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Petroglifos en el Río Autana / Fotografía: Alberto Blanco
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El Arte Rupestre en Venezuela

Alberto Blanco Dávila

 

Superficies cargadas de arte y fuerza testifican la existencia de nuestros ancestros. Constituyen, por sí mismas,  piezas claves para descifrar los enigmas que aun guarda nuestra sociedad actual. Pero están en grave riesgo y si ellas desaparecen nuestro legado también lo hará. 

 

"Cada yacimiento arqueológico es una cápsula de tiempo, y cada uno contiene en grados diversos evidencia única sobre el pasado prehistórico". "Los yacimientos arqueológicos ni son producciones en serie ni son recursos naturales renovables". Erika Wagner, 1985.

 

 

El pasado arqueológico de un país es muy importante a la hora de hilvanar la evolución cultural del hombre a través del tiempo. Dicho  legado no es sólo patrimonio del país que lo posee, sino que forma parte del rompecabezas histórico-social-cultural de la humanidad. Es por esto que, a toda manifestación del pasado del hombre, debemos darle la mayor relevancia, difundirlo y protegerlo para conocimiento de todos.

Vemos como este legado ha sido ampliamente reconocido en otros países. La Isla de Pascua, situada al oeste de Chile, y perteneciente a ese país, fue nombrada Patrimonio Histórico de la Humanidad por las Naciones Unidas. Las ruinas de Machu Pichu en Perú, también fueron honradas con ese título. Estas huellas dejadas por sociedades pretéritas, son  símbolos destacados de un desarrollo social y cultural que precedió a nuestra época y que han ayudado a entender buena parte de la historia presente.

El pasado arqueológico venezolano no es menos importante a la hora de recrear la historia de la humanidad: petroglifos, pinturas rupestres, monumentos megalíticos, tesoros cerámicos, artesanales, entre otros, engalanan nuestra historia antigua; como también la riqueza mitológica de nuestros más de 30 pueblos indígenas, que relatados cada uno en su lengua ancestral, pueden compararse con las más exquisitas literaturas del viejo mundo.

 

 

El Arte Rupestre y su destrucción

Según la reconocida arqueóloga Jeannine Sujo Volsky (†), el arte rupestre se puede definir como: “el trabajo plástico realizado por el hombre en la piedra en forma de pintura o grabado”.

Se sabe que la destrucción del pasado etnológico y arqueológico se inició con la llegada de los conquistadores europeos; que por agresión, ignorancia y apatía buena parte de la presencia indígena ha desaparecido de la faz de la tierra; que la creación de colecciones particulares de arqueología (la atracción por lo exótico) ha perpetuado, en muchos casos, la destrucción de su memoria cultural y el conocimiento de esos pedazos de nuestra historia. 

Pero, peor aún, esta destrucción no se ha detenido, sigue ocurriendo ante nuestros ojos y es injusto no hacer nada para impedirlo. Por ello, es necesario no darnos por vencidos, y crear alternativas o sugerir propuestas que rescaten del abandono a las huellas de nuestros antepasados. No debemos dejarnos vencer por los 500 años de destrucción que han sufrido y que siguen sufriendo quienes forman la base de nuestra historia.

En lo que al patrimonio arqueológico se refiere, este tiene sus detractores. Son muchos los yacimientos que han sido vandalizados por huaqueros –huaquería- (nombre de origen Inca que se le da a los profanadores y saqueadores de tumbas, templos y objetos prehistóricos), en busca de dinero fácil. Son muchos los petroglifos que han sido trasladados de sus yacimientos originales y llevados a colecciones particulares. Tanto petroglifos como pinturas rupestres han sido destruidos con grafittis contemporáneos grabados o pintados con aerosoles. Estas  prácticas se han observado entre políticos en campaña electoral, grupos religiosos y hasta personas inescrupulosas que practican tiro al blanco con estas obras.

Cuando un petroglifo se fragmenta con dinamita, cuando se remueve en pedazos o entero para llevarlo a una casa privada, o cuando se dañan pinturas rupestres u otros yacimientos sagrados para la población indígena, estos inmediatamente pierden su valor como tesoro nacional e histórico, los arqueólogos ya no pueden interpretar su significado y este pedazo de nuestra historia se pierde irremediablemente.

 

 

Riqueza arqueológica venezolana

En Venezuela se han encontrado más de 400 yacimientos de arte rupestre, de los cuales 320 son estaciones de petroglifos (cada estación puede tener cientos y cientos de rocas grabadas), 28 de pinturas rupestres, 6 de conjuntos megalíticos, 1 de geoglifo, 10 de piedras o cerros míticos naturales, 18 de bateas, 16 de amoladores líticos y 2 yacimientos de micropetroglifos.

Los Petroglifos (la palabra petroglifo quiere decir “piedra grabada”), son signos grabados en piedra, en épocas prehispánicas en el período Meso Indio, que en nuestro país se extendió entre 5.000 y 1.000 A.C. y probablemente hacia sus etapas más tempranas. Entre los instrumentos que se utilizaron fueron: “la abrasión, la cual consistía en el frotamiento con piedras complementadas con el uso de arena, agua y conchas marinas (Strombus Gigas, cuyos fragmentos se han encontrado incrustados en los surcos); y la percusión lítica, la cual se llevaba a cabo por medio de cinceles y martillos líticos que proporcionaban un efecto de punteado. También empleaban la sabia silicolítica de algunas plantas, aplicándola a la roca, catalizando así un proceso de desintegración de la superficie que se quería grabar” (Sujo Volsky, 1987: El Diseño en los Petroglifos venezolanos).

Sus funciones fueron variadas: han sido utilizados como demarcadores territoriales; indicadores de cementerios; calendarios leídos según las subidas y bajadas de las aguas de los ríos; guías para las tribus migrantes e indicadores de las mejores zonas de cacerías en los pases de montaña. Para la etnia Guarequena y otras etnias de origen Arawako que habitan en el Estado Amazonas, “los petroglifos tienen una función sagrada relacionada a la transmisión de preceptos religiosos y seculares vitales para la supervivencia de la comunidad: asisten al chamán (aún hoy día) en el recordatorio de los símbolos y conceptos a explicar durante las ceremonias de iniciación masculina” (Sujo Volsky, 1997: com. personal, relatando hallazgos de los antropólogos Omar González Ñañez y Silvia Vidal).

Los primeros exploradores españoles del Orinoco relataron que los indios Tamanaco denominaban a los petroglifos “Tepu Mereme” (tepu: piedra, mereme: pintada); los Baniva del Alto Orinoco, los llaman “Ippaianata” (ippá: piedra, ianata, escritura); los Caribe los llaman “Timehri”: piedra pintada. (Sujo V, 1987: 35-37).

Las Pinturas Rupestres o pictografías, son signos pintados sobre la roca. Sujo Volsky las define como indicadores territoriales de la presencia de grupos indígenas utilizados desde la época prehispánica hasta el presente. Han sido encontradas en las paredes y techos de cuevas y en abrigos rocosos, protegidas del clima y de la visibilidad fácil. Los símbolos eran pintados en colores blanco, negro, rojo y ocre, con pinturas elaboradas con resinas vegetales (onoto, carbón caraña), minerales como el óxido de hierro ó huesos pulverizados de animales. Como técnicas, se utilizaban pinceles hechos de manojos de fibra, tallos deshilachados y los dedos. La pintura se aplicaba en positivo o negativo, donde una capa de resina protectora cubría el área de la figura que se deseaba ilustrar y luego de pintarse el área circundante se despegaba la resina que formaba la figura. Con esta técnica se invertían los colores de claro-oscuro.

Una de las funciones de estos símbolos se conoce por su uso aún hoy día entre los Piaroa: la de proteger los sitios sagrados de enterramientos primario (fardos mortuorios en la tierra) o secundarios (huesos desenterrados y guardados en vasijas de cerámica).

Los Monumentos Megalíticos, están representados por los menhires (monolíticos en fila, círculos o aislados, con o sin grabado o pintura) y dólmenes (monolitos verticales sosteniendo monolitos horizontales, con o sin grabado o pintura), colocados por el hombre. Conocidos son los menhires del estado Carabobo.

Estos los encontramos en los estados Carabobo y Amazonas. En este último tenemos varios yacimientos con menhires. Tal es el caso del yacimiento “Kakuri”,  localizado en las sabanas de Parú, Alto Ventuari, el cual incluye puntos acoplados y amoladores líticos. El otro se encuentra en Uaraco, en el Cerro Yapacana, cerca del caño Yagua. En las sabanas de Maipures se localiza otro yacimiento con menhires. “Hay también en todas aquellas regiones megalíticos soberbios como los de Duida, Sipapo, Uaraco, Yapacana…entre otros puntos de las sabanas de Maipures donde se alzan piedras colocadas en filas (menhires o dólmenes) a manera de monumentos druídicos, se hallan en otros parecidos sepulcros” (Tavera Acosta, 1927: 354 en Sujo V, 1987: 99).

Los Cerros y Piedras Míticas Naturales, “son identificados por los grupos indígenas como entes de conexión con el mundo subterráneo, el mundo de las tinieblas y los espíritus ancestrales”. (Sujo Volsky, 1987: El Diseño en los Petroglifos venezolanos). Un buen ejemplo de Cerro Mítico Natural es el Cerro Autana en el Estado Amazonas.

Aquellas piedras del Amazonas y Guayana que por deformaciones naturales notables han sido integradas a la mitología indígena de la zona, se les denomina Piedras Míticas Naturales. Estas también presentan una frecuente relación mitológica con los petroglifos. El conocimiento de algunas de estas piedras míticas naturales les está prohibido a mujeres y hombres no iniciados, y es en la cercanía de ellos que se realizan las ceremonias de iniciación masculina entre los grupos Arawakos del sur del Río Negro.

Los Micropetroglifos son grabados que se encuentran en pequeñas lajas líticas. “Los Micropetroglifos pudieron haber sido utilizados como recursos de enseñanza mnemotécnicos, de carácter secreto, talismanes de un grupo cultural específico; como elementos chamánicos adivinatorios, vigentes hoy en día en el uso de los caracoles o piedritas en la santería; o como elementos para conjuros mágicos” (Sujo Volsky, 1987: 89). Como lo relata Omar González Ñañez entre los Warequena del sur del Estado Amazonas.

Otras manifestaciones de Arte Rupestre, bastante frecuentes en Venezuela, son: “los puntos acoplados, los cuales son grabados en la roca de forma semicircular; las bateas, que son depresiones de forma generalmente rectangular cortadas en la roca; y los amoladores líticos, depresiones ovaladas hechas por abrasión, posiblemente al afilar instrumentos líticos. Estas tres manifestaciones han sido encontradas acompañadas tanto de petroglifos como sin ellos”. (Sujo Volsky, 1987: 88).

Los Geoglifos son grabados de gran tamaño realizados sobre la tierra. Son geoglifos los gigantescos grabados realizados en las planicies de Nazca, Perú.  En Venezuela  se ha encontrado sólo un yacimiento con un geoglifo. Este se localiza en Chirgüa (Estado Carabobo), hecho en la ladera de un cerro de la fila de Olivita. “Mide 56,7 m. de largo y sus surcos actualmente tienen una profundidad entre los 20 y 40 cm, aunque originalmente tuvieron 30 cm, más de profundidad”. (Sujo Volsky, 1987: 92).

 

 

Patrimonio en peligro

En Venezuela nuestro patrimonio arqueológico vive una crisis de constante destrucción y de no buscarse solución inmediata, este legado patrimonial podría estar en peligro de extinción. La cantidad de yacimientos arqueológicos es amplia pero finita, y el descuido gubernamental y la falta de sensibilidad en su protección la han ido mermando. Sin embargo, en Venezuela no sólo existe el pasado, posee en el presente más de 30 etnias cuya cultura e historia son enriquecedoras y una cantidad maravillosa de vestigios de otras etnias que antiguamente poblaban el territorio, cada una con sus costumbres que analizar e historias que descifrar.      

La crisis de destrucción arqueológica se ve alimentada por cuatro factores esenciales:                 

 1. Los macro-proyectos de desarrollo, la agricultura extensiva y el urbanismo, así como también la contaminación ambiental, consecuencia de estos proyectos de desarrollo que no toman en consideración las peculiaridades culturales y ambientales.

2. Las excavaciones ilegales, el vandalismo, y el huaquerismo, de  los coleccionistas “inocentes”, aquéllos que encuentran  accidentalmente una punta de flecha u otro resto arqueológico y luego buscan en los alrededores o excavan para encontrar más, sin saber que están destruyendo información básica irreemplazable. La excavación realizada sin conocer la metodología arqueológica imposibilita la reconstrucción de los contextos que, al fin y al cabo, son los que proporcionan la información para la reconstrucción de formas de vida pretéritas.

3. Los fondos para salvar el patrimonio arqueológico no aumentan. Iniciativas como la creación del Instituto de Patrimonio Cultural (IPC) son importantes, pero su presupuesto no alcanza para cubrir todas las exigencias del país en materia arqueológica y antropológica.

4. El aumento de números de individuos que coleccionan objetos artísticos prehistóricos e históricos como pasatiempo.

“Los yacimientos arqueológicos deben ser localizados, estudiados y preservados en forma científica para reconstruir nuestra historia milenaria con un mayor sentido global y moderno.”  Erika Wagner.         

En homenaje a Jeannine Sujo Volsky, quién fuera una de las más brillantes investigadoras en el área antropológica y arqueológica de Venezuela, dejando en nuestro país un legado invalorable de años y años de profunda investigación, y quién cambió mi modo de ver al mundo e inculcó mi amor por los trabajos de campo, la observación y la exploración.

 

Por: Alberto Blanco Dávila

 

Referencias Bibliográficas:

CRUXENT, J. M.  & I. Rouse (1961). Arqueología Cronológica de Venezuela. Unión Panamericana, Estudios Monográficos, Nº VI (2 Vol.).Washington D. C.

DE VALENCIA, Ruby y Jeannine SUJO VOLSKY. (1987). El diseño en los petroglifos venezolanos. Fundación Pampero.  Caracas.

SUJO VOLSKY, Jeannine. (1975). El Estudio del Arte Rupestre en Venezuela. Montalbán, Nº 4 Facultad de Humanidades y Educación. Institutos Humanísticos de Investigación. U.C.A.B, Caracas.


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