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Páramo en la Sierra de la Culata, estado Mérida. Venezuela. / Fotografía: Denis A. Torres
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Páramos Andinos: islas en las alturas

Denis Alexander Torres

 

En la faja ecuatorial de los Andes prosperó un ecosistema único, uno muy particular por sus características ecológicas y geográficas, que fue denominado Páramo. Los páramos se asemejarían a un archipiélago continental rodeado de un mar de selvas. De hecho, desde un punto de vista biogeográfico podríamos comprender a los páramos como islas continentales equivalentes a las oceánicas debido a sus marcadas condiciones de aislamiento y singularidades biológicas. La riqueza biológica que alberga el páramo es extraordinaria, pues la mayor parte de sus especies han desarrollado complejas adaptaciones para vivir bajo las condiciones climáticas más extremas.

 

Los Andes son la cadena montañosa emergida más extensa del planeta, con una longitud aproximada de 8.500 kilómetros (km) desde Argentina, por el sur, hasta Colombia y Venezuela, por el norte. Esta cordillera constituye una de las regiones más diversas, biológica y culturalmente, en el ámbito global. En territorio colombiano los Andes se dividen en tres ramales conocidos como: Cordillera Occidental, Cordillera Central y la Cordillera Oriental. Esta última, a los 7º 30' de latitud norte, se divide en dos ramas principales: una que sigue rumbo norte y otra que se dirige al noreste. Este punto de bifurcación se conoce como Nudo de Pamplona. La rama que se dirige al norte constituye la Sierra de Perijá, cuya divisoria de aguas es el límite internacional entre Venezuela y Colombia. En territorio venezolano, esta serranía cubre una superficie aproximada de 7.000 km² entre los 9º 0' y 11º 10' de latitud norte y 72º 10' y 72º 30' de longitud oeste, alcanzado altitudes de hasta 3.750 metros sobre el nivel del mar (msnm) en el Pico Tétari. La Sierra de Perijá, hogar ancestral de las etnias yukpa, japreria y barí, representa en Venezuela la última reserva silvestre de los Andes y su extraordinaria biodiversidad es aún poco conocida. Comúnmente la Sierra de Perijá es excluida de los Andes venezolanos, sin embargo, en un contexto biogeográfico continental debería ser reconocida como parte del Sistema Andino venezolano.

 

Volviendo al Nudo de Pamplona, el ramal montañoso que se orienta hacia el noreste conforma en territorio venezolano el Macizo de El Tamá (3.613 msnm), el cual presenta un descenso altitudinal notable (hasta más o menos 1.000 msnm) en el lugar conocido como la Depresión del Táchira. En dirección noreste el ramal se eleva conformando la inmensa Cordillera de Mérida, sistema orográfico que se extiende a lo largo de 450 km con un ancho promedio aproximado de 80 km, hasta descender en rumbo noreste a más o menos los 500 msnm en la Depresión de Lara (conocida también como “Depresión de Carora o de Barquisimeto”). Este punto marca el final de la Cordillera Andina en Venezuela y se encuentra enmarcado por las latitudes 7º 30' y 10º 10' norte y las longitudes de 69º 20' y 70º 50' oeste. Este ramal, en su conjunto, es lo que tradicionalmente se denomina “Andes venezolanos” o “Sistema andino venezolano”. En ocasiones se le refiere simplemente como Cordillera de Mérida, incluyendo al Macizo de El Tamá, el cual en sentido estricto no forma parte de la misma.

 

La Cordillera de Mérida representa una unidad morfoestructural de gran importancia desde el punto de vista geográfico ya que establece la separación física de dos grandes cuencas hidrográficas y sedimentarias, la del Apure-Orinoco al este y la del Lago de Maracaibo al oeste. En este sistema orográfico se localizan las montañas más altas del país las cuales incluyen a los picos Bolívar (4.980 msnm), Humboldt (4.942 msnm) y El Toro (4.654 msnm), entre otros. El amplio gradiente altitudinal existente en la Cordillera de Mérida da origen a una gran variedad de unidades ecológicas como respuesta a múltiples factores climáticos, características geológicas, topográficas y geomorfológicas. Dependiendo de la exposición de las vertientes (húmedas o secas) estas unidades ecológicas se manifiestan en forma de selvas húmedas premontanas (± 150 - 800 msnm), selvas semicaducifolias montanas (± 800 - 1.700 msnm), arbustales espinosos (± 500 – 1.800 msnm), selvas nubladas (± 1.700 – 3.000 msnm), bosques siempreverdes secos (± 1.600 – 2.700 msnm), páramos andinos (± 3.000 – 4.300 msnm) y páramos altiandinos (± 4.300 – 4.800 msnm).

 

Los Andes Venezolanos constituyen una región muy biodiversa y su historia evolutiva la hace única en el planeta por lo que su preservación deberá ser siempre una prioridad para garantizar el equilibrio ambiental global.

 

Un ecosistema único

 

Si bien existen ambientes similares en muchas de las altas montañas alrededor del planeta, en la faja ecuatorial de los Andes prosperó uno muy particular por sus características ecológicas y geográficas, que fue denominado Páramo. Ese nombre le fue dado por los españoles que llegaron a América del Sur durante el siglo XVI, al compararlo quizás con las tierras altas, frías y desérticas de la península Ibérica. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra páramo proviene del latín paramus que refiere un “Terreno yermo, raso y desabrigado; lugar sumamente frío y desamparado”. El origen exacto del término se desvanece en el tiempo y el espacio, pero al menos se sabe que era usado en España desde el año 1.142 D.C. Al respecto, el destacado filólogo y etimólogo español Joan Coromines destaca en su obra Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, que esta voz no es vasca, ni céltica, ni ibérica, como usualmente se refiere en la literatura.

 

Definir con precisión al páramo como ambiente natural no es asunto fácil, debido a las múltiples discrepancias en los enfoques científicos. Sin embargo, existe consenso en reconocer que, en América del Sur, se trata de un ecosistema natural, abierto, propio de las zonas montañosas andinas más altas de la faja ecuatorial, de clima frío, fuertes vientos, con vegetación predominante de porte bajo y mediano y de formas redondeadas entre las que destacan un conjunto de plantas conocidas como frailejones.

 

Si un día despejado voláramos sobre las montañas andinas de Venezuela y observáramos desde la ventanilla del avión, distinguiríamos que sus cumbres presentan grandes parches de tonalidades marrón o verde claro, rodeados generalmente de amplias franjas verdes oscuras. Esos parches serían los páramos y las franjas constituirían las zonas boscosas. Percibidos así, los páramos se asemejarían a un archipiélago continental rodeado de un mar de selvas. De hecho, desde un punto de vista biogeográfico podríamos comprender a los páramos como islas continentales equivalentes a las oceánicas debido a sus marcadas condiciones de aislamiento y singularidades biológicas.

 

En el tiempo geológico y evolutivo, los páramos andinos son ecosistemas relativamente jóvenes, cuyo origen ha sido estimado entre 3 y 5 millones de años, asociados a las variaciones climáticas, en particular las glaciaciones imperantes en la Cordillera Andina que influyeron en su distribución altitudinal y latitudinal. En la actualidad los páramos andinos están restringidos a Venezuela, Colombia, Ecuador y el norte de Perú (Depresión de Huancabamba). Según las evaluaciones más recientes enmarcadas en la iniciativa de conservación regional Proyecto Páramo Andino, la superficie que éstos ocupan es de más o menos 42.000 km2, de los cuales 6% (2.405 km2) se corresponderían al territorio venezolano.

 

En nuestro país la distribución de los páramos comprende los estados Zulia, Táchira, Apure, Barinas, Mérida, Trujillo, Portuguesa y Lara. La Cordillera de Mérida que equivale al 4% del territorio nacional, concentra más del 90% de los páramos del país, casi todos protegidos mediante parques nacionales y monumentos naturales.

 

Los páramos actuales son el resultado de múltiples factores ambientales y antropogénicos. El clima tiene una influencia marcada en estos ambientes debido a las variaciones extremas diarias de la temperatura. El páramo puede experimentar en un día el cambio climático que sucede en un año en las latitudes boreales y australes. La fuerte radiación solar, las bajas temperaturas, las nevadas excepcionales, las lluvias y el viento son pruebas de supervivencia que condicionan la adaptación y distribución de los seres vivos. Es por esto que la biota del páramo es singular y presenta alto grado de endemismo, sobre todo en flora; hecho que se vincula a diversos procesos evolutivos como la radiación adaptativa.

 

Frailejones: joyas del páramo andino

 

En Venezuela la estampa típica del páramo está asociada a la imagen de los frailejones, siendo éstos sus representantes más emblemáticos. Se estima que el centro de origen y dispersión de estas plantas se dio en Venezuela hace unos 3 millones de años colonizando las zonas alto-andinas de Colombia y el norte de Ecuador. Su nombre popular posiblemente surgió de la imaginación de algunas personas al comparar su apariencia con la figura de un fraile corpulento entre la niebla.

 

La diversidad de frailejones es sorprendente. Muchas personas creen que hay 1 ó 2 especies a lo sumo, pero la realidad es que, según las revisiones más recientes hechas por el biólogo colombiano Mauricio Diazgranados, existen en al menos 142 especies, de las cuales 68 se encuentran en Venezuela. Estas especies están agrupadas en 8 géneros: Paramiflos, Carramboa, Coespeletia, Ruilopezia, Espeletia, Espeletiopsis, Libanothamnus y Tamania, casi todos presentes en el país con excepción del primero.

 

En las altas montañas tropicales y subtropicales de otros continentes se encuentran ambientes parecidos a los páramos andinos, donde crecen plantas de aspecto similar y de la misma familia de los frailejones, entre las que cabe mencionar a los grandes Dendrosenecio de África y los Argyroxiphium de Hawaii.

 

Los frailejones son plantas extraordinarias, muy diversas en formas y estrategias adaptativas. Se caracterizan por ser leñosas, con dos formas de vida: la caulirrósula, que es un tallo (subterráneo o de hasta 12 m de altura) con hojas agrupadas en forma de roseta al final del tallo; y la arbórea con hojas agrupadas al final de las ramas. Las hojas generalmente están cubiertas por diminutos pelos traslúcidos llamados tricomas que tienen la función de proteger a la planta de la fuerte radiación ultravioleta y las temperaturas extremas (congelamiento). Al envejecer y morir las hojas permanecen pegadas a los tallos formando una cubierta llamada necromasa, que protege a la planta del frío, le ayuda a captar el agua de lluvia y neblina y a reciclar nutrientes. Las diminutas flores de los frailejones están agrupadas en cabezuelas (llamadas capítulos) que parecen una sola flor, como las del girasol, las margaritas y geranios de las cuales son parientes de la misma familia (Asteraceae).

 

Los frailejones sirven de refugio a muchos animales incluyendo ranas, arañas, insectos, lagartos y conejos, entre otros.

 

Conquistador de las alturas

 

Aunque no es común encontrar árboles en el páramo, hay una especie que logró vencer las barreras de la altitud y el frío, se trata del coloradito (Polylepis sericea) llamado así por la coloración rojiza de la corteza de su tronco. Los Polylepis son los árboles que crecen a mayor altitud en el planeta, hasta casi los 5.000 msnm. Su corteza presenta múltiples láminas que se desprenden en delgadas capas. De ahí viene su nombre genérico, el cual deriva de dos palabras griegas, poly (muchas) y letis (láminas). Esa corteza gruesa protege al tronco de la planta contra las bajas temperaturas y los incendios. Los fuertes vientos del páramo favorecen la polinización del coloradito. Esa estrategia evolutiva fue la que probablemente lo ayudó a colonizar las alturas andinas, puesto que no tuvieron que depender de la ayuda animal para la polinización.

 

Los coloraditos han sido utilizados por la gente del páramo desde tiempos remotos como fuente de leña y madera para la construcción de cercas y herramientas de trabajo. La corteza se utiliza también como tinte natural para los tejidos de lana y posee propiedades medicinales para el tratamiento de afecciones respiratorias y renales.

 

Formas de vidas únicas

 

La riqueza biológica que alberga el páramo es extraordinaria, pues la mayor parte de sus especies han desarrollado complejas adaptaciones para vivir bajo las condiciones climáticas más extremas. Mecanismos para retener el agua, protegerse del viento y mantener una temperatura adecuada, hacen posible la existencia de la vida en las elevadas alturas. La variedad de plantas y animales presentes en el páramo deriva de la alta diversidad de hábitats allí desarrollados, como las lagunas de origen glaciar, las laderas rocosas, las turberas y los pantanos.

 

Algunos páramos son muy húmedos y biodiversos mientras que otros son secos y casi desérticos como los del lado oriental de la Sierra de La Culata. No obstante, la vegetación dominante en la mayoría está compuesta por gramíneas de los géneros Calamagrostis, Agrostis, Festuca y Aciachne y muchas plantas en forma de rosetas, entre las que sobresalen además de los frailejones, las bromelias o “piñuelas” (géneros Puya, Greigia y Pitcairnia) y las chupahuevos (Echeveria bicolor), entre otras. Los helechos del género Blechnum también son comunes y crecen entremezclados entre los pastizales junto a una gran cantidad de hierbas, muchas de ellas endémicas. Sobresalen las árnicas y otras especies de la familia Asteraceae como el tabacote morado (Senecio formosus), los apios de monte (Apiaceae), las gencianas (Gentianaceae), los geranios silvestres (Geranium spp), los chochos (Lupinus spp), las orquídeas (Orchidaceae), las plegaderas (Lachemilla spp) y las valerianas (Valeriana spp), entre muchas otras.

 

Diversas especies sufrútices son comunes en algunas partes del páramo, dispersas por el terreno o formando matorrales (conocidos localmente como chirivitales) y bosques de porte bajo en cañadas y sitios protegidos de los fuertes vientos. La antigua dominancia de arbustos y bosques enanos ya no es tan evidente en muchos páramos, pues estos han sido destruidos por la tala y la quema para abrir los terrenos para la ganadería y la agricultura. Entre los arbolitos y arbustos típicos del páramo se cuentan varias especies de Asteraceae (Diplostephium venezuelense, Monticalia spp, Diplostephium spp, Ageratina spp, el niquitao (Baccharis prunifolia), Gynoxys spp, etc.), las uvas de monte (Cavendishia bracteata), mortiños de la familia Ericaceae (géneros Cavendishia, Macleania, Bejaria, Gaultheria, Disterigma, Pernettya, Vaccinium, etc.) y los chispeadores y otras especies de la familia Melastomataceae (Chaetolepis lindeniana, Miconia cernua, Bucquetia spp, Monochaetum spp, etc.), además de varias especies de saisai (género Weinmannia), huesito de páramo (género Hypericum) y el romerito de páramo (Arcytophyllum nitidum). En sitios pantanosos el chusque o bambusillo (Chusquea tessellata) forma densos matorrales. Sobresalen, además, los coloraditos que antiguamente formaban bosques enanos a alturas sorprendentes (llegando a 4.400 msnm) y actualmente han sido casi destruidos.

 

Los páramos son el territorio de los líquenes y las briófitas (musgos y sus parientes, las hepáticas). La dominancia de estos elementos es muy manifiesta: las ramas de arbustos y arbolitos suelen estar cubiertas por barbas colgantes de líquenes, musgos y hepáticas y en el suelo se forman espesos colchones de musgos, que actúan como esponjas almacenadoras de agua. En este sentido, sobresalen los colchones formados por musgos del género Sphagnum que forman turberas en sitios pantanosos.

 

Por su parte, la mayoría de los animales del páramo son cautelosos y permanecen ocultos la mayor parte del tiempo, tratando de ahorrar energía y evadiendo a sus depredadores. Para los invertebrados, las hojas muertas que tienen los frailejones alrededor de su tallo forman un refugio de primera importancia; en este microhábitat se encuentran especies semejantes a las que habitan en la hojarasca del piso de los bosques andinos, incluyendo cucarachas, gorgojos, colémbolos, saltamontes, arañas y larvas de varios insectos. Hasta pueden hallarse ranas, lagartijas y ratones. Así como sucede con muchas plantas, algunos animales son endémicos del páramo; un ejemplo bien llamativo es el de la mariposa Redonda empetrus, cuyas hembras presentan una reducción significativa del tamaño y la venación de las alas, en comparación con los machos. Por eso es considerada como un caso único de incipiente braquipteria en mariposas. La braquipteria es una condición anatómica que significa que un animal tiene unas alas muy reducidas y no funcionales. De ese modo el animal se puede denominar con el adjetivo "braquíptero". Un ejemplo de animal braquíptero es el grillo.

 

En el páramo habitan varias especies de anfibios endémicos, destacándose por su diversidad las ranas de los géneros Pristimantis (P. telefericus, P. ginesi, P. lancinii, P. paramerus) y Atelopus (A. mucubajiensis, A. tamaense, A. carbonerensis, A. chrysocorallus, A. oxyrhynchus y A. pinangoi). También se encuentran salamandras Bolitoglossa sp.

 

En contraste, los páramos son relativamente pobres en reptiles; las principales especies presentes son algunas lagartijas de los géneros Anadia (A. brevifrontalis y otras), Stenocercus, Phenacosaurus, Proctoporus y unas pocas serpientes no venenosas del género Atractus, conocidas localmente como tierreras.

 

Salvo por la trucha arco iris (Oncorhynchus mykiss), especie norteamericana introducida en algunas lagunas de origen glaciar, la ausencia actual de peces autóctonos es notoria en los páramos andinos.

 

Las aves son el grupo zoológico más común y diverso en el páramo; una de sus representantes más vistosas y emblemáticas es el cóndor (Vultur gryphus), el cual se encuentra peligro crítico de extinción en el país. Esta especie está presente en la vecina Sierra Nevada del Cocuy y en el Páramo de Santurbán (Colombia), así como en la Sierra de Perijá, en sus vertientes colombiana y venezolana. Entonces, ¿por qué negar la presencia del cóndor en Venezuela? Los cóndores “perijaneros” interactúan con sus parientes de la contigua Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia y vuelan por el territorio venezolano. En la Cordillera de Mérida, ciertamente, no hay presencia detectada de cóndores residentes, pero ocasionalmente son observados algunos individuos sobrevolando las cumbres de la Sierra Nevada y la Sierra de La Culata.

 

Entre las aves también destacan el águila real (Geranoaetus melanoleucus), el chivito del páramo (Oxypogon lindenii), el pato serrano (Anas flavirostris altipetens), el ciote o paraulata morera (Turdus fuscater), el sietecolas (Leptasthenura andicola certhia), el pitajo ahumado (Ochthoeca fumicolor superciliosa), el correporsuelo o copetón (Zonotrichia capensis) y otras pequeñas aves; los pericos cabecirrojos (Pyrrhura rhodocephala), endémicos de los Andes venezolanos, también frecuentan el páramo húmedo en busca de frutos.

 

Los roedores forman el grupo más diversificado de mamíferos en el páramo en contraste con las pocas especies de murciélagos. Aquí habitan algunos mamíferos que son escasos o están ausentes de las zonas más bajas como por ejemplo el pequeño ratón musaraña andino (Caenolestes fuliginosus). Otros mamíferos importantes de las zonas parameras son el zorro guache (Nasuella meridensis), el conejo (Sylvilagus brasiliensis), el venado de páramo (Odocoileus lasiotis), endémico de Venezuela, la lapa de páramo (Cuniculus taczanowskii), el puma o león de montaña (Puma concolor), la locha (Mazama bricenii), el oso frontino (Tremarctos ornatus), las musarañas (Cryptotis spp), la comadreja (Mustela frenata) y el zorro (Urocyon cinereoargenteus).

 

Ambiente útil para la gente

 

Las evidencias arqueológicas en Venezuela indican que los habitantes originarios andinos no hacían uso de los páramos con fines agrícolas o para establecer asentamientos permanentes. Desde el punto de vista del uso de la tierra, esta singularidad ya diferenciaba a los páramos venezolanos de la puna de los Andes centrales y australes, donde las comunidades aborígenes habían establecido grandes asentamientos vinculados al desarrollo de un sistema de producción pastoril basado en la domesticación de camélidos silvestres.

 

Nuestros aborígenes frecuentaban los páramos sólo con fines mágico-religiosos y para abastecerse de productos de origen animal y vegetal. Los páramos, y en particular sus lagunas, siempre fueron considerados espacios sagrados y misteriosos, percepción que fue heredada hasta el presente por las sociedades campesinas.

 

Pero aquel respeto y alejamiento sufrió cambios drásticos cuando llegaron los conquistadores españoles. De esta manera, los páramos se volvieron los espacios más atractivos y propicios para el desarrollo agropecuario, uso que se ha mantenido hasta el presente. El cultivo de la papa, el ajo y de algunas hortalizas, así como la ganadería extensiva han acabado con gran parte del equilibrio ecológico y la biodiversidad de los páramos. La gente sigue aprovechando sin control los recursos de las áreas silvestres, cazando eventualmente los animales del monte, recolectando diversas plantas para hacer remedios caseros y usando las hojas de frailejones para rellenar colchones y preservar el tradicional queso ahumado.

 

Los páramos ofrecen importantes servicios ambientales a la humanidad sobre todo por su gran riqueza hídrica que surte el agua para el desarrollo a numerosos asentamientos de los Andes. Así mismo, sus extraordinarios paisajes sirven de atractivo para el turismo vinculado con la contemplación de la naturaleza. La soledad y amplitud del páramo ofrecen una oportunidad única para reencontrarse con la naturaleza.

 

Un destino sombrío

 

Si bien casi todos los páramos venezolanos están protegidos mediante parques nacionales, en la actualidad muchas áreas son objeto de múltiples amenazas por parte de la gente. La ganadería extensiva y la agricultura, asociadas al uso desmesurado de agroquímicos tóxicos, las quemas recurrentes, la cacería furtiva, la tala, la minería ilegal (extracción de arena y carbón principalmente), aperturas de vías para el tránsito vehicular en zonas de alta fragilidad, extracción de flora y destrucción de la vegetación leñosa, son entre otras tantas algunas de las actividades que están degradando este frágil ecosistema. Esto es particularmente grave si se tienen en cuenta los efectos que muchas de estas actividades tienen sobre los suelos y la vegetación y su capacidad para retener agua. El pisoteo del ganado, las quemas y la eliminación de la vegetación natural causan la erosión y compactación de los suelos y la desaparición de los colchones de musgo. Con esto desaparece la capacidad que tiene el páramo de actuar como una gran esponja natural que acumula el agua y la distribuye gradualmente montaña abajo. El abastecimiento de agua de muchas ciudades y campos venezolanos puede verse seriamente amenazado si estas actividades destructivas continúan sin control.

 

El alto riesgo de extinción de muchas especies animales es otro caso de particular importancia en los páramos andinos. El cambio climático en el ámbito global y la degradación y contaminación de los hábitats naturales parecen estar afectando a mediano y largo plazo la biodiversidad de los páramos. Cabe mencionar en este sentido el caso de varias ranas endémicas de Venezuela, entre ellas Aromobates leopardalis y casi todas las del género Atelopus, que en unas pocas décadas han desaparecido casi completamente.

 

Algunas personas están conscientes de la importancia de conservar los páramos para preservar sus formas de vida únicas y asegurar el suministro de agua. En este sentido existen importantes saberes populares y un conocimiento académico que podrían ser importantes para promover, cuando las condiciones económicas y ecológicas así lo permitan, la restauración de las áreas degradadas. Algo positivo derivado de la existencia del parque nacional Sierra Nevada es la aparente recuperación natural de la población del venado de páramo en el páramo de Mucubají, donde ahora es más fácil verlos. Esto por el simple hecho de vigilar y controlar la cacería furtiva. Este hecho, entre otros, ofrece una esperanza para la conservación de los páramos en el país.

 

Los páramos venezolanos son un auténtico tesoro natural, escenarios de magia y misterio muy frágiles e insustituibles. Son ambientes que debemos proteger y comprender para que las futuras generaciones continúen recorriendo sus caminos y se maravillen de su naturaleza única; se asombren al ver y tocar a los frailejones o se abriguen del frio, el viento o el sol bajo un coloradito mientras escuchan de sus habitantes tradicionales las viejas historias del reino encantado de los duendes o "momoyes".

 

¿Son importantes los páramos?

Los páramos son ecosistemas claves para el equilibrio natural del planeta debido particularmente a que:

Son reguladores de agua. La vegetación paramera captura la humedad de la neblina y consume poca agua. Esta capacidad de almacenar fácilmente el agua y de liberarla muy lentamente, permite mantener el caudal de los ríos y quebradas que drenan hacia las zonas más bajas de las montañas.

Ayudan a controlar el calentamiento global. Generalmente, los suelos de los páramos húmedos son profundos y contienen bastante materia orgánica, la cual se descompone muy lentamente debido a las condiciones bioclimáticas. Esta particularidad le permite al páramo almacenar más carbono atmosférico en contraste con otros ambientes de tierras bajas. De esta manera, los páramos ayudan a controlar el calentamiento global.

Son ambientes de singular riqueza biológica. El páramo es hogar de una gran diversidad de formas de vida. Las plantas parameras representan entre el 10?20% de la riqueza florística de los Andes y su adaptación a condiciones extremas ha dado como resultado que un gran porcentaje (60%) sean únicas (endémicas) a este ambiente.

Escenario cultural. Es un espacio cultural con una identidad muy particular, con prácticas agropecuarias únicas y el desarrollo de un imaginario popular rico en mitos y leyendas.

Corredores ecológicos. Por su ubicación y distribución fragmentada, los páramos sirven de puentes naturales para conectar poblaciones animales y vegetales de distintos ambientes. Además de su importancia como hogar único de miles de seres vivos, el páramo funciona como corredor biológico para otras especies, en particular aves y mamíferos, que acuden allí para alimentarse o para usarlo como área de transición hacia otras unidades ecológicas.

 

Por: Denis Alexander Torres


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