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Lago del Autana o Paraka Wachoi / Fotografía: Charles Brewer-Carías
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Paraka Wachoi: El Lago de la Cordillera del Dorado

Charles Brewer-Carías

 

 

De unas dimensiones de 242 metros de diámetro y 33 de profundidad, el Lago Paraka Wachoi o Lago del Leopoldo, lo define como un extraño lago rodeado de una naturaleza extraordinaria y única, y por leyendas e historias que te transportarán fuera de este mundo.

 

“...dicen que en la cordillera hay una laguna grandísima y que de la otra parte de ella hay grandes poblaciones, y muy gran numero de gente y gran riqueza de oro y piedras preciosas. Preguntéles si había tanta gente como en los llanos. Reíanse de mi diciendo que en la cordillera había muchos lugares y que en cada uno de ellos había mas que en todos los llanos“

Antonio de Berrío. Carta a Su Majestad. 24 Mayo 1585. (En: Don Antonio de Berrío, por Pablo Ojer S.J. 1960, Caracas)

 

GEOGRAFIA Y TOPOGRAFIA

 

A 12.8 km al N (353º) del Cerro Autana y en la cumbre de una colina que se desprende del Cerro Sipapo o Paraque, se encuentra anidado un extraño lago que no tiene río alguno que lo alimente, que no muestra lugar de drenaje y que luce misteriosamente encerrado en un cráter que muchos creyeron que era de origen volcánico.

 

Pero este envase de agua 242 metros de diámetro y 33 de profundidad situado a 365 m sobre el nivel del mar, se abre en medio de una  roca sedimentaria como la de los tepuyes donde, gracias a las aerofotografías verticales que pudimos obtener de la antigua Cartografía Nacional, permite apreciar que la aparente caldera correspondería a una enorme sima de hundimiento, posiblemente de origen similar a las Simas de Sarisariñama, que descubrimos en 1974 pero, de 500 metros de diámetro. Resulta también muy interesante apreciar en estas aerofotografías que, a 1 Km al sureste de este lago, se encuentra otra depresión similar que ahora está colmatada por árboles y que, poniendo mas atención y por medio del par de fotos estereoscópicas logradas en el mismo vuelo, es posible ubicar otras 6 simas que seguramente estuvieron relacionadas entre sí antes de que ocurriera el colapso que destruyó parte de un antiquísimo sistema de cavernas que hemos encontrado, pero que todavía está por darlo a conocer.

 

LAS EXPEDICIONES

 

Según pudimos constatar en nuestra expedición de 1970, los indígenas Piaroa nunca se habían acercado a la orilla de este Lago que a partir de entonces empezamos a llamar “Lago Leopoldo”, pero que después de 1977 pudo ser traducido como “Paraka-Wachoi”  o el “Lago del Cerro Paraque” (Mendoza, 2002), porque así le pusieron como nombre unos indígenas Piaroa que participaron en una de las expediciones que había organizado el Dr. Luís Daniel Berrizbeitia. Sin embargo este lago, que había sido ubicado desde el aire a mediados de 1940, fue conocido al principio como Lago Giacopini  y también como Lago Anduze, en honor a Don José Giacopini Zárraga y al Dr. Pablo Anduze, que fueron muy amigos nuestros y los gobernadores que mejor conocieron al Territorio Amazonas.

 

Pero fue durante la expedición ELATA de 1952, cuando este fenómeno lacustre sería bautizado como “Lago Leopoldo” como homenaje al Rey Leopoldo III de Bélgica, que había participado en aquella expedición ELATA (Expedición del Rey Leopoldo al Territorio Amazonas) organizada por el arqueólogo José M. Cruxent con el propósito de continuar sus exploraciones en el Alto Orinoco, el río Sipapo y el río Autana (Bodart, 1956), (Bélgica, 2004).

 

Cruxent ya había estado explorando esa región del Autana en 1948, pero en ninguno de sus informes mencionó la existencia del lago (Cruxent 1949, 1950). Sin embargo, fue este eminente arqueólogo quien se empeña en ubicar topográficamente la posición de este Lago Leopoldo mediante unos mapas que preparó al parecer durante esa Expedición ELATA (Cruxent 1956 (a); empleando como base unas aerofotografías oblicuas que habían sido tomadas durante la Segunda Guerra Mundial (Aerofotografías 1944). Sin embargo, no hay fotografías o referencia escrita alguna que documente si alguno de los miembros de esta expedición ELATA se hubiese adelantado y alcanzado la orilla de este Lago mientras Cruxent estaba recorriendo el caño Umaj-ajé armado con el telémetro y la  brújula (Cruxent 1956 (b). Afortunadamente estos fueron los mismos mapas que Cruxent nos obsequió para que los empleáramos durante la malhadada expedición que dirigimos en marzo de 1970 con intenciones de ser los primeros en llegar hasta el lago (Brewer-Carias 1970).

 

Nuestro primer contacto con esta laguna que llamábamos “Lago Autana” en 1962,  ocurrió cuando el Capitán Harry Gibson nos llevó a bordo de una avioneta para que fuésemos testigo de un extraño movimiento de olas que él había filmado en varias oportunidades y que él pensaba que era provocado por algún animal prehistórico que se escondía en el agua negra de aquella distante laguna. Aquella idea de los animales prehistóricos en la laguna de un tepui ya había sido presentada por Conan Doyle en su novela El Mundo Perdido, y también fue mencionada recientemente por Alexander Laime (Cahill, 1982 p.91), por Armando Michelangeli y por José Miguel Pérez; quienes aseguraron haber visto en tres expediciones diferentes, una suerte de Plesiosauro bañándose en la cumbre del Auyantepui.

 

Después de que el gran naturalista y cineasta Félix Rodríguez de la Fuente leyó sobre el descubrimiento que habíamos hecho de las Cuevas del Autana el año anterior (Brewer-Carias 1972), nos pidió que le coordináramos con CODESUR el mismo helicóptero que nos había llevado a explorar la cumbre del Cerro Autana. (Aunque después de haber logrado toda la coordinación, hubo un funcionario de esta institución que nos impidió participar). Félix y su equipo lograron ir y filmar el lago desde un bote inflable, debido a que como entonces no había playa el helicóptero no tenía donde posarse. Pero al regresar casi ocurre un accidente porque el bote sin pasajeros fue aventado y casi se enredó en las aspas del helicóptero (Pou Vázquez 1995).

 

Después, cuando nos preparábamos para realizar el descubrimiento de las Simas de Sarisariñama, nuestro amigo el Arq. Nedo Pániz organizó en abril de 1973 una expedición hasta el Lago Leopoldo con la Oficina Central de Información OCI, acompañado por Néstor Rodríguez Lamelas y otros once expedicionarios entre los cuales se encuentraba el médico Luis Daniel Berrizbeitia, siguiendo la misma ruta señalada por Cruxent  por el Caño Umaj-ajé o “Cabeza de Manteco“ que nosotros habíamos hecho pública, al documentar nuestro fatídico y fallido intento por alcanzar lago tres años antes, cuando perdió la vida nuestro extraordinario amigo el andinista Txomin Vizcarret Molina. (Carías y Miranda 1970),  (Brewer-Carias 1972 y 73).

 

Esta expedición de Paniz en 1973 debe ser considerada la primera que llegó hasta el Lago Leopoldo por tierra y sin la ayuda de los indígenas Piaroa; ya que estos le temían a una gran serpiente que viviría dentro del lago. El Arquitecto Nedo Pániz había quedado muy motivado por nuestro descubrimiento de la Cueva del Cerro Autana en 1971 que, fue la primera reportada en un tepuy y considerada como la más antigua del Mundo (Brewer-Carías 1972, 73, 76), (Colvée 73). Obsesionado en 1975 vuelve al Lago con cuatro compañeros, encontrándose al regresar, con el biólogo Rodolfo Plaza que había seguido sus instrucciones y se dirigía hacia el Lago para sumergirse con una bombona y estudiar los peces que allí habitan. (Nedo Paniz,Com. Personal).

 

Surge una suerte de competencia entre exploradores y en Noviembre de 1977 Rodolfo Plaza regresa mas preparado con el propósito de hacer unas colecciones de la biodiversidad existente en el Lago y realizar la primera inmersión SCUBA, ya que el Capitán Harry Gibson le cuenta su idea del Plesiosauro. Esta será la más  ambiciosa y primera expedición biológica, para lo cual se hace acompañar por veinte personas entre los cuales hay tres profesores, 7 estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Universidad de Oriente y dos indígenas Curripaco. Pero no hallan rastro de la gigantesca serpiente, o del Plesiosauro de Gibson, o de pez alguno, y como testimonio publican un trabajo sobre los musgos que colectaron a lo largo del río Autana  Isidro Bermúdez y Bettina Villalobos, (Plaza 1978), (Reese y Bermúdez, 1980).

 

Después de la expedición de Plaza resulta ser el médico Luís Daniel Berrizbeitia quien logra por primera vez convencer a los temerosos indígenas Piaroa para que le acompañaran y le ayudaran a cargar el equipo; asegurándoles que él podría protegerlos de los hechizos de la serpiente gigante (Berrizbeitia Com. Personal). Regresa en 1981 el obsesionado Nedo Pániz por tercera vez para colocar una placa de bronce en honor al documentalista Félix Rodríguez de la Fuente y en 1982 hace el recorrido por última vez acompañado por Paul Mondolfi y otros cuatro expedicionarios.

 

EL TESORO DE LA LAGUNA

 

Esos viajes para abrir la ruta por tierra hasta el Lago sin apoyo indígena exigieron un gran esfuerzo y tenacidad, aunque no se tomaron muestras de la vegetación circundante o de su fauna. Por lo que la primera colección botánica del lugar fue realizada por nosotros el 15 de enero de 1981, justo como el broche final para una expedición botánica aerotransportada que organizamos para los botánicos Steyermark y Maguire. Esta expedición biológica que debe considerarse como la mas ambiciosas hecha en las Tierras Altas de Guayana en cuanto a lugares visitados, cubrió mas de mil kilómetros y 13 puntos de colección y, cuando ya se acercaba la noche, le pedimos al piloto del helicóptero que se detuviera brevemente en un lugar mas o menos plano que ubicamos al Sur del Lago. Y mientras el resto de los expedicionarios esperaban dentro de la nave que no apagó el motor, fuimos trotando solos hasta la orilla del Lago para colectar todas las plantas que nos parecieran interesantes; logrando meter en un saco varias bromelias del género Navia. (Brewer-Carias 1990, p 43) Tres años mas tarde, una de estas bromelias fue nombrada como Navia lactea (Steyermark y Maguire 1984).

 

Desde aquel momento supimos que el Lago sería como un Cofre del Tesoro lleno de nuevas especies vegetales y animales, por lo que regresamos a explorarlo en enero del año 2000 y después el 23 de marzo de ese mismo año, que fue cuando vimos las Joyas de la Corona: una planta con flores extremadamente rojas que colectamos junto con mi esposa Fanny, acompañados por Adriana Cisneros, y el fotógrafo Mark Moffett de la NATGEO. Así como una raza del Sapito Minero (Dendrobates leucomelas) pero de color azul-verdoso que de inmediato los herpetólogos Oswaldo Ramos-Fuentes y el prolífico Cesar Barrio-Amorós, se dispusieron a criar con mosquitos para estudiarlos y así poderles tomar muestras de piel para identificarle el ADN.

 

Cuando vimos esta planta extraordinaria de hojas plateadas y flores rojas alargadas, pensamos que habríamos embolsado la quinta especie de del género Navia aferrada a las rocas mas secas y expuestas que rodeaban este pozo encantado. Pero al ver que esta nueva planta no pudo ser identificada por los especialistas locales, entonces el bromeliólogo Francisco Oliva-Esteve decidió realizar una investigación privada y consultarle al Dr. Walter Till que estaba en Viena y fue quien tuvo en sus manos las plantas de la expedición ELATA de 1952. Till respondió que la planta en cuestión era una piña, pero no una especie del género Navia como nosotros pensábamos, sino una especie del género Pitcairnia que nadie antes había visto con flores. Esta había estado perdida en el Herbario de Bélgica de Meise (BR) durante 48 años y habría sido colectada y prensada personalmente por el Rey Leopoldo III de Bélgica en el Caño Umaj-ajé  el 7 de junio de 1952 . Por lo que en honor a su interés botánico había sido nombrada como Pitcairnia leopoldii  (Oliva-Esteve, 2001).

 

LA SIERRA DE EL DORADO

 

 “...dicen que en la cordillera hay una laguna grandísima y que de la otra parte de ella hay grandes poblaciones…“

 

Desde el aire el lago ofrecía un aspecto bastante extraño en la Semana Santa del año 2000. Coincidencialmente 406 años antes, y en una tarde igual a esta en la que aterrizábamos con un  helicóptero en la orilla de arena que por primera vez había aparecido rodeando casi todo el Lago Leopoldo, Don Antonio de Berrío el Gobernador de El Dorado, había preparado un campamento en los llanos del Vichada. Lejos, hacia el naciente estaría la serranía que todos decían que estaba la puerta de entrada hacia la laguna donde se asentaría la ciudad de Manoa; la misma sierra que había estado buscando apenas cuarenta y cinco años antes su consuegro Don Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador de Bogotá, Nicolas von Federman y Sebastián de Belalcázar.

 

El campamento de Berrío estaba protegido con una empalizada y cuando se preparaba para dormir pudo distinguir en lontananza el filo de una serranía que aún resplandecía con el sol de la tarde. Ya los pocos hombres de tropa que le quedaban y los prisioneros indios que los acompañaban habían terminado de reforzar las barricadas y encendido las hogueras para alejar a los enemigos invisibles que otra vez los mantendrían en vela con el ruido de sus guaruras. Un sonido de trompetas que los indios empleaban para hostigarlos y que uno de los prisioneros le mostró como se lograba, soplando aire entre las palmas de las manos.

 

Pero esa tarde Don Antonio no prestó atención a los gritos de los alcaravanes que con algarabía de perros guardianes levantaban el vuelo cada vez que sentían algún movimiento extraño en la sabana. Ahora estaba atento, y a la vez temeroso de parpadear, para no perder el más mínimo detalle de aquel hilo dorado que evidenciaba en el horizonte del naciente unas montañas que rielaban por razón de la distancia o por el cansancio de sus ojos. Aquel resplandor pudiera ser el de la Sierra de El Dorado que había estado buscando hacia el Este desde que salió de Chita. En  su cumbre se encontraría el lago “… muy grande de su extremo y, que la tardan en pasar los indios en canoa tres días…”

 

¡El Lago Parima! ¡El Mar Blanco!

 

 -Repitió para si un par de veces con el tono de una oración- y continuó oteando en la oscuridad hasta que el último reflejo de aquella visión fue engullido por la tinta de la noche. Justo entonces empezó a notarse en el cielo aquel otro resplandor que había estado siguiendo como un faro y que como un vaho se estacionaba todas las noches en una parte de la bóveda celeste. Ahora estaba seguro de que aquel brillo era provocado por la luz de las estrellas reflejada sobre las tejas doradas de la ciudad de Manoa.

 

¡Estamos en el camino!

 

 –gritó quebrando el silencio de la noche- y ordenó a todos rezar. Esta sería finalmente la señal divina que por la gracia de Dios le era concedida justo el día del Domingo de Ramos del año 84. (Berrio, 1585).

 

Aquella noche el Gobernador de El Dorado se acuesta pensando en las riquezas del Príncipe Dorado y en el posible encuentro con los Epuremei que lo protegían. Se mece en una hamaca colgada bajo el techo portátil que los indios habían preparado con las anchísimas hojas ahumadas de la palma Temiche (Manicaria saccifera), mientras una prisionera se dedica a extraerle las niguas con un diente del pez Payara. A su lado una cesta plena con trozos de una galleta grande llamada casavi que había aprendido a comer con los indios y en la una totuma humeante; el caldo del pez que tanto le había recomendado su explorador Pontes después de regresar de los llanos el año anterior: “Curíoso pez este que tiene en la cola un ojo como el de las plumas del pavo real” (Pontes, 1583).

 

Berrío se encontraba entonces apenas a cuatro leguas del Río Barraguán, el mismo que Ordáz había conocido con el nombre de Huyapari frente a la isla de Trinidad y quizás el mismo río que habría recorrido El Tirano Aguirre acompañado con sus Marañones después de haberse alzado y asesinado a Don Pedro de Ursúa el primer dia del año de apenas veintitres años antes (1561). Ahora acompañaban a Don Antonio catorce hombres sanos, unos caballos y las pocas cabezas de ganado que sobrevivieron de las cuatrocientas que había arreado desde su hacienda en la población de Chita. Por lo que estimó que para asediar a Manoa tendría que hacer un largo recorrido fluvial hacia el Naciente -“Desde donde será el viaje muy cerca para España” –escribiría después-. “y brotarían poblaciones por todas partes, pues El Dorado tiene urbes mayores que Santa Fé, Lima y Mexico…”.

 

Finalizaba ya el verano. Apura Berrío lo que le queda de llano y a bordo de una improvisada balsa cruza hasta la orilla opuesta de este caudaloso Barraguán, que era el curso de agua más ancho que alguno de ellos hubiese visto. En la orilla opuesta, el Kuaymayojo de los piaroa, el que llamamos ahora Cerro Autana,  lucía como una torre almenada.

 

"Este Cerro Carivirri cerca del río Auvana es un admirable monte horadado en medio como con una ventana, de la altura de un elevado campanario, cuadrado y llano en la cima, de modo que si el trabajo mereciera la pena, se le podría hacer un castillo" . Fray Salvatore Gilij, 1782.

 

Durante diez días, -documenta el escribano- Berrio y sus catorce hombres rehendieron montes por sobre la Sierra del Dorado (que corresponde a nuestras montañas del Sipapo y del Guayapo), buscando la laguna que hay en el cerro. Este habría sido el Paraka-wachoi, la Laguna del Cerro Paraque (Sipapo) con agua negra y yerma que encontramos anidada precisamente sobre esa misma Sierra Dorada que Berrío vio temblar como un hilo en el horizonte pero; este lago resultó ser muy pequeño comparado con aquel Lago Parima, el Mar Blanco de doscientas leguas de largo donde se levantaba la gran ciudad de Manoa, la capital de los Omaguas y el sitio donde se bañaba El Hombre Dorado:

 

 

“Subía el príncipe en la balsa,

desnuda su piel cobriza,

con resinosas sustancias

y mieles de monte ungida,

el cuerpo con oro en polvo

los caciques le cubrían,

y a sus pies sobre la balsa,

llevaba la ofrenda rica

de oro labrado en  joyeles

con profusa pedrería…”

(Restrepo, 1938)

 

 


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