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Tepuy Roraima / Fotografía: Javier Mesa
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El origen de los Tepuyes, los hijos de las estrellas

Charles Brewer-Carias

El polvo de las estrellas se consolidó como roca para formar la Tierra hace unos 4.600 millones de años y esta masa se mantuvo incandescente por millones de años hasta que el vapor de agua que la cubría se condensó y se precipitó en forma de gotas que martillaron y disolvieron la superficie de este planeta durante otros centenares de millones de años. Esa lluvia incesante formó ríos tan grandes o más caudalosos que el Congo y el Amazonas que desaguaron un supercontinente que Eduard Suess y después Alfred Wegener llamaron Gondwanaland, y que estuvo formado por la unión de lo que hoy distinguimos como África, Suramérica, Australia, Antártica y la India. Los sedimentos arrastrados por estas corrientes fluviales que estuvieron activas durante unos 300 millones de años atravesaron parte de lo que después sería África y fueron a depositarse sobre un área de la  roca original de la tierra que más tarde correspondería a la parte Noreste de Suramérica y que ahora se identifica como el Escudo de Guayana (Martín, 1974). Estos eventos tuvieron lugar hace unos 2.000 millones de años antes del presente y se estima que la deposición de esa arena que formó deltas y dunas y rellenó lagos, cubrió un área cercana a los 2.000.000 de kilómetros cuadrados de superficie que se ha mantenido bastante estable desde entonces, pero no dejaron emparedados fósiles aún conocidos, porque solo organismos unicelulares se estaban formando en los océanos. Con el tiempo estos sedimentos que tuvieron una extensión de 1.500 kilómetros en sentido este-oeste se compactaron, que además debido al calor y la presión generado algunas inyecciones de roca fundida (intrusiones) que mas tarde atravesaron y se alojaron en algunos lugares dentro de estos depósitos de arena, los transformaron localmente en rocas más compactas que después, al erosionarse y fracturarse dieron origen a estas montañas de paredes verticales y cumbres planas que ahora conocemos como tepuyes.

 

Cuando el geólogo sedimentólogo Santosh K. Ghosh, quien nos acompañó durante tres expediciones para estudiar las rocas que encontráramos sobre la cumbre de varios tepuyes donde nunca había ido antes un geólogo, se puso a interpretar la forma como estaban distribuidas las rizaduras (ripple marks) que se encuentran en algunos lugares la superficie de estas montañas, y encontró que estas ondulaciones tuvieron que hacer sido provocadas por suaves corrientes de agua que actuaron sobre la arena mientras esta se estuvo depositando allí unos dos mil millones de años antes del presente y, que esos sedimentos provendrían de una región seca y continental situada donde ahora se encuentra el océano Atlántico y parte del Escudo de Brasil. Pero también encontró que esos sedimentos de arena modelados por rizaduras, se parecían a los que se ya se habían estudiado en Vindhyans (India) y en el desierto de Nubia (África) (Gansser 1974, Ghosh 1985)

 

Estimaba nuestro amigo Ghosh que aquellas arenas habrían sido transportadas por grandes ríos que corrieron en dirección este-oeste y que fueron luego depositadas en forma de deltas, meandros, playas y dunas dentro de unas depresiones, cubetas que se encontraban sobre una extensa superficie de roca bastante plana y mas antigua, que se conoce como el Escudo de Guayana donde formaron lagos (Colvée 1972, Ghosh 1985). Este concepto de las cubetas receptoras que no se ha considerado popular en la literatura científica reciente, y menos si uno especula que pudieron haberse originado como resultado del impacto de los meteoritos que entonces bombardeaban al planeta de manera frecuente, coincide bastante bien con lo que ahora hemos podido apreciar gracias a las imágenes hipsométricas obtenidas mediante los radares laterales satelitales (SRTM) sobre las tierras altas de Guayana; ya que en imágenes  como las que se obtuvieron del área del Guaiquinima-tepui, se puede apreciar con gran detalle que este tepuy y todos los demás se encuentran deprimidos en su sección central como si fuera una ponchera, y que además se nota como estas unidades aparecen rodeados, de manera bastante concéntrica, por una serie de crestas inclinadas. Pero que además, estas crestas quedan enfrentadas con otras crestas similares pero ordenadas de manera opuesta que rodean a las mesetas del Auyantepui y del Chimantá. Por lo que podríamos especular que esta sucesión de crestas periféricas que rodean a los tepuyes, parecieran reflejar la manera como habrían quedado ordenados los sedimentos de arena y ceniza de diferente densidad y edad, a medida que estos se fueron precipitando y amoldando en capas sucesivas sobre el fondo de la cubeta de roca que les sirviera como recipiente. Por otra parte se hace también evidente, por la orografía que ahora se aprecia gracias a esas imágenes, como la roca que perteneciente al Escudo de Guayana que sirvió como depósito para los sedimentos, habría resultado mas susceptible a la meteorización y a la erosión, que los sedimentos de ceniza, arenisca y cuarcita endurecida que contuvieron y que ahora vemos formando los tepuyes.

 

Si bien en la mayoría de los tepuyes se puede distinguir las crestas concéntricas que los rodean, en una imagen satelital SRTM donde se muestra la cuenca del río Ichum que es un afluente del río Paragua, se puede apreciar con especial claridad como este río avena la cuenca endorreica de un lago que se habría colmatado por los sedimentos que hemos heredado como un tepuy ovalado y de poca altura (Ichum-tepui), pero con una superficie casi igual a la de la Isla de Trinidad. El extremo norte de este gran tepuy yIchum fue explorado por nosotros cuando acampamos a un lado del Salto María Espuma o Ichum-prarará, que es por donde se precipita el río Ichum al atravesar la última de las crestas periféricas que circundan la extensa meseta pero, como durante aquella Expedición Universitaria al Alto río Paragua de 1961 en la que seguíamos la ruta trazada  por el geólogo Cándido Montoya-Lirola (1958) aún no se contaba con la tecnología del radar lateral aerotransportado (SLAR); no supimos sino doce años mas tarde que habíamos colectado plantas en el mas extenso de los tepuyes, con la forma ovalado de un hipódromo y que además presentaba una intrusión ígnea hacia su extremo sur.

 

Es debido a esas curiosas crestas periféricas y otros detalles estructurales que ahora se pueden apreciar gracias a las imágenes de radar satelitales SMRT, que pensamos que la formación de los tepuyes no debería continuar explicándose por: “…una inversión topográfica en la que un anticlinal producto de la tensión provocada por el plegamiento suave de las rocas del Grupo Roraima, habría sido posteriormente erosionado preferencialmente y que con el tiempo pasarían a formar depresiones alrededor de los remanentes de los sinclinales, convertidos entonces en tepuyes-” (Schubert y Huber 1989). Lo anteriormente expuesto equivaldría a decir que los tepuyes se originaron por plegamientos de la corteza terrestre, lo cual no es el caso. De ser así, la topografía de estas montañas imitaría unas salchichas alargadas y no mostrarían esa forma de bandeja deprimida en el centro como se puede apreciar ahora en las imágenes logradas desde satélites.

 

Todo geólogo tiene una buena idea de como los sedimentos que llegaron desde otro lugar situado también sobre el gran continente Pangea se depositaron sobre el Escudo de Guayana, pero durante una expedición para explorar el río Uei de la Sierra de Lema, considerado el extremo norte del paquete de sedimentos que forman el Grupo Roraima, encontramos a unos 600 msnm y expuesta por la acción del río, una sección de esta elusiva discordancia heterolítica (contacto entre rocas diferentes) que había sido buscada tan afanosamente (pero nunca fotografiada antes) por los geólogos (Ghosh 1985). Pudimos ver justo el lugar donde los sedimentos formados por la arena gruesa y los cantos rodados que hay en la base de los tepuyes comenzaron a depositarse hace mas de 1.800 millones de años sobre la roca del Escudo de Guayana, representada en ese lugar por el granito del Complejo de Supamo que se habría solidificado en este lugar de 2.300 a 2.100 millones de años antes del presente (Moreno 1985, Briceño y Schubert 1992a).

 

Sobre la formación de las grietas-cuevas y las Cuevas-verdaderas

 

Durante muchos años los geólogos trataron de explicar como ocurre el socavamiento de las rocas silícicas para formar las cuevas y la manera como el agua penetra por las grietas que hay en la cumbre de los tepuyes habría disuelto el cemento silíceo que une a los granos de arena, ampliando así las grietas que extendidas como laberintos, serían consideradas como cuevas (Galán, 1988, Briceño y Schubert 1992,  Forti 1994, Ipiña 1994, Piccini 1995, Mecchia y Piccini 1999, Aubrecht et al. 2008). Pero este proceso que explicaría la formación de lo que nosotros consideramos grietas-cuevas, no puede aplicarse para la formación de las redes de cavernas que hemos descubierto recientemente en el Churi-tepui; ya que estas galerías se encuentran completamente independientes y perpendiculares respecto a la dirección de las grietas que surcan la cumbre del tepuy. Por lo que las cuevas que estamos describiendo ahora NO se originaron a partir de grietas, fallas o diaclasas que las habrían controlado, sino que formaron parte de un sistema de drenaje extremadamente antiguo que se mantuvo activo hasta que algún un evento tectónico importante provocó el agrietamiento de los tepuyes e interrumpió la corriente de agua que circulaba a presión por esa red de tubos freáticos.

 

Es por esta razón que consideramos a estas cavernas que hemos encontrado en la cumbre del Chimanta, al igual a las que descubrimos en el cerro Autana y las Simas de Sarisariñama, como unas “cuevas-verdaderas” en el sentido cárstico y diferentes en su forma, origen y estructura a las cuevas exploradas en las cumbre del Acopán-tepui y del Amurí-tepui que se encuentran sobre el Macizo del Chimantá al igual que las del Churi-tepui (Ipiña 1994). De igual manera estas cuevas del Churi-tepui tienen un origen diferente al de la Sima Aonda y al de las Simas del norte y del noroeste que se exploraron en el extremo norte del Auyantepui  (Pérez, Galán et al. 1986,  Antonini et al. 1997, De Vivo et al. 1997, Tognini et al. 1995), y también origen distinto al de la sima del borde noroeste del Kukenan (Pérez et al. 1986, Michelangeli et al. 1993) y a las otras simas que se exploraron en la cumbre del Yuruaní-tepui (Galán et al. 1986) y en el Wei-Assipu-tepui (Carreño et al. 2002). Es decir, que casi todas las cuevas controladas por grietas que han sido exploradas hasta el momento habrían sido generadas por el agua de lluvia en época reciente.

 

Es por esta razón que mientras volábamos a bordo del helicóptero sobre el Macizo del Chimantá en enero del año 2002, nos empeñábamos en escudriñar con mucha atención la dirección de las corrientes de agua que entraban o salían de las grietas y condujeran el agua de lluvia hacia el interior de la meseta; ya que así quizás podríamos ubicar alguna cueva parecida a las que fueron exploradas sobre el Acopán-tepui y el Amurí-tepui, también parte del Macizo del Chimantá (Ipiña 1994). Pero no volábamos al azar ya que nos habíamos propuesto estudiar las grietas que había en el extremo norte de la meseta de Churi, donde las aerofotografías de la Cartografía Nacional mostraba que estaba cuadriculada por un formidable sistema de diaclasas, dispuestas como un tablero de ajedrez  de rombos de mas de medio kilómetro de lado 

 

Pensábamos que por el fondo de aquellas grietas del “tablero de ajedrez”, el agua de lluvia habría socavado una extensa red de “grietas-cuevas” que cuando las dibujáramos lucirían como una gran malla de vectores quebrados y articulados por todo tipo de ángulos; por lo que al completar nuestro estudio aéreo prepararíamos la expedición para entrar en aquel laberinto lo antes posible, ya que cuando se divulgara nuestro interés en el área, como nos había ocurrido antes por viajar con pilotos inescrupulosos, se filtraría la información y alguno de los “paparazzi” de la espeleología que siguen nuestro trabajo a hurtadillas, podría afanarse para interrumpir nuestras aspiraciones y hasta manifestar sin escrúpulo ¡que debajo de nuestras propias narices habrían encontrado esas cuevas que superarían un medio centenar de kilómetros en extensión…! . (y fue para no olvidar ese asedio y la poca ética de algunos espeleólogos oportunistas por lo que incluso nombramos una “Galería de los Paparazzi” en la cueva Colibrí..!.)

 

Así es que resultó un bono a la observación, que un poco antes de llegar al lugar donde se encuentran las grandes diaclasas y los rombos, nos distrajera la atención un minúsculo agujerito relacionado con una mancha húmeda que surgía de la base de una pared, a pesar de que el piloto dijera aquel hueco era: “¡Uno más entre los miles que hay sobre esta  montaña!”. Obviamente como una excusa para no desviar la dirección del vuelo de regreso desde la “Cueva de El Fantasma”.

 

Por: Charles Brewer-Carias

 

Referencia bibliográfica

 

Ralegh, Sir Walter (1596) in: The Discoverie of Guiana by Walter Ralegh, by V.T. Harlow, 182 p. The Argonaut Press. London 1928.


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