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Bosques húmedos al Sur del Edo Bolívar. Venezuela. / Fotografía: Norelys Rodríguez
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¿Bosques para las personas?

Bianca Castillo

 

“Aunque alejados de ese mágico lugar -los bosques-, el hombre encarna el ciclo de la vida, que implica crecimiento y nutrición, pero también muerte y destrucción. La historia nos advierte que todo cazador será cazado por su propia muerte, y sus huesos volverán a la tierra para nutrir una nueva vida. Aunque nos creamos inmunes, la Tierra podrá prescindir de nosotros a cualquier hora del tiempo”.

 

¿Bosques para las personas?

 

Técnicamente los bosques son áreas de alta densidad de árboles. Según algunas definiciones, estas extensiones de terreno no delimitarían menos de tres hectáreas. Constituyen una de las formaciones más importantes de la biosfera terrestre puesto que, además de constituir el hábitat de innumerables especies de animales y vegetales, funcionan como moduladores de flujos hidrológicos y conservadores del suelo. Además, juegan un papel preponderante en el ciclo global del carbono, por lo que su preservación –o destrucción- tienen repercusión directa en los fenómenos de cambio climático. En la actualidad, la existencia de los bosques se ve gravemente amenazada, entre otras razones, por la necesidad de satisfacer las demandas y exigencias de los siete mil millones de habitantes con los que cuenta el planeta.

 

La mayor área forestal del mundo se encuentra en Europa gracias, principalmente, a las vastas franjas de bosques de la Federación de Rusia. Los cinco países con mayor riqueza forestal son, la Federación de Rusia, Brasil, Canadá, los Estados Unidos de Norteamérica y China; que representan más de la mitad del total de áreas boscosas. En nuestra región, los cinco países con mayor área de bosques son Brasil, Perú, Colombia, Bolivia y Venezuela. De manera inquietante, hoy por hoy no se cuentan con datos suficientes sobre la tasa de deforestación en Venezuela, pero se sabe que era la mayor en la región desde décadas de los setenta hasta los noventa. Desde ese entonces y hasta la fecha los venezolanos pareciéramos mantener los ojos vendados y un silencio histórico ante la pérdida masiva de nuestros bosques, el saqueo de nuestros recursos naturales, la explotación minera, la extracción petrolera, y el tráfico ilegal de fauna y flora. Muchos justificarían este vacío frente a otros elevados índices nacionales, la defensa medio ambiental –dirían- no es la prioridad. Por fortuna otros países ya han comenzado a tomar posturas más  ecoeficientes, entre estos destaca Chile, Costa Rica, y Uruguay quienes figuran entre los países que aumentaron sus áreas de bosque. En el Caribe también se produjo un aumento del área de bosque (aunque principalmente por su expansión natural sobre tierras agrícolas abandonadas).

 

Siguiendo datos de la organización ambientalista Greenpeace Internacional, 80% de los bosques primarios (comúnmente llamados “vírgenes”) ya ha sido destruido o alterado, y el 20 por ciento restante se encuentra bajo amenaza a causa de la expansión agrícola y ganadera, tala ilegal, explotación petrolera, minería y construcciones de toda índole. Es por ello que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO según sus siglas en inglés, declaró 2011 como el Año Internacional de los Bosques con el firme objetivo de llamar la atención sobre el estrecho vínculo entre el agua, los suelos, y los bosques para la calidad de vida de las poblaciones en cuanto a medios de subsistencia y seguridad alimentaria se refiere.

En su informe 2011 sobre la situación actual de los bosques del mundo, la FAO plantea que existen cuatro aspectos principales a resaltar, estudiar y debatir, estos son: las tendencias regionales en recursos forestales, el desarrollo de industrias forestales sostenibles, la adaptación al cambio climático y la mitigación del mismo, y el valor local de los bosques.

 

Todo apunta a la explotación “sostenible” de los bosques. Sin embargo, hacemos hincapié en esta palabra por las amplias discusiones en cuanto a la delimitación de lo que se considera sostenible y lo que no. El término fue utilizado por primera vez apenas en 1987 en el informe socioeconómico Brundtland de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas; se define como “aquello que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”. Pero para lograr este cometido es necesario que todos nos pleguemos a una serie de compromisos como renunciar a los niveles de consumo, que se cumplan las metas de crecimiento económico en los países pobres, ejercer control demográfico en cuanto a tasas de natalidad se refiere, no poner en peligro los sistemas naturales que sostienen la vida en la Tierra, utilizar los recursos no-renovables de la manera más eficiente posible, entre otros.

 

El verdadero debate surge cuando al término “sostenible” se le antepone el “desarrollo”, lo que resulta incompatible si notamos que el desarrollo que ha perseguido nuestra civilización está basado en la homogenización cultural y la destrucción de los recursos a cambio de bienes materiales muy poco trascendentales. Como sociedad moderna, nos hemos acostumbrado a permitir y secundar la destrucción de lo esencial para producir lo superfluo; ejemplo de esto: la destrucción de la selva de Borneo (una de las mayores selvas tropicales del planeta) para producir aceite de palma ampliamente utilizado para la elaboración de cosméticos y, cada vez más, combustibles alternativos. Esto representa una burla contra las labores para paliar el cambio climático y para la protección de especies en peligro como el orangután. Una de las empresas responsables de este crimen ecológico es muy popular en Venezuela y el mundo; y conscientes de esto o no, de seguro cada hogar venezolano tiene más de uno de estos productos en sus gabinetes.

 

En términos económicos, el desarrollo implica expansión de potencialidades. La visión ecológica pareciera no tener lugar en los patrones de medición, la vida del planeta parece no importar en el comportamiento de indicadores como producto nacional bruto, producto interno bruto, o renta. Aquello que ha determinado el desarrollo y crecimiento de los países son únicamente agregados monetarios que se abstraen de la naturaleza física que genera los recursos, por lo que el termino base de sostenibilidad queda anulado cuando se habla de desarrollo tal y como se entiende hoy en día. Hasta ahora, las grandes industrias han pensado en la sostenibilidad económica en beneficio de la productividad y rentabilidad, pero cobrando a cambio la salud del medio ambiente.

 

Pero no todo está perdido, a pesar de todo el pesimismo que puede estar nublando a la protección del medio ambiente y, obviamente, de los bosques, el desarrollo sostenible sí es posible. Según Herman Edward Daly, reconocido economista y premio Nobel Alternativo de 1996, el desarrollo sostenible existe siempre y cuando se respete la resiliencia del medio (término del campo físico para describir la capacidad de un material de recobrar su forma original después de haber estado sometido a altas presiones). Es decir, es necesario que la capacidad de explotación humana sea igual a la capacidad de sustentación del medio y para ello los habitantes y su capacidad de consumo deben limitarse, la velocidad de explotación del medio debe ser igual a la velocidad de regeneración de los recursos naturales, la cantidad de emisiones debe corresponder con la capacidad de asimilación del medio y la explotación de recursos naturales debe corresponder a las tasas de extracción de sustitutos renovables. Esta idea es posible, de hecho existió y se evidencia en la antigua Grecia en donde el número máximo de habitantes estaba limitado a la capacidad de producción agropecuaria de los terrenos con los que contaban para tal fin.

 

Organismos como la FAO incentivan a los gobiernos a coordinar medidas de protección forestal en conjunto con las organizaciones internacionales, regionales, y de la sociedad civil, a través de la Secretaría del Foro de las Naciones Unidas sobre Bosques (FNUB). Estas estrategias son de suma importancia, pero se sabe que de nada valen los esfuerzos si cada uno de nosotros no cambia de manera individual. Para lograr esto podemos cambiar nuestros estilos de vida hacia uno benevolente con toda la creación, es decir, hacernos merecedores de la Tierra.

 

Es bien sabido que una de las mayores causas de deforestación de bosques se debe a la producción cárnica. Durante los últimos 40 años la selva Amazónica -el bosque lluvioso más grande del mundo- se ha visto reducido en un 20 por ciento para darle paso a la cría de ganado o siembra de soya para alimentar animales que serán destinados al matadero. La dieta carnívora está transformando literalmente a los bosques en carne. Según datos aportados por especialistas de la Universidad de California (1988), en el Amazonas se deforesta el equivalente a todo un campo de fútbol para la producción de apenas 250 hamburguesas, y se destinan 13 mil litros de agua para producir un sólo kilo de carne. Según informes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la producción de carne envía a la atmósfera más gases de efecto invernadero que los que emite todo el parque automotor del planeta, lo que supone el 18 por ciento de las emisiones. Por estas razones, para muchos especialistas la solución es, aunque polémica, que todos adoptemos un estilo de vida y dieta vegetariana (o que al menos se reduzca significativamente su consumo). Así lo señala Rajendra Pachauri, laureado premio Nobel de la Paz 2007, presidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), y vegetariano por demás. El hambre, el cambio climático, la deforestación, y el maltrato animal, verían su solución en una modificación simple de dieta, puesto que para alimentar a un solo carnívoro se necesitan dos hectáreas de tierra pero menos de dos son suficientes para alimentar a unos 20 vegetarianos.

 

Nos pudiese llevar cientos de ediciones describir los factores que aquejan a nuestro planeta por lo que, sea cuales fuesen, la protección de nuestros bosques, y de la vida en el planeta, requiere entender que la inacción traerá consecuencias, que se deben cambiar las estructuras institucionales y además, y por sobre todas las cosas, fomentar las conductas individuales libres de egoísmo. Comprender que el planeta es uno sólo y que no somos los únicos que lo habitamos.

 

Aunque gran parte de nosotros vivamos aislados de los bosques la mayor parte de nuestras vidas, tenemos que asumir que somos la clave para protegerlos. De entre las millones de acciones que podemos emprender esta el ser consumidores responsables, informarnos de dónde proviene lo que estamos consumiendo, no confiar ciegamente, ser críticos, destacarnos del resto. Como lo planteamos aquí, optar por un consumo y dieta ética. Si cada uno de nosotros demanda lo correcto, las instituciones y las altas esferas se verán obligadas a cambiar para bien también. Cientos de organizaciones no-gubernamentales y activistas independientes son la viva prueba de que la solidaridad humana es más fuerte que el egoísmo de las naciones. Como aseguró Mahatma Gandhi, abogado, pensador y político indio, para cambiar las situaciones que no nos gustan debemos comenzar por cambiar nosotros mismos y ser el cambio que queremos ver. Pues si bien la FAO decidió celebrar a los bosques en el año 2012 con el lema “bosques para las personas”, decidamos mejor ir un paso adelante y convertirnos en “personas para los bosques”. 

 

Artículo por: Bianca Castillo

 


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