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Sierra Nevada, Venezuela / Fotografía: Erik Burger - Arquímedes Machado

No renunciaré

Arquímedes Machado / Erik Burger

 

 

 

Cada vez que hacemos una excursión, vivimos miles de sensaciones y emociones que son difíciles de mencionar en palabras pero que de seguro a cada excursionista que me está leyendo, le es fácil entender con solo haberlo mencionado. En mi caso casi siempre la primera emoción es la misma… Necesito ir al monte, necesito mi morral al hombro. Una vez que me pica la necesidad de alejarme del mundo empiezo a buscar apoyo, tanto de amigos que se anoten en mi loca aventura como del dinero necesario para hacer la excursión, incluso ambas cosas antes de tener claro cuál es mi próximo destino. Hablas con los más cercanos, riegas la voz, haces una rifa para tener dinero y ligas que no gane nadie para no tener que comprar el premio, pero al mismo tiempo le das vuelta a la cabeza para saber hacia dónde apuntarás esta vez tu brújula.

 

De repente y sin más, listo! ya sé cuál es el destino, y la duda pasa a seguridad pues algo me llama a ese destino, por algo fue escogido. Ya pasé por la alegría de que nadie se ganara la rifa o por la tristeza de tener que invertir y pagar el premio al ganador, ya sé quiénes se anotaron a mi aventura, y quienes con tristeza me dicen: Pana, en esta no podré acompañarte. El momento de hacer el morral es cumbre, que meto? Que no meto? Dónde está la camisa de la suerte? (o el amuleto que por alguna razón todos tenemos), listo ya está armado, no pero pesa mucho y falta meter la comida, que se me olvida? Será que necesitaré esto? De repente en la casa se oye un grito que siempre pone a mi mamá nerviosa: Mamá me llevo el cafeeeeé, regreso en una semana y media!

 

Las emociones de alegría y nerviosismo se juntan cuando ya tomo la vía que va de mi selva de concreto al destino trazado y me digo a mi mismo, lo logré! Y de repente reflexiono y me doy cuenta que apenas es el comienzo. No he  ni rodado 20 kilómetros cuando empiezo a revisar el koala y el morral para asegurar que todo está en su sitio.

 

De repente llego al lugar en donde empieza la ruta y los primeros pasos son excitantes, al fin voy en camino a la cima, al fin voy en la dirección correcta. Esta emoción dura mucho o poco pero la verdad creo que a todos nos pasa lo mismo, llegamos a ese punto de quiebre en donde nos preguntamos: quién me dijo a mí que me metiera en este rollo? Cuándo se me ocurrió a mi esta “brillante” idea? Qué fácil era quedarme en semana santa en la playa. Creo que estas preguntas pasan en los primero kilómetros, para los que somos menos experimentados, y tal vez en el segundo o tercer día para los que más conocen de este mundo, pero me atrevería a decir que a todos nos pasa por la mente, y a veces hasta lo compartimos con el resto de los panas de la excursión, generando un momento en donde las emociones pasan a colectivo y te das cuenta que no eres el único que lo piensa, pero si el único que se atrevió a decirlo de primero.

 

 No importa cuántas veces se monta el campamento, al día siguiente hay que desmontarlo, no importa cuántas veces te tropiezas, hay que levantarse y seguir caminando, no importa cuántas veces subas una loma, de seguro viene ahora una bajada y te preguntas, pero si yo lo que quiero es hacer cima, por qué tiene que venir una bajada?

 

El camino se hace difícil, el día está totalmente nublado, el ánimo te  tumba, cada persona del grupo se encierra en sus propios sentimientos y dolores, y aunque son similares, necesitas ese tiempo a solas para saber qué es lo que realmente pasa por tu mente, porque no te atreves a preguntarte qué es lo que realmente sientes.

 

Aún a kilómetros de distancia del lugar, me siento porque no aguanto el morral, los pies me matan y siento que no puedo más. Otra vez vuelve a mi mente el momento en que armé el morral: lo sabía no debí meter tanto perolero. Lo impresionante es que ante tan fuerte sensación de derrota y casi de renuncia, el cielo se despeja, el camino te brinda una refrescante brisa fría y a lo lejos la naturaleza te muestra la razón por las que has pasado por cada una de estas sensaciones. Casi como pintado y perfecto aparece el cuadro de la cima a la que quiero llegar, se dibuja el glaciar que veo por primera vez en mi vida tan de cerca y al lado a uno de mis mejores amigos en la misma situación que yo casi tan agotado que pareciera querer renunciar, pero el mágico regalo de haber visto lo que mis ojos perciben pero mi boca no puede pronunciar y el convencimiento con el que Erik toma su bastón asegurándose a sí mismo que seguirá adelante me permiten convencerme que estoy sólo a kilómetros de camino, que la selva de concreto quedó atrás, que quien decidió estar aquí fui yo y que la razón está a escasos kilómetros y me la acaban de recordar desde el cielo.

 

Tomo la foto, me monto el morral le pego un grito a Erik para que sigamos y me digo a mi mismo: No renunciaré.

 

Esta fotografía fue tomada en la aventura para hacer los Picos Bolívar y Humboldt en el estado Mérida, en algún lugar entre el campamento base del Bolívar y el campamento base del Humboldt y el equipo utilizado fue una Cámara Panasonic DMC-TZ15 con un lente LEICA 28mm.

 

Historia: Arquímedes Machado

Fotografía: Erik Burger

arquimedesm@gmail.com

 


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