre que consideramos la ruta más protegida para llegar hasta la boca oeste de la cueva que se abría 150 metros más abajo; desechando  el descenso libre para alcanzar alguna de las seis bocas que se abren sobre la pared oriental de la torre; ya que todas estas se encontraban por debajo de un alero que nos impediría alcanzarlas mediante un descenso en “rappel”.

 

La expedición para explorar la cueva partiendo desde la cumbre de la montaña empezó el 20 de septiembre de 1971, y en ella participaron geólogos, botánicos, herpetólogos, periodistas y un fotógrafo de la National Geographic Society (3); ya que como esta sería la primera expedición multidisciplinaria para explorar la cumbre de una montaña tan aislada, de seguro encontraríamos muchas cosas nuevas para el mundo.  El equipo de escaladores estuvo formado por David Nott, Roberto Brewer, Bob Madden (Nat Geo) y yo, quienes descenderíamos hasta la cueva empleando la ruta de la grieta del norte. El resto de los expedicionarios acamparía durante 5 días en las carpas que se montaron en la cumbre de la meseta, para que pernoctarían los directores de CODESUR Nicolás Nyerges y Roberto Martínez, al igual que el geólogo Pablo Colvée, la fotógrafo Angelina Capriles y el biólogo Carlos Julio Naranjo; quien por cierto colectó una rana que los herpetólogos demoraron treinta y dos años para identificar como una especie nueva para la ciencia (1). También formaron parte de esta expedición nuestros amigos el botánico Julian A. Steyermark, quien estaría encargado de colectar con su número las nuevas especies de plantas que encontráramos (31, 32, 33 y 34), así como el famoso orquideólogo G.C.K. Dunsterville (14, 15, 16, 17, 18, 19 y 20), quien el año anterior nos había acompañado en la expedición que hicimos al Cerro de La Neblina (23).

 

El descenso hacia la cueva

 

Para el año 1971 aún no se empleaba, o no era usual, el utilizar los mosquetones o los descendedores con forma de “ocho” para hacer “rappel”; así es que cuando se necesitaba descender por una ladera, uno se pasaba la cuerda por debajo de la pierna y por encima el hombro para provocar fricción, pero esta resultaba insoportable a los pocos minutos, aunque se descendiera apoyando los pies contra la pared. Así es que para evitar la quemadura que pudiera ocasionarme el roce de la cuerda sobre el hombro y el cuello, me preparé una suerte de “coraza” de cuero que resultó de gran utilidad durante el descenso.

 

Antes de la expedición exploratoria de febrero, habíamos considerado que habríamos podido bajar por la grieta del norte hasta la cueva, empleando la técnica de “chimenea”. Es decir, apoyando las palmas de las manos contra las paredes. Pero durante ese viaje pude apreciar que las paredes de aquella enorme grieta se encontraban separadas entre sí por más de diez metros y que además, estaban cubiertas por una capa de limo y algas que las hacía muy resbalosas. Otro inconveniente que encontramos en aquella primera observación, fue el que los “pitones” de hierro que habíamos preparado para asegurarnos, no lograban penetrar la roca cuarcita que encontramos en la montaña; por lo que decidimos que durante el descenso tendríamos que ir amarrando nuestra cuerda a las rocas que fuésemos encontrando. (Tampoco se habían inventado aún los taladros a batería, ni las mechas de diamante que hoy empleamos con Javier Mesa para perforar este tipo de roca).

 

En el viaje exploratorio habíamos estimado que podríamos descender en rappel hasta la cueva en un par de horas; por lo que decidimos no llevar agua para beber. Así es que cuando se terminó el primer día y tuvimos que amarramos para no caer al vacío mientras tratábamos de dormir dentro de los sacos; ya estábamos casi delirando debido a la deshidratación. Sin embargo, al amanecer nos informaron que el fotógrafo que había llegado atrasado y estaba dispuesto a bajar, por lo que nos preocupamos más por instalar la escalera de guayas con peldaños denominada “electrón”, que regresar hasta la cumbre para buscar agua. Pero nuestra situación se complicó bastante más cuando el fotógrafo Bob Madden de la National Geographic, inicio su descenso y fue desprendiendo rocas de todos los tamaños que caían silbando y estallando contra las paredes, produciendo chispas y fogonazos que saturaban el aire con olor a pedernal y ozono. Este demoró medio día en alcanzarnos, por lo que para proteger nuestras vidas permanecimos escondidos debajo de una gran roca sin atrevernos a asomar la cabeza. Hacia el final del segundo día ya la sed resultaba desesperante debido especialmente a que, escurriéndose por un lugar que nunca encontramos, escuchábamos constantemente el gorgoteo de un riachuelo. Sin embargo, nos aliviaba el calor una corriente de aire frío ascendente que a gran velocidad arrastraba niebla, sonidos, olores, hojas y gotas de agua que nos mojaban con una lluvia invertida; por lo que a pesar de que durante todo el descenso habíamos permanecido encerrados entre dos paredes, nos encontrábamos empapados. La niebla nos envolvía y se disipaba constantemente, y cada vez de se iba podíamos apreciar el piso de la selva como desde el interior de un túnel de mil metros de largo.

 

Fue alrededor de las cuatro de la tarde cuando tocamos fondo sobre un escalón donde había una pequeña cascada de la cual bebimos hasta que el agua nos provocó náuseas. Allí aprovechamos de bañarnos con la ropa puesta para quitarnos el barro, y mojados apuramos el paso para alcanzar el umbral de la boca de la cueva que se abre hacia el lado Oeste antes de que anocheciera. Fue entonces cuando pudimos ver, como el calor de nuestros cuerpos iba evaporando el agua de la ropa, rodeándonos de una pequeña nube individual, que a medida que el sol se inclinaba sobre los llanos del Vichada se ponía más dorada.

 

Una puerta misteriosa y solemne, descubriendo el velo

 

Al pie de la boca oeste de la cueva había un muro de piedras que nos impidió ver lo que habría en el interior de la caverna...¿Qué cosa veríamos apenas traspasáramos el umbral de aquella “misteriosa puerta de “algo, de algo desconocido y terrible…”, como escribió Alejo Carpentier refiriéndose a esta misma montaña en su novela Los Pasos Perdidos. Nos encontrábamos ansiosos por entrar antes de que anocheciera y decidimos superar juntos aquel obstáculo y compartir de manera simultánea lo que allí estuviese esperándonos. En pocos segundos seríamos los primeros en conocer lo que había ocurrido en aquel espacio enorme e ignorado durante millones de años. Descorreríamos juntos el velo y escribiríamos sobre lo visto, y el mundo podría conocer aquello que habíamos ido a descubrir, pero que aún no sabíamos que sería.

 

¿Estarían regados por el piso los restos de la civilización que Don Antonio de Berrío estuvo buscando por la serranía de El Dorado en 1586, justo antes de lanzarse aguas abajo por el río Barraguán como vía alterna para llegar a la ciudad donde habitaba El Príncipe Dorado? ¿O habría servido esta cueva como una atalaya para que los guerreros locales vigilaran el horizonte, como sugirió el padre Gilij doscientos años después? ¿Y quienes habrían sido los autores de los dibujos que habíamos visto desde el avión  en la pared del Sur?  ¿Este estrato de la montaña donde estaban talladas las cuevas que ahora visitábamos estaría formado por una roca más blanda, y por lo tanto el viento milenario la habría disuelto y erosionado para formar esa oquedad enorme? ¿Encontraremos en algún rincón las cáscaras de los huevos de los Pterosauros que se habrían refugiado allí durante los períodos jurásico y cretácico? ¿O habría sido esta cueva refugio de aquel murciélago antropófago que los Pemón del rio Paragua llamaban “Maripa-den” y que de él decían que también se había refugiado en el Cerro Guaiquinima?

 

Al remontar el muro de piedra un vaho musgoso impulsado por una fuerte corriente de aire nos hizo parpadear y llegamos a pensar que, en aquella fracción de segundo que cerramos los ojos, pudimos haber perdido algo. Una luz magenta que entraba junto con nosotros por la boca del oeste, se derramaba por todas partes forrando con tonos pastel de intensidad diversa, los recovecos de aquel espacio maravilloso, imposible de haberlo imaginarlo antes. Por encima de nosotros, un domo inesperado y altísimo, formado por círculos concéntricos, se mostraba con las dimensiones colosales de una cúpula bizantina. De haber creído en cualquier cosa sobrenatural aquel sobrecogimiento nos habría hecho caer de rodillas inmediatamente. Había un silencio inmenso y sagrado que nos obligó a permanecer mudos. Frente a nosotros multitud de detalles encriptados ofrecían las respuestas para preguntas que ni siquiera habíamos imaginado.

 

Epílogo

 

Los bloques angulares de piedras regados por el suelo nos recordaron una ciudad en ruinas, y hacia el fondo, como en un escenario preparado para nuestra llegada vimos, tras lo que entendimos como un escenario enorme, como a medida que el sol se iba poniendo, la sombra de nuestra montaña iba trepando lentamente por la ladera del Cerro Sipapo. Pero decidimos quedarnos en medio de la galería, observando como la “Piedra de los Sacrificios” se iluminaba con las estrellas.  Al amanecer nos asomaríamos al horizonte y nos deslumbraríamos con el brillo de las cumbres de otros tepuyes extendidas hacia el este como una calzada azogada. Quizás igual a lo que Don Antonio de Berrío las pudo ver cuando alcanzó la cumbre del  Cerro Paraque 400 años antes y por ello decidió navegar por el río Barraguán para acercarse por agua hasta el puerto de Manoa, la ciudad de El Príncipe Dorado en la costa del Lago Parima.

 

Nuestra idea sobre los restos del Maripa-den y las cáscaras de los huevos de algún Pterosauro no había resultado tan descabellada;  porque  los estudios que se hicieron después, revelaron que esta cueva del Autana resultaría ser la más antigua del mundo; por lo que había estado abierta al aire desde mucho antes que reptiles como el Cearadactylus y el Thalassodromeus sethi hubiesen empezado a batir sus alas membranosas de más de cuatro metros de envergadura y adquirido la habilidad necesaria para remontarse hasta este refugio natural hace 110 millones de años. Esto, solo a medio día de vuelo desde el lugar donde se han encontrado sus huesos fosilizados en Brasil (24).

 

Tampoco había calavera alguna sobre la Piedra de los Sacrificios, ni encontramos las añoradas urnas de cerámica ya abandonadas después de haber servido para algún ritual incaico. Y sobre las pinturas rupestres que habíamos fotografiado en la pared Sur; estas resultaron ser manchas de minerales (2, 3, 4, 5, 6 y 7). Pero, viviendo en el interior de este templo extraordinario, empezamos a comprender cosas que nadie antes habían siquiera imaginado.

 

En primer lugar, gracias a lo que observamos y anotamos, esta resultaría la primera cueva en roca cuarcita que se descubría en toda la Amazonía; perforando y sacando el agua del mismo enorme depósito de arena mil millonaria en años que dio origen a los tepuyes y que formaba parte del continente Gondwana, antes de que este se fraccionara hace unos 160 millones de años y separara a Suramérica del África.

 

En segundo lugar, y como resultado de no haber encontrado al cono de derrubios que habría resultado al derrumbarse la roca que formó el domo rosado de 40 metros de alto; sospechamos entonces que aquella oquedad situada a más de 1000 metros de altitud, no habría sido abierta por corrientes de aire abrasivo; sino que había sido horadada por un gran caudal de agua, que al irse mermando dejó abandonados por el suelo de la cueva una gran cantidad de cantos rodados. Estábamos en el interior de un túnel subterráneo abierto por un río que más adelante habría vertido su aguas en algún océano de Pangaea.  Esta sospecha fue reforzada al encontrar como la superficie de algunas de las paredes de la cueva estaban pulidas y texturizadas con unas depresiones muy regulares, como si alguien se hubiese empeñado en alisarlas empleando un cucharón para servir sopa. Estas depresiones  son conocidas como “scallops” (almejas), y son originadas por la cavitación y la abrasión provocada por los sedimentos en suspensión cuando son transportados por corrientes de agua a alta presión (2, 3, 4, 5, 6 y 7); (9 y 10).

 

Cuando finalmente regresamos al campamento en la cumbre de la montaña, llevábamos en nuestro cuaderno de notas, respuestas para preguntas que nadie se había hecho y las evidencias físicas que demostrarían el origen fluvial de la cueva. Cosa que sirvió a los geólogos de CODESUR para informar al mundo que esta caverna era la más antigua conocida y su edad se estimaba superior a los 1000 millones de años...! (9 y 10).

 

Años más tarde, la torre del Cerro Autana fue finalmente escalada desde su base por David Nott acompañado por unos miembros de la Sociedad Venezolana de Espeleología (27), Después otros espeleólogos que llegaron a la cueva realizarían descubrimientos mineralógicos sorprendentes (21, 28, 29 y 35) y mi amigo José Miguel Pérez Gómez, compañero en la búsqueda de El Dorado (que ya encontramos), intentó en 1986 escalar directo hasta la cueva por la pared oriental, acompañados por José Luis Pereyra y Angel Martínez ("Chuti").

 

No obstante, en aquel tiempo quedó sin respuesta si en las montañas cercanas al Cerro Autana encontraríamos otras cavernas que permitieran comprender mejor el origen y la longitud de ese extraño y ahora aéreo sistema de avenamiento que, justo siguiendo la prolongación  del eje que atraviesa las dos bocas de la cueva del Autana, quizás habría atravesado también lo que es ahora el Cerro Sipapo. Algo que siempre quisimos ir a explorar desde el aire con el Capitán Harry Gibson. Sin embargo, pocos meses antes de su deceso y cuando ya no podía ver las fotografías que le mostraríamos, le informamos telefónicamente que a unos siete kilómetros de distancia del Cerro Autana y justo por donde habíamos pensado ir juntos a buscar; ¡habíamos encontrado una gran Sima que era la continuación de la cueva que atraviesa el Autana....!

.

Artículo por: Charles Brewer-Carías

 


El Alcaravan
El Alcaravan
El Puma En Venezuela
El Puma En Venezuela
La Caverna más antigua del mundo
La Caverna más antigua del mundo

Fotografías e historias de nuestros lectores


PADI
Alfer rioverde