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Phyllomedusa bicolor (Rana Lémur) / Fotografía: Cesar Barrios-Amorós
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Joyas secretas de los bosques de Venezuela

Cesar Barrios-Amorós

 

Son las siete de la tarde, el sol ya se ha ocultado bajo el horizonte. Está lloviendo y lo que cualquier mortal pensaría en hacer es quedarse en casita, ver una película y abrazarse a su ser amado. Yo no, yo me pongo las botas de caucho, el impermeable, ajusto la cámara y el grabador de sonidos, y me dirijo a una selva al sur del Orinoco, donde ya algunas de las criaturas más exóticas del planeta empiezan sus actividades nocturnas. Si alguien se encontrara con una de las criaturas a las que me refiero, de noche, y si éstas midieran dos metros, en vez de unos pocos centímetros, muchos pensarían que han tenido un contacto de la tercera fase. Con sus ojos saltones y peculiar apariencia, brazos y dedos larguísimos, y un caminar pausado, aparentan un ser alienígena. Pero no, son anuros, mejor conocidos como ranas. Aunque hay especies diurnas, la mayoría concentran su actividad a lo largo de las horas oscuras, dilatando entonces sus pupilas al máximo, y cantando los machos (mas que cantar emiten sonidos de diferente índole) para atraer a sus hembras y reclamar territorio.

 

Arribo a una laguna al borde de la selva pluvial, guiándome por el escándalo que producen cientos de ranas cantando, y me detengo a explorar bien el lugar. Cada rana tiene su propio canto, y tras una dilatada experiencia de muchos años, un herpetólogo competente es capaz de distinguir los cantos por especies sin tener que verlas directamente. El trabajo consiste en grabar el canto de una determinada especie, para luego analizarla con los programas adecuados en el ordenador. Después se tiene que buscar la rana entre la maraña vegetal guiándose por el canto; si ésta se calla por tener al depredador (en este caso nosotros) muy cerca, el proceso puede prolongarse muchísimo tiempo, a no ser que se halle el animal por suerte. Una vez localizado, se trata de hacer fotos en actitudes naturales, sin molestarlas, y depende del trabajo que se esté realizando, será o no, necesario colectar unos individuos para su posterior examen.

 

El solo hecho de buscar un animal tan difícil en lugares a veces de complicado acceso, sorteando otras criaturas nocturnas que pueden ser peligrosas (como mapanares y otras serpientes), medio enterrado en barro, enganchándote en matas espinosas, y evitando avisperos y hormigas, hace del evento toda una experiencia extrema.

 

LAS RANAS MÁS BELLAS

RANAS LÉMUR

 

Particularmente, de entre todos los anuros, me llaman la atención dos grupos, las ranas lémur, y los dendrobátidos, aunque hay otras que también son considerablemente atractivas por su coloración y hábitos. Empezando por las ranas lémur (de la familia Hylidae, subfamilia Phyllomedusinae), su nombre alude a su manera prosimia de moverse. No suelen saltar, sino caminan a lo largo de las ramas, cantando con un seco “cock”. Existen nueve especies en Venezuela por todo el territorio, algunas de tamaño moderado, no superando los 5 cm (Phyllomedusa hypocondrialis), hasta uno de los hílidos (los hílidos incluyen en general a todas las ranas arborícolas, incluyendo a las plataneras) de mayor tamaño y más impresionantes del mundo (Phyllomedusa bicolor).

 

Todas estas ranas poseen una personalidad (digamos mejor una “anuridad”) intensa, con unos ojos sobresalientes y penetrantes, y unos movimientos más de mamífero que de anfibio. Todas ellas son tóxicas, y sus pieles contienen péptidos y otras sustancias que las hacen poco apetitosas a los predadores. Pero para los humanos son inofensivas, bastando lavarse las manos después de tocarlas. Recientemente estuve en Imataca, donde hallé una de las especies más raras en Venezuela, Phyllomedusa tomopterna, tal vez la más bella de las ranas lémur, la más grácil y simpática. En el mismo charco se hallaban también las más comunes Phyllomedusa hypochondrialis, de pequeño tamaño y que se conoce de casi todo el país (exceptuando las cumbres montañosas), y P. trinitatis, conocida de la cordillera de la Costa y del sector nororiental del escudo Guayanés. Ésta última posee unos ojos espectaculares, dorados con retículo negro.

 

DENDROBÁTIDOS

 

Los dendrobátidos son sin duda los anuros más llamativos del mundo, con unos colores sumamente vívidos que indican su toxicidad (eso de denomina coloración aposemática, la que se advierte por medio de colores vivos). Sólo existen en la región neotropical, y su máxima expresión se halla en la alta Amazonía peruana y ecuatoriana. En Venezuela hay pocas especies de ranas venenosas de esta familia Dendrobatidae. El más conocido es sin duda el sapito minero (Dendrobates leucomelas), común al sur del Orinoco. Se trata de una rana amarilla y negra, con variación acentuada en su patrón de manchas y bandas. El amarillo puede variar a naranja y hasta verde en ciertas poblaciones. Su toxicidad es importante pero ha sido exagerada. No es cierto que los indígenas usen su veneno para untar sus flechas ni dardos, eso ocurre solamente en el Chocó colombiano con ranas dardo del género Phyllobates que no existen en Venezuela.

 

Un sapito minero que haya sido molestado suficientemente exuda un compuesto blanco que puede ser mortal para depredadores, y para un humano si se lo come. Pero supongo que la gente no debe ir comiéndose ranas crudas y por tanto, no la considero peligrosa. Para ciertas culturas indígenas Dendrobates leucomelas representa una especie bien importante. Es Wanadi jiñamo’jidi, la esposa de Wanadi, el dios creador Yek’wana, quien, según cuenta su mito creacionista, buscaba una esposa entre los animales, y gustó de una rana marrón, que se escondía entre la hojarasca siempre que se acercaba, hasta que Wanadi la pintó para no perderla más; cuando después comprobó que se pasaba tanto tiempo ante un espejo maquillándose, la rechazó.

 

Otros dendrobátidos pintados de Venezuela son Epipedobates pictus y E. trivittatus (actualmente reconocidos por algunos autores en el absurdo género Ameerega), parecidos entre sí, negros y con dos listas dorsolaterales de color amarillo y verdoso respectivamente, y vientre azul. Ambas se encuentran en Venezuela exclusivamente en la Reserva Forestal de Imataca y en áreas cercanas del Delta del Orinoco.

 

Pero tal vez el representante más exclusivo de la familia en Venezuela, por su endemismo (del Cerro Yapacana en Amazonas), su color rojo y su rareza, es Minyobates steyermarki. Dada la imposibilidad actual por razones políticas de llegar al Cerro Yapacana, publicamos una fotografía de la especie de un ejemplar en cautiverio en Alemania, donde existe una población extraída ilegalmente hace más de 15 años pero que se reproduce bien y alcanza precios astronómicos en mercados internacionales. Estas tres ranas también son tóxicas, pero mucho menos que el sapito minero, aunque deben ser estudiadas por la posibilidad de extraer fármacos de su piel.

 

 

OTRAS JOYAS VENEZOLANAS

Aparte de ranas lémur y dendrobátidos, existen por supuesto muchas otras ranas situadas taxonómicamente en diversas familias, que llaman la atención por sus coloridos, comportamiento o rareza.

 

La primera, sin duda, merece un capítulo especial, ya que posee las tres características. Pertenece a la familia de los sapos verdaderos (Bufonidae) pero con una complexión grácil y sin verrugas. Su color rivaliza con el del sapito minero, y posiblemente sea uno de los vertebrados más amenazados del mundo. Es el sapito rayado o Atelopus cruciger, endémico de la cordillera costera venezolana. Este sapito era sumamente abundante hasta los primeros años ochenta, en los parques Nacionales  Ávila, Henri Pittier y San Esteban, entre otros lugares, para desaparecer absolutamente de todas las áreas de donde era conocido. Nadie sabia por qué, pero al mismo tiempo se notificó que otros Atelopus de la cordillera Andina también se habían rarificado o desaparecido. En el año 93, después de más de un decenio sin que nadie hubiera avistado uno de estos animales, se consiguió una población en la vertiente costera del parque Henri Pittier, actualmente bajo monitoreo. Es un misterio aún lo que le ha ocurrido a la mayoría de la población, pero se sospecha, por la presencia de un hongo en su piel, que éste pueda haber afectado de alguna manera nociva y acabado con la mayoría de efectivos.

 

Otras pequeñas joyas (particularmente similares a las esmeraldas) son las ranitas de cristal, de pequeño tamaño, y ventralmente transparntes (de ahí su nombre). A través de su piel se puede observar el corazón, hígado y otros órganos internos. Son de color verde esmeralda, lima o verde oscuro, con unos ojos a veces adornados con retículos o manchas aracnoides. Algunas cuelgan del envés de las hojas para cantar, adhiriendo sus puestas de huevos también al envés de las hojas sobre riachuelos. Recientemente observamos varias especies en la Gran Sabana (aunque están presentes en todas las zonas montañosas del país), como Hyalinobatrachium crurifasciatum, H. taylori y Vitreorana helenae.

 

Entre las ranas arbóreas (familia Hylidae) existen muchas que, sin competir en color con los dendrobátidos, poseen un atractivo en su disposición malabarista. Alguas especies de mediano tamaño son verdes con puntos amarillos (Hypsiboas cinerascens) o rojos (H. punctatus), o con un jaspeado amarillo a rojizo (H. lemai, H. tepuianus). Las ranas del género Dendropsophus son en general apagadas en color, y pequeñas. La expcepción es notable, D. marmoratus, quien pese a poseer dorsalmente un patrón críptico, ventralmente muestra un festival de colores. 

 

En fin, valga decir que entre los animales más coloreados del planeta se hallan muchos anfibios, pugnando por su belleza con las más exóticas aves y los peces marinos más fabulosos.

 

Venezuela alberga hasta la fecha unas 350 especies de anfibios conocidos, aunque muchas más esperan por su descubrimiento y/o descripción. Son los lugares más remotos los que más probablemente acaparan mayor concentración de especies por clasificar (como tepuyes o cumbres andinas), y a ello me seguiré dedicando, tal es la fascinación que ejercen estas criaturas sobre mi. 

 

Artículo por: Cesar Barrios-Amorós

 


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