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Oseznos de Oso Frontino (Tremarctos ornatus) / Fotografía: John van der Dol
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El Oso Frontino, a la sombra de la extinción

Denis A. Torres

 

En Venezuela, el término “frontino” quiere decir “con mancha en la frente”. Así se le llama a nuestro oso andino, también conocido en algunas localidades como “el salvaje”, una especie que se las arregló por mucho tiempo para hacernos creer que se trataba de dos especies diferentes en vez de una. 

 

Atrás había quedado la gran ciudad de Caracas con sus contrastes urbanos de ruido, gente y carros por doquier. Un largo viaje me llevaría a las montañas merideñas en la Cordillera de los Andes. En un parpadeo, el horizonte se presentaba dominado ahora por inmensas torres naturales elevándose al cielo, llenas de magia y misterio… ya estoy en el dominio del oso andino (Tremarctos ornatus), una de las criaturas más fascinantes, enigmáticas y amenazadas de extinción de la fauna sudamericana.

 

En el año 1800, el eminente naturalista alemán Alexander von Humboldt escribió la siguiente reseña en su célebre obra, Viajes a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente: “El animal que en mi tiempo mataron al pie de las montañas de Mérida y que mandaron con el nombre de Salvaje al coronel Ungaro, gobernador de la provincia de Barinas, no era en efecto sino un oso de pelaje negro y liso. Nuestro compañero de viaje, Don Nicolás Soto, lo examinó bien…”. Este relato bien podría ser la referencia de fuente científica más antigua conocida sobre la existencia del oso andino en Venezuela. Muchos años pasaron desde entonces y el plantígrado pasó inadvertido por la mayoría de los científicos en el país, quedando al margen del mundo mágico de los pobladores rurales andinos.

 

Una fresca mañana me dio la bienvenida a Mérida; llegué ávido de información sobre el oso andino y sus interacciones con la gente con el ánimo de reivindicar mi interés por su conservación a largo plazo. ¿Osos en Venezuela?, fue la interrogante que me sirvió de excusa para comenzar esta aventura de vida…

 

El oso andino o frontino es el único representante viviente de la familia de los osos verdaderos (Ursidae) en América del Sur. En un pasado remoto, hace más de diez mil años, sus parientes más cercanos, conocidos como los “osos de hocico corto”, habitaron a lo largo del continente americano desde Alaska hasta Argentina. Uno de ellos, el inmenso oso Arctodus simus, fue el mamífero carnívoro terrestre más grande del que la ciencia tenga registro. En contraste, el oso frontino figura hoy entre los úrsidos más pequeños, junto al oso panda (Ailuropoda melanoleuca) y al oso malayo (Helarctos malayanus). Sin embargo, en un contexto biogeográfico regional es junto a los tapires o dantas, uno de los mamíferos terrestres más grandes. El oso andino macho alcanza unas medidas considerables en su adultez: de 1,80 a 2 metros desde la punta de la nariz hasta la punta de la cola, y un peso promedio de 170 Kg, mientras que las hembras son considerablemente más pequeñas, alcanzando el metro cuarenta y los 65 Kg.

 

Siendo un animal tan corpulento, ¿por qué es tan difícil observarlo en su hábitat natural? La respuesta a esta interrogante puede tener varias implicaciones. En primer lugar, el oso frontino es una criatura bastante elusiva, casi un fantasma. Sus desarrollados sentidos del olfato, vista y percepción les permite detectar eficientemente la presencia de cualquier intruso o peligro potencial en su territorio. A esta peculiaridad se suma las características del ambiente que le sirve de morada. No es fácil observar animales en un bosque nublado andino y menos a un oso que sabe ocultarse. Este ecosistema casi siempre está cubierto de neblina, es silencioso, con escasa luminosidad y con una intrincada vegetación. El pelaje negro del oso lo ayuda a pasar desapercibido bajo estas condiciones naturales. Así mismo, hay pocos osos en los Andes, no son precisamente una especie abundante y toparse con uno obedecería más al azar que a una búsqueda garantizada.

 

El Oso Multifacético

Como sabía que estudiar al oso implicaba un reto complicado, contraté a un campesino cazador para que fuera mi guía y me enseñara a identificar los rastros que dejaba el animal. Aunque resulte irónico, recurrí a este experto ya que él conocía bastante bien los hábitos del oso frontino y podría ser mi aliado en la tarea de descifrar la vida secreta de esta criatura. Le manifesté mi interés por ubicar indicios del oso, y él me contestó: “¿cuál de los 2?, por acá tenemos al frontino y al negro”. ¿Cómo así?, pensé… ¿acaso hay más de una especie de oso? Todo resultaba confuso.  Con el tiempo, me fui dando cuenta que esta era una de las tantas ideas populares erradas en torno al oso andino. La notable variación en el patrón de coloración facial de esta especie puede crear confusiones, como de hecho sucedió incluso entre algunos científicos a principios del siglo XX, cuando varias especies y subespecies de oso fueron descritas para Sudamérica. La principal característica del oso andino son unas manchas blanco-amarillentas que posee en el pecho y garganta, le bordean el hocico y se extienden en patrones diversos hacia la frente y alrededor de los ojos. En algunos individuos se dibujan diseños similares a círculos o antifaces, razón por la cual es conocido en casi todos los países donde habita con el nombre popular de “oso de anteojos”. En Venezuela, el término “frontino” quiere decir “con mancha en la frente”.

Ciertamente, la gran variación de las manchas podría crear confusiones para un neófito, pero la ciencia moderna a través de la biología molecular ha demostrado que solo hay una especie de oso en América del Sur.

 

El Salvaje del Bosque Andino

Ante el menú de opciones de mi baquiano opté por decirle que yo quería seguir al frontino para evitar entrar en polémicas que serían abordadas más tarde por iniciativas de educación ambiental.

 

A pocos pasos de nuestro recorrido, la ladera de la montaña comenzaba a mostrarnos lo complicado que resultaría la búsqueda. Entre las múltiples advertencias de mi baquiano, estaba la de estar atento a las plantas urticantes que podrían condenar el éxito de la travesía. Caminamos abriéndonos paso a filo de machete entre la densa vegetación. Transcurridas varias horas, el ojo experto del baquiano advirtió unos rasguños en el tronco de un enorme árbol de laurel (Nectandra sp.), y expresó: “por acá anda el señor”, refiriéndose al oso. ¡Qué expresión tan curiosa!, ¿cómo es que no le dice animal o bicho?, pensé. Lo cierto es que desde hace milenios, los osos han inspirado la imaginación humana. Hasta donde la historia puede remontarse, estos animales han sido venerados y temidos por la gente, percibidos siempre desde un punto de vista humanizado. Esta tipificación se fundamenta en múltiples aspectos biológicos comparativos entre humanos y osos, donde la naturaleza plantígrada se presenta como el elemento común más preponderante. Los osos caminan apoyando todas las plantas de sus patas y tienen la habilidad de andar erguidos momentáneamente sobre sus extremidades posteriores, lo cual muy probablemente inspiró a los hombres primitivos a identificarse con estas criaturas y a desarrollar una serie de mitos y leyendas relacionadas con seres salvajes de aspecto antropomorfo. En Venezuela, de hecho, hay lugares en los estados Lara y Trujillo donde al oso se le conoce sólo con el nombre de “El Salvaje”, vinculándolo a la leyenda de un ser parecido al “pie grande” o “sasquatch”, al que le gusta raptar mujeres en los campos.

 

El Gran Jardinero

El árbol de laurel había sido trepado por un oso para comer sus frutos maduros, en señal de indicarnos “por aquí pasé, estás en mi territorio”. Mi emoción era muy grande, ese rastro era la prueba de que si habían osos en Venezuela y de que estaban más cerca de lo que mucha gente sabía.

 

La neblina comenzaba a rociar la vegetación y todo quedaba sumergido en un misterioso velo blanco azulado. El silencio era tal que podía escuchar hasta los latidos de mi corazón retumbándome los oídos. ¡Hasta los mosquitos se oían en estéreo! Todo estaba en paz.

 

Seguimos trochas que no eran precisamente “caminos de gente”, el barro se hizo parte de mi indumentaria de explorador novato. Para seguir al oso, “hay que actuar como un oso”, me dijo el baquiano... Estiércol fresco con abundantes frutos semidigeridos de laurel sugerían el banquete que se había dado el oso en aquel árbol marcado con sus zarpazos. Con el paso del tiempo una de las semillas acumuladas en aquel estiércol, posiblemente germinaría hasta crecer y convertirse en un árbol igual al que le dio alimento a aquel oso. La naturaleza es sabia, y el oso como digno representante de ese mundo no podría ser menos. De alguna manera los osos, en complicidad con aves y otros pequeños mamíferos, contribuyen a regenerar el bosque que les da cobijo y alimento, sin depender mucho de algún plan de reforestación orquestado por los hombres.

 

Ese día pernoctamos a orillas de un riachuelo. La noche se transformó en un concierto de sonidos lúgubres y la imaginación dio paso a esos miedos primitivos que siempre ocultamos los seres humanos. Los campesinos andinos siempre cuentan leyendas de duendes o “momoyes”, de fantasmas montados en caballos y mulas, arrastrando cadenas, de luces misteriosas, de animales que se transforman en personas y de personas que se vuelven animales. Mientras los pensamientos van y vienen, seguramente algún oso estará merodeando cerca del campamento, siguiendo nuestros sonidos y extraños olores… acá somos intrusos, pero en nuestro caso, respetuosos.

 

Una Estrecha Dependencia

La algarabía de una bandada de pericos cabecirrojos (Pyrrhura rhodocephala), anuncia el amanecer. Hace bastante frío y la única forma de subir la temperatura es poniéndonos en marcha. La mañana está resplandeciente, cristalina, con una atmósfera que permite ver todo en 3D. El baquiano dice: “hay que mañanear” si queremos encontrar más rastros de oso y regresar temprano al pueblo. Desayunamos rápidamente, cargamos nuestras mochilas y al rato nos topamos con una plataforma rudimentaria en forma de nido, hecha con ramas y hojas, en donde el oso se echó a dormir y aprovechó también como “comedor”. Algunos campesinos aseguran que esas trojas las construyen eventualmente las osas para tener y resguardar a sus oseznos, bien sea sobre los árboles o en laderas intrincadas rodeadas de bambusales y vegetación arbustiva. Ese aspecto de la historia natural del oso frontino continúa siendo un misterio hoy día. Es posible que las osas recurran a cavidades naturales como cuevas o a las bases de grandes árboles para usarlas como madrigueras maternas.

 

Al cabo de aproximadamente 8 meses de gestación las hembras frontinas paren entre 1 y 3 crías que nacen ciegas, pesando casi el tamaño de una manzana (unos 300 gramos) y con un pelaje muy corto y casi traslúcido. Esta fragilidad demanda un cuidado intenso por parte de la madre. Al cabo de 2 años, alimentándose al principio de la leche materna y luego de algunos brotes tiernos de bromelias y frutas, los oseznos alcanzan un tamaño considerable que les permite buscar la independencia. De esta manera, desarrollarán sus vidas en solitario, como todos los de su especie, buscando alimento, parejas ocasionales para reproducirse y evitando la mala suerte de ser abatidos por el disparo de algún cazador furtivo. La cacería está llevando al oso frontino al umbral de la extinción, pero no solo por balas mueren los osos, sino también por no tener donde vivir. La destrucción de su hábitat implica una amenaza aun más grave ya que involucra la pérdida de la biodiversidad en su totalidad. De esta manera, cada día, cada minuto, perdemos fuentes de agua limpia, alguna especie animal o vegetal, una extensión de bosque...

 

Osos, bosques y páramos forman una alianza interdependiente. El hábitat natural del oso le provee todos los recursos vitales para su sustento sin necesidad de recurrir a las zonas intervenidas por el hombre. El oso frontino es un gran generalista y oportunista que come de todo. No obstante, su dieta está basada mayormente por materia de origen vegetal: frutos de diversas especies, brotes de bambú, palmas, bromelias epifitas que consigue en los bosques y bromelias terrestres, llamadas localmente “piñuelas”, que encuentra en sus recorridos ocasionales por los páramos húmedos. También come insectos, pequeños vertebrados y raras veces carroña de ganado. La ampliación de la frontera agrícola y la consecuente fragmentación de los bosques están llevando al oso a un callejón sin salida. Por esta causa, surgen conflictos en los cuales todos perdemos: osos, humanos y el ambiente en su totalidad.

 

Un Destino Nublado

Los Andes, es la región con mayor biodiversidad del continente americano, reconocida por lo tanto como un “Centro de Megadiversidad”. En su ámbito tropical desde la frontera boliviano-argentina hasta Venezuela, se han registrado más de 45.000 especies de plantas, más de 1.400 de aves y más 500 de ranas, por citar cifras que irán variando consecutivamente. Muchas de estas formas de vida son únicas de esta región por lo que su futuro demanda de un compromiso especial con la preservación de esta valiosa herencia natural. Las montañas andinas son asiento de una importante población humana con tradiciones ancestrales de gran valor etnográfico y cultural. Así mismo, estas montañas juegan un rol muy importante en la producción del agua y en los sistemas climáticos de influencia global. Por esto y muchas razones, la conservación de los Andes es de vital importancia para humanos y osos.

 

Estamos llegando al pueblo bastante cansados por el recorrido intenso, pero con una recompensa que no compra el dinero: fuimos  testigos de la existencia del oso andino a través de sus rastros. Atrás quedó ese mundo encantado. En otro parpadeo, me doy cuenta que han pasado casi dos décadas desde aquel primer contacto con el hogar del oso. Muchos han sido los rastros hallados, muchas las realidades conocidas en torno a las interacciones gente-oso, mucha la experiencia acumulada y muchas las labores educativas desarrolladas para disipar la neblina de la ignorancia. Sin embargo, el oso sigue siendo una criatura enigmática.

 

Aquel cazador que me sirvió de guía tomó conciencia del respeto que merecía el oso y la naturaleza y paulatinamente cambió su mortal pasatiempo por la contemplación. Otros campesinos, desafortunadamente, siguen  matando a los osos  clandestinamente motivados por falsas creencias. ¿Osos en Venezuela?, afortunadamente si, mientras exista la determinación y la esperanza por verlos prosperar en este mundo lleno de contrastes.

 

Artículo por: Denis Alexander Torres


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