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Heliamphora sp / Fotografía: Charles Brewer-Carías
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Las plantas carnívoras de los tepuyes venezolanos

Charles Brewer-Carías

 

 

Aunque debiera llamarse “Insectivorismo” al proceso por el cual algunas plantas logran atraer, capturar y digerir insectos; la literatura especializada actualmente liderizada por Thomas Givnish (*), ha considerado consignar la palabra “carnivorismo” para explicar la actividad de algunas plantas muy especiales que sean capaces de: Primero: absorber nutrientes procedentes de animales muertos cercanos a su superficie, y que eso les permita adaptarse mejor a su entorno; evidenciado esto por un mayor desarrollo, mayor oportunidad para sobrevivir y mayor generación de polen o de semillas. Y Segundo: la planta debe mostrar alguna característica morfológica, fisiológica o de comportamiento, cuyo principal efecto sea la atracción y la captura, con la posterior digestión y asimilación de la presa.  El primer requisito permite deslindar el carnivorismo de aquellas otras adaptaciones que sean meramente defensivas, tal como lo son las espinas y fibras protectoras en las cuales pudieran quedar ensartados o atrapados insectos y animales diversos, aunque ello beneficie a la planta indirectamente. Y el segundo requisito también permite distinguir las plantas verdaderamente carnívoras, de otras plantas que pasivamente se aprovechan de cualquier animal o sustancia vegetal podrida con la cual entre en contacto.


Definido esto, y a manera de introducción quiero compartir la experiencia que me permitió conocer las plantas carnívoras que se encuentran en los tepuyes.


Entonces la astronomía era una cuestión política


Hace poco más de cuarenta años, tres amigos formamos parte de una pequeña expedición botánica para explorar dos lugares en la cumbre del Cerro de la Neblina. Una meseta que había sido descubierta al mundo pocos años antes y, que con un pico de 3014 metros, se la considera la cumbre más alta del Brasil y la mayor en Suramérica fuera de los Andes.  Este tepuy había sido descubierto y botanizado en 1954 por Bassett Maguire, el mas importante botánico de los “tepuyes” de “Las Tierras Altas de Guayana” como él los llamaba, y  en 1970 fuimos invitados por Georges Pantchenko, el astrónomo venezolano encargado de determinar para Venezuela las coordenadas de cada hito de concreto que marcaría la frontera entre Venezuela y Brasil, la cual seguía la línea que define la divergencia de las aguas que corren hacia el río Orinoco y hacia el río Amazonas.


Del lado brasileño igualmente participaba un grupo de astrónomos e ingenieros haciendo el mismo trabajo y cualquier discrepancia era resuelta amigablemente por ese equipo binacional que se llamó: “La Comisión Mixta de Fronteras”. Participábamos pues como parte de una expedición geográfica encargada de realizar un trabajo clásico y tedioso pero necesario, donde los astrónomos de los ambos países se mantenían despiertos toda la noche armados con sendos telescopios y un reloj de gran precisión (para entonces), para así determinar la hora en la que pasaban por el cenit local algunas de las estrellas que ya habrían pasado por sobre el meridiano de Greenwich y, conocida entonces esa diferencia, se podía determinar con bastante aproximación la longitud oeste de cada punto por donde serpenteaba la “ línea divisoria” entre los dos países.


Gracias a los dibujos que había publicado Maguire en 1954, se presumía que la enorme meseta que íbamos a explorar tenía la forma de una herradura hendida en el medio por el Cañón del Baría. Un río torrentoso que al llegar al pié de la montaña desaparecía mediante un muy extraño delta que se desparramaba entre la selva un poco mas adelante del lugar donde 13 años después montaríamos el Campamento Base de la Expedición multidisciplinaria al Cerro de la Neblina, que tuve la oportunidad de dirigir (1983-87) para la Academia Venezolana de Ciencias (FUDECI).

 

Aquel cañón de 3000 metros de profundidad había sido considerado por Maguire como el mas profundo del mundo (no sé si todavía) y en aquel viaje de 1970 para visitar con un helicóptero la cumbre de aquella meseta en pleno proceso de descubrimiento, nos llenaba de un  gran entusiasmo, porque apenas 16 años después de que Maguire lo bautizó como “El Cerro de la Neblina“, estábamos seguros de que en las cumbres aún inexploradas, encontraríamos mas cosas nuevas para el mundo por razón de erguirse como una isla fría en medio de una selva tórrida. Yo estaba a cargo de la logística de  la expedición botánica que formábamos con Julián Steyermark  y “Stalky” Dunsterville de manera que el uno pudiera colectar plantas y el otro dibujara las orquídeas, aunque mi misión principal era la cocina, ayudar a preparar las colecciones de los botánicos y documentar el viaje haciendo dibujos y fotos.


Un viaje hacia la montaña de las nubes


Decenas de obreros pertenecientes a la Comisión Mixta de Fronteras salían diariamente por la pica que iba desde la Misión de Maturacá hasta la cumbre de la montaña, llevando en la mano un machete con el mango forrado de alambre y una carga de 40 kilos en la espalda pero, a nosotros tres, acompañados por un investigador de aves de la Colección Ornitológica Phelps, nos habían ofrecido cupo para subir en el helicóptero reservado para los directores; solo cuando hubiese una oportunidad. Así es estuvimos esperando varios días debido a que el clima no dejaba ver la montaña y, mientras Dunterville hacía dibujos, yo me dediqué a colectar las plantas alucinógenas que empleaban los indígenas Yanomamö del lugar (ver publicación de 1976). Una tarde, cuando ya parecía que no ocurriría nada nuevo, los pilotos decidieron probar suerte y nos dijeron que montáramos la carga que teníamos lista desde hacía varios días a bordo del un helicóptero “Huey” que había sido empleado antes en la guerra de Vietnam.


Durante aquel rápido ascenso sentimos constantemente el cambio de  presión en los oídos y cuando pasamos al lado del  “Pico Phelps” no pudimos verlo porque estaba cubierto por nubes. Volábamos hacia el nacimiento del río Baría, aprovechando el espacio que había entre la superficie de la meseta y una capa de nubes muy densas.  Nos dirigíamos hacia una planicie inclinada situada hacia el extremo noreste de la montaña, muy cerca de donde Bassett Maguire pasó la navidad de 1954; aunque del otro lado del cañón del río Baría. De repente sentimos como el helicóptero UH-1-H se detuvo abruptamente en el aire con una maniobra “hoover”, y como si se hubiera presentado una emergencia, el mecánico abrió la puerta bruscamente y nos indicó que debíamos lanzar nuestros equipos hacia fuera porque los pilotos temían quedar atrapados en la montaña. También nos informó que no tendrían tiempo para posar el pesado helicóptero en el suelo, porque les resultaba imposible apreciar el espesor del colchón vegetal que cubriría el piso de roca y quizás pudiese haber escondida allí alguna roca que pudiese perforar la cabina. El ruido era ensordecedor dentro de la cabina y el mecánico se desesperaba debido a que no nosotros no comprendíamos la razón por la que debíamos saltar del helicóptero. Pero tales fueron sus gestos que en medio de un gran remolino de aire saltamos como desde un metro y medio de altura, apuntando a caer de pié sobre las bolsas que había quedado flotando sobre las plantas. Pero no logramos dar en el blanco, debido a que la corriente de aire que mantenía suspendido al helicóptero nos zarandeó por el aire.


Estábamos en el lugar equivocado 


Después de que la nave se metió dentro del cañón y nuestros oídos se adaptaron al silencio de la montaña, nos dimos cuenta que estábamos enterrados hasta las axilas en un colchón de vegetación, y que aquel no sería el mejor lugar para pasar la noche y menos aún, toda una semana. Pero como la noche y la lluvia nos amenazaban y casi no podíamos movernos, tuvimos que armar las tiendas de campaña a la manera de unos palafitos flotantes encima de la vegetación, amarrando el techo a puñados de plantas, porque no había troncos.

 

A la mañana siguiente nos dimos cuenta que lo peor de ese lugar estaba por verse; ya que por ninguna parte había señal de agua corriente y el colchón de vegetación donde nos habían dejado era tan denso, que prácticamente habíamos quedado atrapados en un área de pocos metros cuadrados y sometidos a uno de los peores climas imaginables, como lo es un páramo azotado por ráfagas de viento y lluvias intermitentes y con una temperatura nocturna por debajo de los 5 grados C.


Sobrevivir durante una semana aislados en un páramo en el que no encontramos agua corriente resultó una verdadera prueba de supervivencia; ya que impulsados por la necesidad de beber todos los días teníamos que salir de la tienda de campaña antes de que saliera el sol  para ir recogiendo con un paño y exprimiendo en un tobo, el agua que amanecía depositada como gotas de rocío sobre las hojas. Aunque también optamos por beber directamente el agua colectada en el centro de las bromelias del género Tillandsia, Catopsis y Brocchinia. Manteníamos una pelea diaria contra la deshidratación pero, debido a esta búsqueda obtuve un beneficio lateral inesperado; ya que así pude ir observando cosas que nadie antes había notado sobre esas plantas carnívoras gigantes; ya que ni Sir Robert Schomburgk que encontró la  primera Heliamphora nutans al pie del Roraima en 1841, ni  los demás botánicos que las colectaron después, habían dispuesto del tiempo ni de la comodidad (a pesar de la falta de agua) para estudiarlas en el campo; porque pensaron que lo podrían hacer con mayor comodidad y tiempo en el herbario, después de que las plantas estuviesen secas y prensadas.


Rodeados por plantas Carnívoras


En aquel lugar estábamos atrapados por la vegetación y sin agua,  por lo que mientras que Dunsterville buscaba orquídeas para dibujar y Steyermark  abría túneles para recoger las centenares plantas que resultaron nuevas para el mundo, yo me dedicaba a revisar con atención la pared vegetal que nos rodeaba; como lo hacen los prisioneros. Escogí entonces concentrar mi atención en el comportamiento de las plantas carnívoras (insectívoras), especialmente en las del género Heliamphora; aunque por todas partes se encontraban especies pertenecientes a los seis diferentes géneros (Brocchinia, Catopsis, Drosera, Genlisea, Heliamphora y Utricularia) considerados como de plantas carnívoras. Cuatro de los cuales se desarrollan en el mismo habitat  (synoptic). Pero entonces no se sabía bien que esas “Tierras Altas de Guayana” formadas por arensica y cuarcita, que se considera un hábitat muy pobre en nutrientes, sería el lugar donde se encontrarían la mayor variedad de plantas adaptadas al carnivorismo.


Estas Heliamphora, cuyo nombre quiere decir: ¨Jarras de los Pantanos”, se consideran las plantas carnívoras de mayor dimensión en el mundo (especialmente las que crecen en la cumbre del tepuy Huachamakari) y estas han surgido y se han diversificado en las cumbres de estos tepuyes, como respuesta a la pobreza de nutrientes disponibles en el suelo, que está formado por vidrio molido estéril (cuarcita). Donde además, la lluvia constante se encarga de disolver y lavar cualquier material nutritivo que se acumule. Por lo que ha sido gracias a una serie de mutaciones convenientes la razón por la cual estas plantas han resultado exitosas; ya que gracias a su carnivorismo han tenido acceso a otros minerales y al nitrógeno que no lograron obtener del piso. Y esto es considerado como unas de las anomalías mas extraordinarias de la naturaleza, porque gracias esas adaptaciones, los pequeños insectos herbívoros que pudiesen devorar estas plantas, tratan de huir de ellas porque: ¡allí son las plantas las que se comen a los animales…!

 

Ocurrían cosas que nadie antes había visto antes


Como esta publicación no es un trabajo preparado solamente para botánicos, sino que tiene el propósito de estimular la imaginación de aquellos que continuarán abriendo las picas y ensanchando las brechas del conocimiento que son necesarias para colmar la inquietud del hombre; voy a presentar aquí ilustradas con fotografías y dibujos, las observaciones que publiqué modestamente hace cuarenta años y que después fueron consideradas como referencia importante por los investigadores Jaffe, Michelangeli, Gonzalez, y Givnish; cosa que considero algo muy honroso; ya que son los mas renombrados sobre la fisiología y evolución de las plantas carnívoras.


Era obvio que los zancudos se acercaban con curiosidad al ápice de hoja enrollada como un cucurucho que conformaba el tanque de agua de la Heliamphora, donde pensé (igual que en la Nepentes) que ocurriría la digestión. Entonces me pregunté: ¿porqué se acercan los zancudos? ¿Será por el color rojo de ese “nectario”, por su brillo, por algún sabor que tenga, o por su olor? Me arrodillé para oler uno de aquellos ápices coloreados y también le pasé la lengua para probarlo, igual como hacían los zancudos (pero sin el temor a caer dentro del vaso), pensando que además pudiese tener algún veneno sutil para marear a los zancudos. ¡De inmediato sentí un sabor azucarado acompañado por un olor ligero a hormigas molidas…! (Esto, entonces era desconocido).


Como la falta de agua nos había obligado a beber agua de las bromelias y de las Heliamphoras, empleando un pañuelo para filtrarla, me puse a probar el agua contenida de los tanques, que en algunas plantas podía guardar algo mas de un octavo de litro, y mientras hacía esto, pude ver que después de filtrar el agua habían quedado atrapadas en el pañuelo unas larvas de zancudo. Es decir, que el agua era pura, o que si tuviese jugos digestivos este no atacaba a las larvas. Otra cosa que pude apreciar entonces, fue que en el fondo profundo de la copa había una acumulación de restos de insectos y entre ellos, como si fuese una sopa de fideos en miniatura,  pululaban unos gusanitos largos. Deduje entonces, que esas filarias o larvas serpenteantes pudieran ser los organismos que digerían a los insectos ahogados y ¡Ergo!, entonces la planta se alimentaría del excremento de estas larvas  (aún no se ha comprobado).


Otra cosa que me intrigó, y que como aún no se ha estudiado podría servirle de tesis a alguien como tesis, es que cuando (forzadamente) caía un zancudo vivo al agua, este se mojaba y se  hundía. Cosa que no ocurre cuando uno arroja un zancudo o una mosca en un vaso de agua, porque la tensión superficial del agua no permite que se hunda, a menos que uno deje caer cerca de la mosca una gotica de jabón, o de saliva. Así es que la Heliamphora pudiese tener unas glándulas que generen una saponina o algo parecido que disminuya la tensión superficial del agua.


Sin embargo, lo que más me llamó la atención, y me tomó largo rato descifrarlo, fue la manera como la Heliamphora desechaba el agua que le entraba en exceso cuando llovía. Obviamente que si el agua llenara la la copa completamente, como ocurría cuando yo le vaciaba un vaso de agua adentro, el agua se desbordaba por todas partes pero no; si se le administraba el agua con cuidado, la copa mantenía su nivel muy por debajo del borde de la copa, evitando así que los insectos que estuviesen aún flotando pudieran escaparse.


¿Cómo lograba la planta esto?  ¿Habría un agujero encargado de mantener el nivel del agua?


Corté la copa a lo largo y le abrí el “estómago” buscando el agujerito del drenaje pero, este se encontraba muy por encima del nivel de agua. Creo que pasé un par de días frustrado y experimentando hasta que le pedí a Dunsterville que me prestara un par de gotas de la Tinta china que él empleaba para dibujar. Disolví las gotas dentro del agua de la Heliamphora y fui llenando aquella copa insaciable con agua, hasta que pude ver con gran asombro, como el agua coloreada “trepaba” por un pincel de pelos que había en el interior del tanque, llegaba justo hasta el agujerito que había descubierto antes y se derramaba hacia el exterior mediante un sistema de sifón generado por la capilaridad que formaba el espacio que quedaba en medio de un par de alas cortas, provenientes del borde donde había quedado soldada la hoja. Es decir que la planta había desarrollado, además de todo lo dicho anteriormente para el nectario, un complejísimo mecanismo para desalojar el agua basado en  la fuerza capilar y un sifón peludo que evitaría la salida de las presas. Algo que presenté gráficamente entonces y que algún especialista en anatomía vegetal pudiera investigarlo ahora.


Sobre el sabor de la Drosera y sus propiedades alimenticias, lo confirmé cuando estuvimos cinco días sin comida en la cumbre del Roraima en 1980, pero sobre el proceso y la velocidad de cierre de los Utrículos sumergidos, que son las trampas en forma de lentejas de que emplean las Utricularias para atrapar a sus presas acuáticas y que resulta ser el mecanismo de trampa de mayor velocidad en la naturaleza, lo aprendí de un libro.

 

Artículo: Charles Brewer-Carías

 

 


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